Sería
en agosto o septiembre que encontré en algún lugar de internet una convocatoria
para un concurso de cuento que titularon “Historias del metro. Cuentos desde el
subterráneo”. Invitaban la editorial Hilal y la Alcaldía Tlalpan principalmente,
pues había otras organizaciones o empresas convocando. Desde hace quizá unos
cinco o seis años tengo en mis archivos una anécdota —un abuso, uno más, de la
policía contra los ciudadanos— ocurrida en el metro. Como, de alguna manera lo
viví, estaba escrito en forma de crónica, así que le di una manita de gato para
que se convirtiera en cuento. Se llama Tres
hazañas policiacas. Además, en el taller Eusebio Ruvalcaba (en el que
participo digamos como coordinador adjunto u oficioso del maestro Jorge Arturo
Borja, coordinador oficial del taller que adoptó el nombre de su fundador, el
propio Eusebio que trascendió a un espacio-tiempo mejor que este, lo cual hace
ya nueve largos años) digo, en este taller le escuché una anécdota terrible a
mi querido amigo Juan Carlos Martínez y, con su debido permiso, la escribí en
forma de cuento. La trabajé con los camaradas del susodicho Taller Eusebio
Ruvalcaba y el cuento terminó por ser titulado Residuos podridos de felicidad. Vi que en la convocatoria admitían,
siempre y cuando se involucrase al metro, como máximo dos cuentos, en dos
categorías diferentes a que convocaban, así que modifiqué un poco los dos
cuentos y los mandé al concurso. Uno, el Tres
hazañas… entró en la categoría de Suspenso-Thriller y el otro, Residuos podridos… lo propuse en lo que
llamaron Realismo Urbano. Los dos fueron aceptados para formar parte de una
antología que se formará con algunos de los cuentos —los más significativos—
que se recibieron.
Los
libros se van a repartir gratuitamente y la primera entrega se hará el próximo
día sábado 21 de febrero en la presentación del volumen que contiene la dicha
antología; esto ocurrirá en el auditorio de la Alcaldía Tlalpan a las doce del
día.
Lo que
sigue son los dos cuentos.
Pterocles Arenarius
(Esperarían Escultor)*
Hay un lema que siguen todos los que practican este oficio: “Si quieres llegar a policía viejo hazte pendejo”.
Hace
un par de semanas vi un pleito en el metro. En realidad no fue pleito sino una
pequeña golpiza que un policía vestido de civil le atizó a un viejo pendejo (y,
quizá, borracho). Los hechos fueron como sigue:
El
policía era un muchacho que acaso alcanzaba los treinta años. El viejo pendejo
era un bien entrado sexagenario. El joven policía iba sentado casi dormido y,
aplastado medio horizontal sobre el asiento, hacía que sus rodillas casi
tocaran el lugar frente a él, con lo cual provocaba que nadie pudiera sentarse
ahí.
El
viejo, seguramente borracho, se empeñó en sentarse en el asiento que el policía
obstruía con sus rodillas.
El
viejo se metió casi a fuerza y se apoltronó. El policía se hizo el molesto y se
apartó de muy mala gana, es muy seguro que trajera encima 24 horas sin dormir,
pues suelen trabajar 24 horas (de actividad) por 24 horas (de descanso).
El
viejo traía un paraguas, una mochila y un libro. Desafiante (quizá borracho,
como ya se dijo) se sentó frente al policía. Se miraron feo los dos y noté que
se empujaban belicosamente con las rodillas. El viejo se puso a leer el libro
que llevaba. El policía siguió dormitando. Así se fueron desde Pino Suárez
hasta Moctezuma, íbamos en la Línea color de rosa, la Uno. Ahí el viejo se puso
de pie para salir, pero las largas piernas del policía le estorbaban el paso.
Lo empujó, le pegó con las rodillas para hacer a un lado las piernas del estorboso
policía y salió. Empezaron a insultarse: “Ora, viejo pendejo”. “Pos hágase a un
lado y deje pasar, cabrón, qué no ve que está estorbando”. Se mentaron la madre
mutuamente. De pronto, el viejo, furioso, le tiró un sombrillazo al policía.
Éste, un joven, lo esquivó. Se levantó furioso y se abalanzó contra el viejo
que esgrimió valerosamente su paraguas como defensa y le tiró un tremendo golpe
de sombrilla. Pero el otro era un joven, fuerte, policía, sin duda entrenado
para los enfrentamientos y, por lo menos, unos diez centímetros más alto que el
viejo pendejo y borracho. El policía detuvo el golpe con asombrosa facilidad
interponiendo el antebrazo. En ese momento, a causa del golpe de sombrilla, su
reloj salió volando y nadie se percató. Le quitó el paraguas al viejo pendejo,
le dio un par de golpes a puño limpio en la cara, en la cabeza, lo tiró al
suelo de un aventón y le dio una patada en la espalda. Luego, olímpicamente,
como si nada hubiera ocurrido, se metió en el carro del metro que se había detenido.
Quizá, el conductor había visto la riña. El viejo no estaba de ninguna manera a
gusto. Se levantó del suelo, empezó a gritar “¡Policía, policía!” y fue
corriendo a jalar la palanca de emergencias que hay en cada carro del metro y
que así no puede avanzar.
Llegaron
cuatro policías. El viejo borracho les dijo “Aquí el muchachito me agarró a
patadas en el suelo; agárrenlo”. Uno de los policías obedeció, pero el policía
golpeador no perdió el tiempo, le dijo por lo bajo “Bríndame la atención,
pareja, háganme el paro, no sean gachos”. Que no otra cosa se dicen los
policías cuando cometen un delito o le pegan a un viejo, para que sus “parejas”
no los detengan.
Y,
ciertamente, lo soltaron cuando ya hasta lo habían agarrado. Y el policía que
apaleó al viejo se fue caminando para salir de la estación del metro como si no
hubiera pateado en el suelo a un hombre que, por la edad, podría haber sido su
abuelo.
El
viejo gritó a los policías “¿Por qué lo dejan ir?, ¿le tienen miedo?”, y le
gritó al que huía: “¡Ven a seguirme pegando, cobarde, hijo de tu puta madre!”.
Lo dejaron ir.
El
viejo borracho (y pendejo) se puso a recoger su mochila, su libro, su gorra
(traía una cachucha que no se había mencionado), su paraguas y, ¡oh, sorpresa!,
el reloj que, nadie lo notó, se le cayó al policía a causa del sombrillazo que
le dio el viejo.
Cuando
terminó les dijo “Ya lo dejaron ir, ¿verdad?”. Los policías, haciéndose
pendejos, no le contestaron. Uno de los uniformados le dijo: “¿Cómo pasó
todo?”. El viejo pendejo (y borracho casi seguramente), indignado contestó:
“¿Ya para qué me preguntas?, ya lo dejaron ir. ¿Para qué sirven ustedes? Son
servidores públicos y no sirven para nada”. Y se fue.
La
historia no acaba aquí.
Salimos
juntos del metro Moctezuma, del lado de la colonia del mismo nombre. Hablamos:
―¿Cómo
ves?, hijos de su reputa y rechingada madre ¿no? ¿Por qué dejaron ir al hijo de
su puta madre que me pegó?, ―el viejo, borracho, no se había dado cuenta que el
que lo golpeó también era policía (pelón, joven, desvelado y, lo más
importante, conocedor de los códigos para que sus “parejas” no lo detuvieran).
No se lo dije.
―Ssssí,
son cabrones. Ps ya se querían ir a dormir…, por eso lo dejaron ir. Y es que
luego se tardan mucho en los trámites y levantar acta y todo eso, cuatro,
cinco, hasta ocho horas. Y ellos ya se querían ir a descansar.
―¿Y
por eso ya te pueden matar a chingadazos en el metro sin que se pongan a hacer
su trabajo los hijos de su chingada madre? ¿Entonces para qué putas sirven?
―Así
son, mi amigo… ―en ese momento una patrulla apareció dando vuelta con sirena
abierta por la esquina atrás de nosotros.
―¿Y
estos hijos de su puta madre qué…?, ―dijo el viejo borracho. Pensé un par de
segundos y le dije:
―¿Sabes
qué, compadre…? Así como ves son capaces de que vienen por ti. Los mandarían
los mismos policías del metro. No, si estos cabrones son una porquería. Pero no
tienen evidencia de que tú eres, nada más recibieron la llamada por radio, nos
quieren asustar a ver si nos echamos a correr o les tenemos miedo. Tú tranquilo
―no era necesario que se lo dijera, sino al revés, el viejo estaba encabronado
y más bien había que tranquilizarlo para que no insultara a los policías. No
les tenía miedo―. Si nos caen tú eres un ciudadano que no sabes ni madres de lo
que pasó ahorita en el metro, porque por áhi nos van a tratar de cinchar.
Como
vieron que no huimos apagaron el puto escándalo de la sirena, pero aminoraron
la velocidad de la patrulla y se pusieron al parejo de nuestra marcha. No
podíamos verles la cara por las luces azul y roja que emite el penacho de la
patrulla, pero sin duda nos veían como su botín. Detuvieron el vehículo, se
bajaron de la patrulla que atravesaron prácticamente en nuestro camino. Con la
mano en la funda de la pistola, como amenazando con sacarla, llegaron hasta
nosotros.
―Usté,
caballero ―nos dijeron con la extraña y puta maña de los policías de llamar
caballero a todo el mundo―, tiene que acompañarnos. Identifíquese. Tiene el
reporte de que participó en una riña en el metro y se escapó de la autoridá
―completaron señalando al viejo borracho que me acompañaba. El viejo dejó de
parecerme tan pendejo por la manera en que reaccionó:
―Mire
usted, señor, ignoro a qué se refiere. No tengo idea de lo que dice. No sé ni
de lejos de qué riña me está hablando. Pero sí le recuerdo que la Constitución
Mexicana dice dos cosas que ahorita caben muy bien, una, que ningún acto ni
reglamento ni operativo, como ustedes les llaman, está por encima de las leyes
constitucionales y, dos, que también dice que ningún ciudadano puede ser
molestado en su persona, propiedades o tránsito si no existe una orden judicial
ex profeso que así lo establezca.
¿Puede enseñarme la orden judicial que lo autorice a interrumpir nuestro
tránsito?
―No,
mire, a nosotros nos dan un aviso de que un sujeto agredió a un pareja, digo a
un policía en las instalaciones del metro estación Moctezuma. ―Dijo el policía
como si leyera de una pequeña libreta en la que, supuestamente, habría apuntado
lo que le dijeran por radio―. Y el retrato hablado es igual a usté.
―Le
repito, nosotros no sabemos nada. Lamento que su colega haya sufrido una
agresión y, si no tiene orden judicial que lo autorice a interrogarnos, su
retrato hablado no tiene validez y hasta se me hace que no existe, así que le
pido que no moleste nuestro tránsito y cumpla con la ley. Con su permiso. ―Y
echó a caminar. Los policías no se atrevieron más que a, primero, quedarse
parados mirándose uno al otro y, luego, regresar a su patrulla. Todavía alcancé
a oír que dijeron:
―¿Cómo
ves, pareja, les damos en su pinche madre?
―Yo
creo que no, pareja, se ve que estos rucos se la saben y pa’qué le movemos… ―y
se fueron.
Caminamos
un poco, unos cincuenta metros. El viejo no tan pendejo, pero sí borracho me dijo:
―Cabrones,
hijos de su chingada madre. Pobres imbéciles. ¿Quieres un pegue?, ―mientras me
ofrecía una anforita de anís El Mico.
*Como
pueden ver, Esperarían Escultor es un anagrama de Pterocles Arenarius
Residuos podridos de felicidad
Pterocles
Arenarius
(Esperarían
Escultor)
Albert Camus
Salvador Díaz Mirón
Era
quizá el día diez o doce en que me encontraba dedicado a beber de día y de
noche sin detenerme más que para dormir y eso porque me vencían el sueño y la
fatiga. Después del cuarto día me expulsaron de mi casa (justamente). Y no me
preocupó.
Tenía
una tarjeta de débito y una de crédito. Troné la primera aunque me tomó cinco
largos días para lograrlo. Seguí con la de crédito (para desgracia de mi
familia tenía diez veces más de dinero que la otra, aunque no fuera mío).
Así,
el día diez, ¿o sería el doce?, amanecí dormido en un basurero de la colonia
Oriental. Estaba batido de mierda de perro, todo miado y con muchas ganas de
que el mundo explotara en pedazos. O por lo menos yo. Mi aspecto ya era el de
una “persona en situación de calle”, como dice la hipocresía general. Me valía
verga. Con el plástico mágico, entré en un “centro comercial”, porque el dinero
habla, aunque mi aspecto fuera muy mugroso. Saqué más alcohol. Me robé lo más
que pude de “promociones y pruebas de alimentos para el público” para comer
algo. Me fui a la calle a seguir bebiendo. Como casi todos los días, me encontré
con borrachos callejeros, muy amigables ellos, si les invitas un trago y me
puse a “ingerir bebidas alcohólicas” —como dicen en La Prensa, El Gráfico y El
Metro— con aquellos borrachitos y lo perpetrábamos en plena vía pública. La
policía no molesta a los borrachos indigentes, sólo a los que se ve que pueden
ser extorsionados.
Así,
beber sin tregua hasta quedar otra vez bien bútago.
Y
luego despertar de la involuntaria mona y sentirme un poco peor que antes. Cada
vez peor. Y entonces emborracharme de nuevo para terminar inconsciente,
enmierdado, roñoso, sucio, pestilente. Y despertar de nuevo para darme cuenta
de que el puto mundo sigue. Cada nuevo día un poco peor.
Hasta
que ya no aguanté. No se podía llegar más abajo. Me dije “Ya que chingue a su
madre el mundo” y en ese momento decidí que era el momento de irme a la verga.
Si no estudié leyes como quería mi jefe; no estudié sicología como decía “ya de
perdida”, mi jefa. Si decepcioné a mis hermanas que, entre los reclamos y la
conmiseración, eran incluso amigables; pero mis hermanos y mi padre sólo me
decían “Ya párale, cabrón; si no te vamos a anexar para que te vuelvan
hombrecito y se te quite tantito lo pendejo”. No me gustaba trabajar ni
estudiar ni hacer deporte. Nada más iba a la escuela a embriagarme y a fumar
mota o si acaso a ver si había alguna morra que quisiera coger conmigo. He sido
güevón, mantenido, buenoparanada, pendejo, cachazudo, chambón, cínico
desvergonzado, borracho y mariguano. Y casi todos me lo recordaban todos los
días. Morir a la verga. Y ya. Caminar era molesto, hasta doloroso de tan crudo.
También respirar. Pero también ver el mundo. Puta madre. Lo más sencillo y
sensato era irse a la verga.
Me
metí al metro Candelaria, en la línea Uno. Eran las siete de la mañana; con el
frío y con una cruda de diez, ¿o doce o quince?, días, todo puerco, triste pero
no, eso ya no era tristeza, era odio contra mí.
Me
metí al metro.
En
la dirección a Observatorio había miles de imbéciles que iban con su docilidad
más estúpida a entregarle su vida a un puerco que sólo quería hacerse más rico
con su trabajo, con su existencia. Cada momento que respiren es para darle más
dinero a sus patrones, a los triunfadores, a los paladines del dinero y al
capitalismo. A cambio de su pendeja existencia.
En
Dirección Pantitlán había muchísima menos gente. Me puse en el andén del metro
que va a Pantitlán. Y cuando venía el tren dije chingue a su madre dios y
también el diablo y me lancé a las vías para que el tren me convirtiera en
algunos kilos de carne con sangre, huesos quebrados y pestilencia pues todo
queda revuelto con mierda.
Ya
sé cómo es eso. Así quería que fuera: se oyen ruidos de láminas que golpean
algo muy fuertemente como si el mundo se rompiera en desorden, pues están
triturando a un imbécil. Se oye el frenar del metro, terrible y desesperado.
Hay gritos de gente que está viendo como ocurre el asunto. Y sale humo de
pronto, pero tiene un olor indefinible y repugnante, ¿mierda con hule quemado,
carne pudriéndose, con el ruido de huesos que se estrellan en las láminas, el
humo y la peste? Eso esperaba. Luego tenía que venir la ansiada oscuridad. Para
siempre.
Sólo
oí el frenar del metro. Un ruidazo horrible y largo. Algunos gritos de gente
que ni sabía lo que estaba pasando y una estúpida sirena de alarma. Luego se
impusieron los gritos, principalmente de mujeres. También había de hombres que
ladraban tratando de dar órdenes.
Me
di cuenta de que la muerte es, más que nada, quizás, confusión.
No
sé por qué estaba tirado (si había caído parado) ante la carátula del tren del
metro y la cara de espanto de una muchacha, la conductora, que me miraba entre
el asombro, la compasión, el horror y, creí ver también, al final, un dejo de
burla. “Vean, este es el pendejo que se quería matar. Quería que yo lo matara;
qué poca madre. Pero ni para eso sirve el imbécil”.
Muy
rápidamente llegaron cuatro policías del metro; se bajaron a las vías, la gente
seguía gritando, pero ahora también había chiflidos de mentadas de madre, sin
duda para mí.
—Hijo
de tu puta madre, ¿qué ibas a hacer pedazo de mierda?, —me dijo un policía
enfurecido, prieto y de más que notoria mala entraña.
—¿No
estás viendo que es hora pico, hijo de tu perra madre?, —con odio pronunció el
otro, chaparro, artero, mientras me golpeaba en el estómago.
Me
sacaron de inmediato, me iban cargando entre los cuatro, porque no traían ni
camilla; me levantaban de las greñas y de las patas y con la mano que a alguno
le sobraba me iban golpeando en el cuerpo, donde no quedaran huellas, no fuera
a denunciarlos por violar mis derechos humanos.
Me
encerraron en un cuartito del andén, de ésos que no tenemos idea para qué los
usan; me vendaron los ojos y me amarraron las manos por atrás, luego estuvieron
insultándome: “pedazo de cagada, pobre puto culero, ¿por qué nos querías
perjudicar, hijo de perra?”, y también practicaban sus mejores golpes:
bofetones, patadas en las nalgas, en el vientre. Me agarraban de las greñas y
me jaloneaban para atrás y para adelante o en círculo zangoloteándome, me
estrellaban en la pared y cuando se les bajó el coraje seguían pegándome pero
ya les daba risa.
En
un momento, cuando estaban bien emputados, llegué a pensar “Si me siguen
madreando así, en menos de diez minutos me van a matar. Ojalá”. Pero siguieron
mucho más. Y no me mataron.
Me
llevaron arrastrando, me arreglaron, me escupieron y con una jerga del suelo me
limpiaron los gargajos de la cara. Me entregaron con los de una patrulla que me
llevó con un juez cívico. Me acusaron de “Violar el reglamento del Sistema de
Transporte Colectivo Metro, por arrojar objetos sucios (así pusieron) y
peligrosos a las vías de este Sistema, para provocar el caos y la interrupción
del servicio del STC”.
El
juez me condenó a dos años de cárcel.
Estuve
preso tres meses. Mi familia pagó la fianza. Frente a la brutalidad de los
presos, su límpida (inocente) maldad (no como los policías que son malos pero
perversos, por el placer de robar en su beneficio o el de dañar sin motivo), la
tremenda fuerza ante la vida del que no tiene libertad, sus maneras de fugarse
del mundo real (fumar mota, o piedra o hacer artesanías increíbles a partir de
basura o capturar ratas, dejarlas hambrientas por días y estar toreándolas para
que se vuelvan bravas y, al fin, echarlas a pelear hasta que se maten) y muchas
más cosas que me enseñaron, cuando me di cuenta ya no tenía ganas de morirme.
Seguí siendo borracho y además me hice drogadicto. Es que encontré en esa gente
momentos clave de una forma horrenda y hasta repugnante de la felicidad. La
importante, la básica y esencial felicidad de los placeres animales,
retorcidos, bueno, pero placeres.
A
partir de aquélla es posible hallar otras formas; a veces peores o a veces
sublimes especialmente bien mariguano o alterado con lo que sea. Porque la
felicidad no existe, pero hay momentos en que uno se la encuentra como
encontrar una mujer desnuda que quiere entregársenos sin condiciones ni
motivos. Sólo hay que tener paciencia y no pedirle nada a la vida.
Me
metí a estudiar para complacer nada más a mis hermanas. También a trabajar para
taparles el hocico a mis hermanos y a mi padre.
Nomás
por eso, por las formas retorcidas de la felicidad que me enseñaron en la
cárcel, a veces hasta quiere uno vivir.





