Santo
es el Señor
Yo iba sudando debajo del casco de romano que era un casco de albañil al que le pegué el penacho y el barbiquejo de papel plateado y que ya se iba deshaciendo, el traje de romano ya lo traía desgarrado porque, apenas saliendo la procesión, un borracho me jaloneó para que ya no golpeara al Cristo, también traía la vaina de la espada vacía pues en el jaloneo con el borracho no supe dónde quedó.
Llegamos a la segunda caída.
Todos los guardias ya
estábamos urgidos de que aquello terminara. La gente estaba muy agresiva, el
Cristo muy exigente con nosotros para lucirse, los jinetes bien fastidiados de
cuidar que su caballo no aplastara a un chamaco o a una ruca de las que
llorando se hincaban al paso del Cristo. Así que, aprovechando que se detuvo
cuando, después de bajarse del carro alegórico llegó Santa Marta, o no sé cómo
se llama la que le limpió la cara para que se quedara impresa en el santo
sudario, lo más discretamente que pude me le acerqué cuando se fue la mujer y
le dije “Pos ya tírate, cabrón, ya no hacemos la tercera caída, te tiras y
metemos al Simón Cirineo a que te ayude a cargar y nos vamos al cerro con dos
caídas nomás y que chingue a su madre el mundo”. Se me quedó viendo bien
emputado, de pronto se me figuró que quería tirar la cruz y decirnos “Vayan a
la chingada y busquen a quien crucificar”; pero no, me dijo “Ni madres, güey,
‘ora se chingan, le voy a decir a don Cataneo que ya le sacaron a los
chingadazos y vas a ver que no los vuelven a meter en esto; pos es su
penitencia, cabrones, ¿o qué, quieren todo muy fácil?”. Pero entonces Rosauro,
un centurión de a caballo, se bajó, vino con el Cristo y le dijo “Vámonos a la
chingada, ya nos atrasamos mucho, ya teníamos que estar allá arriba, los que te
van a crucificar ya deben estar desesperados porque no llegamos, agárrate de un
brazo de la cruz y yo de otro y vámonos en chinga”. Pero el Nazareno estaba
emperrado en lucirse todo el camino y le dijo al centurión que no, que él iba a
cargar la cruz hasta donde lo entregáramos. Rosauro, el centurión, le dijo al
Cristo, “Pos si no la cargas tú, la cargo yo, cabrón, pero de aquí ya nos
vamos, güey”. Rosauro, enfurecido porque la gente lo había maltratado mucho, ya
con la urgencia de salir lo más rápido posible del brete, cometiendo una
blasfemia, le quitó la cruz al Jesucristo y la echó en ancas al caballo, le
hizo un nudo sencillo, se trepó al animal y se fue a paso ligero. Todos los
guardias nos fuimos detrás de él trotando. El Cristo se quedó parado sin saber
qué hacer, luego se fue igual, trotando detrás del caballo. La gente empezó a
aplaudir porque así, el centurión le estaba evitando sufrimiento al buen Jesús.
Las viejitas le echaban la bendición llorando al caballero que arrastraba la
cruz amarrada a su caballo. Luego Olegario el Cristo le dijo “Ya me quitaste la
cruz, ahora déjame subir al caballo por lo menos, no la chingues” y el jinete
detuvo su caballo que se encabritó un poco y le dijo “Súbete pues, aquí junto a
la cruz, en ancas”. Y subiéndose las faldas de su camisón el Cristo se subió al
caballo y así se fueron. Las viejitas estaban felices y de pronto empezaron a
aventarle flores al jinete que había rescatado a Olegario el Cristo.
Así llegamos a donde había
que entregarlo. Ese era mi último trabajo en la representación. Olegario, el
Cristo, se bajó del caballo, dos señores le ayudaron, creerían que iba muy
lastimado. Ya descansado agarró su cruz y se la cargó. El Simón Cireneo, que
tenía que haber entrado en la tercera caída que ya no la hubo y que había
llegado ahí corriendo como el resto caminó junto al Cristo ayudándole con la
cruz y yo me adelanté hasta quedar frente a la comitiva de crucifixión que,
bien asoleados esperaban desde una hora antes al Cristo. Me planté, me dieron
el micrófono que se viciaba haciendo un ruido espantoso y canté mi parlamento:
En tus manos, Cayo Flavio,
romano centurión,
entrego al nazareno a tu
consideración,
lo vas a ejecutar en la
cruel crucifixión
y hasta aquí llegó mi
obligación.
Recordé que me habían
advertido “Más vale que, cuando entreguen al Cristo, ustedes le corran a que
nosotros le hablemos a la policía si los llegara a agarrar la gente y que los
granaderos le vayan a pegar a las personas, ya ves que son muy brutos, ni lo
mande Dios, no vaya a haber un escándalo, se acaba esta tradición tan bonita.
Mejor le corren y se meten a la casa de doña Santiaga que es la verde que se ve
allí, ¿sale? De ti depende todo, Pancho”, me dijo don Cataneo, que fue el
organizador de lugares.
Se llevaron al Cristo a
crucificar. Les dije a mis pretorianos “Cuando llegue el Chano —que era uno de
los de ayuda de a caballo— nos vamos corriendo atrás de él para que nos abra
camino”; pero el pinche Chano no podía pasar porque había mucha gente y nos
estaba dejando solos; los centuriones ya se habían llevado al crucificado y la
gente nos estaba apedreando. Tomé la decisión de correr con mi gente sin la
protección del caballo que no podía pasar, estaba como a unos treinta metros de
nosotros. “¡Vámonos en chinga porque este güey no va a llegar!” les dije a mis
muchachos. Me quedé hasta el final para que todos corrieran adelante de mí, no quería
que se me fuera a quedar alguno. Corríamos y nos aventaban huevos con harina o
confeti, en broma; pero también jitomates y piedras, en serio. Ellos iban unos
ocho metros adelante de mí y a algún hijo de la chingada se le hizo fácil
atravesarse en mi camino y meterme el pie. Traté de esquivarlo como jugador de
futbol americano pero de seguro este güey jugaba futbol pero sóquer porque me
aplicó al tobillo un bonito faul que me hubiera hecho caer de pura jeta si no
es porque metí las manos. Me levanté lo más rápido que pude, aunque todo
raspado, y se me juntó un chingo de gente. Me agarraron del traje de romano y
se pusieron a zarandearme, “¿adónde chingaos vas, cabroncito, corriendo como
pinche loco?”, me di el jalón y me rompieron mi traje de romano, me agarraron
de los brazos y traté de zafarme y entonces empezaron a golpearme. Y cometí el
error de defenderme. Repartí unos cuantos chingadazos, pero fueron más —como al
cuatro por uno— los que recibí, lo bueno fue que por golpearme me soltaron y
seguí corriendo. Alguien alcanzó a agarrarme de la ropa, me zafé y corrí;
cuando ya llevaba un cacho corriendo me di cuenta de que ya iba encuerado,
nomás llevaba calzones; mi disfraz ya me lo habían despedazado y, además, ahora
sí estaba solo, ya no veía a mis pretorianos. Entonces cometí el segundo error,
en vez de correr más fuerte me detuve, ya iba solo, en calzones y huaraches y
estaba un poco alejado de donde iba el Cristo para ser crucificado. Entonces sí
empezaron a meterme una soberana madriza. Era mucha gente la que se acercó y me
pegaban con el puño los hombres, me rasguñaban las mujeres, me jalaban los
cabellos las señoras. Estaban como enloquecidos y se desahogaban contra mí.
Porque estaba desnudo, porque pensarían que era un loco drogado, depravado y violador,
porque querían desquitarse en alguien, porque les iba mal en todo, porque
varios hombres y mujeres estaban borrachos, porque son pobres y porque ¿qué
chingaos hace un cabrón corriendo encuerado en donde representaban la divina
pasión de Cristo?, o pensarían simplemente que yo era el vivo Diablo, ¿por qué
no?
No sé cómo pude salir de esa
corriendo en medio de tanto pueblo y corrí con todas mis fuerzas. Ya iba por
los lugares donde no hay tanta gente y pude avanzar hacia la casa de doña
Santiaga, donde nos cambiamos de ropa, pero empezaron a gritar “¡Agárrenlo,
está loco, va drogado, es violador!”. Y era creíble porque ya iba yo
completamente desnudo y golpeado, sangrando de verdad. Pero seguí corriendo.
Parecía que me iba a escapar, pero hubo un genio que oyó los gritos, se hizo de
una piedra de buen tamaño, se me paró de frente y cuando me tuvo cerca me la
estrelló en la jeta con sólo atravesarla en mi camino. Vi algo como una enorme
luz junto de mis ojos. Quedé tan aturdido que cuando me di cuenta estaba en el
suelo. La vista se me había oscurecido pero traté de seguir corriendo aunque
iba a gatas; ahí me fueron golpeando. No sentía dolor pero sí sentía los
golpes, como flashazos cuando me pegaban en la cabeza y piquetes cuando me
atinaban en el cuerpo. Me estaban apedreando y me daban una que otra patada. De
pronto recibí un patadón en las costillas que sólo me hizo sentir vacío, dejó
de entrarme aire y no pude moverme más. Entonces sí me golpearon. Alcancé a ver
que me daban con un garrote. Luego todo se hizo oscuro y no supe más. Dicen que
los guardias que mandé primero avisaron a los judíos, los fariseos, que ya
habían terminado su papel, y éstos junto con otros romanos y gente del barrio
vinieron a salvarme. No creo que hubieran llegado a matarme a golpes, pero qué
bueno que me salvaron.
Cuando desperté estaba en un
hospital del Seguro. Me contaron que al recibirme los médicos dijeron “Mira
nomás, está hecho un Santocristo” y supe que les contestaron “No, si nomás era
uno de los romanos el pobre güey”; al despertar sí tenía dolores en todo el
cuerpo o más bien un solo dolor que era mi cuerpo entero. También estaba
horriblemente aturdido, drogado. Tenía un collarín para que no moviera el
cuello, un brazo enyesado, una manguera metida por la nariz hasta lastimarme la
garganta, otra manguera que, terminada en aguja se encajaba en el dorso de mi
mano derecha y, lo peor de todo, una manguera encajada en el culo.
Los amigos asistieron a
verme. Unos se burlaban, otros simulaban condolerse, pero estoy seguro que
hacían chistes a mi costa. Sabíamos que hay que salir corriendo del lugar
porque la gente no quiere a los romanos que crucificaron a Cristo. Y todos
tenían la idea de que yo era muy pendejo porque me quedé a que me golpearan.
Al tercer día vino a verme
el crucificado, Olegario Malagón, bendecido por la gente del barrio, admirado
por los que tenían la suerte de ser sus amigos, adorado por las viejitas que le
besaban las manos y las mejillas cuando se lo encontraban en la calle,
entrevistado por los periódicos y, una vez, por televisión en su propia casa
con su familia, respetado por los señores y estimado por los padrecitos de las
parroquias de la colonia, pero, lo más doloroso, perseguido por las mujeres el
hijo de la chingada, perseguido por las más bonitas para darle... lo que él les
pidiera, pecando o sin pecar. Fue a visitarme al hospital. Lo vi entrar muy
contento, radiante, lo acompañaba una preciosa muchacha que no reconocí.
Hubiera querido decirle “Ándate a la chingada de aquí, cabrón, qué chingaos
vienes a burlarte de uno”. Pero por la chulada de mujer que iba con él no dije
nada.
—¿Qué te pasó, güey —fue lo
primero que dijo.
No le contesté. Se asustó.
Me miró un rato afortunadamente breve y se largó.
Dijo que yo estaba muy
grave, que no podía hablar y que no reconocía a nadie.
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