lunes, 16 de febrero de 2026

Cuentos desde el subtérraneo, Historias del Metro




Invitación

  

Sería en agosto o septiembre que encontré en algún lugar de internet una convocatoria para un concurso de cuento que titularon “Historias del metro. Cuentos desde el subterráneo”. Invitaban la editorial Hilal y la Alcaldía Tlalpan principalmente, pues había otras organizaciones o empresas convocando. Desde hace quizá unos cinco o seis años tengo en mis archivos una anécdota —un abuso, uno más, de la policía contra los ciudadanos— ocurrida en el metro. Como, de alguna manera lo viví, estaba escrito en forma de crónica, así que le di una manita de gato para que se convirtiera en cuento. Se llama Tres hazañas policiacas. Además, en el taller Eusebio Ruvalcaba (en el que participo digamos como coordinador adjunto u oficioso del maestro Jorge Arturo Borja, coordinador oficial del taller que adoptó el nombre de su fundador, el propio Eusebio que trascendió a un espacio-tiempo mejor que este, lo cual hace ya nueve largos años) digo, en este taller le escuché una anécdota terrible a mi querido amigo Juan Carlos Martínez y, con su debido permiso, la escribí en forma de cuento. La trabajé con los camaradas del susodicho Taller Eusebio Ruvalcaba y el cuento terminó por ser titulado Residuos podridos de felicidad. Vi que en la convocatoria admitían, siempre y cuando se involucrase al metro, como máximo dos cuentos, en dos categorías diferentes a que convocaban, así que modifiqué un poco los dos cuentos y los mandé al concurso. Uno, el Tres hazañas… entró en la categoría de Suspenso-Thriller y el otro, Residuos podridos… lo propuse en lo que llamaron Realismo Urbano. Los dos fueron aceptados para formar parte de una antología que se formará con algunos de los cuentos —los más significativos— que se recibieron.

Los libros se van a repartir gratuitamente y la primera entrega se hará el próximo día sábado 21 de febrero en la presentación del volumen que contiene la dicha antología; esto ocurrirá en el auditorio de la Alcaldía Tlalpan a las doce del día.

Lo que sigue son los dos cuentos.

 

Pterocles en lectura

 

 

 

 

 

 

 

Tres hazañas policiacas

 

Pterocles Arenarius

(Esperarían Escultor)*


Hay un lema que siguen todos los que practican este oficio: “Si quieres llegar a policía viejo hazte pendejo”.

 

Hace un par de semanas vi un pleito en el metro. En realidad no fue pleito sino una pequeña golpiza que un policía vestido de civil le atizó a un viejo pendejo (y, quizá, borracho). Los hechos fueron como sigue:

El policía era un muchacho que acaso alcanzaba los treinta años. El viejo pendejo era un bien entrado sexagenario. El joven policía iba sentado casi dormido y, aplastado medio horizontal sobre el asiento, hacía que sus rodillas casi tocaran el lugar frente a él, con lo cual provocaba que nadie pudiera sentarse ahí.

El viejo, seguramente borracho, se empeñó en sentarse en el asiento que el policía obstruía con sus rodillas.

El viejo se metió casi a fuerza y se apoltronó. El policía se hizo el molesto y se apartó de muy mala gana, es muy seguro que trajera encima 24 horas sin dormir, pues suelen trabajar 24 horas (de actividad) por 24 horas (de descanso).

El viejo traía un paraguas, una mochila y un libro. Desafiante (quizá borracho, como ya se dijo) se sentó frente al policía. Se miraron feo los dos y noté que se empujaban belicosamente con las rodillas. El viejo se puso a leer el libro que llevaba. El policía siguió dormitando. Así se fueron desde Pino Suárez hasta Moctezuma, íbamos en la Línea color de rosa, la Uno. Ahí el viejo se puso de pie para salir, pero las largas piernas del policía le estorbaban el paso. Lo empujó, le pegó con las rodillas para hacer a un lado las piernas del estorboso policía y salió. Empezaron a insultarse: “Ora, viejo pendejo”. “Pos hágase a un lado y deje pasar, cabrón, qué no ve que está estorbando”. Se mentaron la madre mutuamente. De pronto, el viejo, furioso, le tiró un sombrillazo al policía. Éste, un joven, lo esquivó. Se levantó furioso y se abalanzó contra el viejo que esgrimió valerosamente su paraguas como defensa y le tiró un tremendo golpe de sombrilla. Pero el otro era un joven, fuerte, policía, sin duda entrenado para los enfrentamientos y, por lo menos, unos diez centímetros más alto que el viejo pendejo y borracho. El policía detuvo el golpe con asombrosa facilidad interponiendo el antebrazo. En ese momento, a causa del golpe de sombrilla, su reloj salió volando y nadie se percató. Le quitó el paraguas al viejo pendejo, le dio un par de golpes a puño limpio en la cara, en la cabeza, lo tiró al suelo de un aventón y le dio una patada en la espalda. Luego, olímpicamente, como si nada hubiera ocurrido, se metió en el carro del metro que se había detenido. Quizá, el conductor había visto la riña. El viejo no estaba de ninguna manera a gusto. Se levantó del suelo, empezó a gritar “¡Policía, policía!” y fue corriendo a jalar la palanca de emergencias que hay en cada carro del metro y que así no puede avanzar.

Llegaron cuatro policías. El viejo borracho les dijo “Aquí el muchachito me agarró a patadas en el suelo; agárrenlo”. Uno de los policías obedeció, pero el policía golpeador no perdió el tiempo, le dijo por lo bajo “Bríndame la atención, pareja, háganme el paro, no sean gachos”. Que no otra cosa se dicen los policías cuando cometen un delito o le pegan a un viejo, para que sus “parejas” no los detengan.

Y, ciertamente, lo soltaron cuando ya hasta lo habían agarrado. Y el policía que apaleó al viejo se fue caminando para salir de la estación del metro como si no hubiera pateado en el suelo a un hombre que, por la edad, podría haber sido su abuelo.

El viejo gritó a los policías “¿Por qué lo dejan ir?, ¿le tienen miedo?”, y le gritó al que huía: “¡Ven a seguirme pegando, cobarde, hijo de tu puta madre!”. Lo dejaron ir.

El viejo borracho (y pendejo) se puso a recoger su mochila, su libro, su gorra (traía una cachucha que no se había mencionado), su paraguas y, ¡oh, sorpresa!, el reloj que, nadie lo notó, se le cayó al policía a causa del sombrillazo que le dio el viejo.

Cuando terminó les dijo “Ya lo dejaron ir, ¿verdad?”. Los policías, haciéndose pendejos, no le contestaron. Uno de los uniformados le dijo: “¿Cómo pasó todo?”. El viejo pendejo (y borracho casi seguramente), indignado contestó: “¿Ya para qué me preguntas?, ya lo dejaron ir. ¿Para qué sirven ustedes? Son servidores públicos y no sirven para nada”. Y se fue.

La historia no acaba aquí.

Salimos juntos del metro Moctezuma, del lado de la colonia del mismo nombre. Hablamos:

―¿Cómo ves?, hijos de su reputa y rechingada madre ¿no? ¿Por qué dejaron ir al hijo de su puta madre que me pegó?, ―el viejo, borracho, no se había dado cuenta que el que lo golpeó también era policía (pelón, joven, desvelado y, lo más importante, conocedor de los códigos para que sus “parejas” no lo detuvieran). No se lo dije.

―Ssssí, son cabrones. Ps ya se querían ir a dormir…, por eso lo dejaron ir. Y es que luego se tardan mucho en los trámites y levantar acta y todo eso, cuatro, cinco, hasta ocho horas. Y ellos ya se querían ir a descansar.

―¿Y por eso ya te pueden matar a chingadazos en el metro sin que se pongan a hacer su trabajo los hijos de su chingada madre? ¿Entonces para qué putas sirven?

―Así son, mi amigo… ―en ese momento una patrulla apareció dando vuelta con sirena abierta por la esquina atrás de nosotros.

―¿Y estos hijos de su puta madre qué…?, ―dijo el viejo borracho. Pensé un par de segundos y le dije:

―¿Sabes qué, compadre…? Así como ves son capaces de que vienen por ti. Los mandarían los mismos policías del metro. No, si estos cabrones son una porquería. Pero no tienen evidencia de que tú eres, nada más recibieron la llamada por radio, nos quieren asustar a ver si nos echamos a correr o les tenemos miedo. Tú tranquilo ―no era necesario que se lo dijera, sino al revés, el viejo estaba encabronado y más bien había que tranquilizarlo para que no insultara a los policías. No les tenía miedo―. Si nos caen tú eres un ciudadano que no sabes ni madres de lo que pasó ahorita en el metro, porque por áhi nos van a tratar de cinchar.

Como vieron que no huimos apagaron el puto escándalo de la sirena, pero aminoraron la velocidad de la patrulla y se pusieron al parejo de nuestra marcha. No podíamos verles la cara por las luces azul y roja que emite el penacho de la patrulla, pero sin duda nos veían como su botín. Detuvieron el vehículo, se bajaron de la patrulla que atravesaron prácticamente en nuestro camino. Con la mano en la funda de la pistola, como amenazando con sacarla, llegaron hasta nosotros.

―Usté, caballero ―nos dijeron con la extraña y puta maña de los policías de llamar caballero a todo el mundo―, tiene que acompañarnos. Identifíquese. Tiene el reporte de que participó en una riña en el metro y se escapó de la autoridá ―completaron señalando al viejo borracho que me acompañaba. El viejo dejó de parecerme tan pendejo por la manera en que reaccionó:

―Mire usted, señor, ignoro a qué se refiere. No tengo idea de lo que dice. No sé ni de lejos de qué riña me está hablando. Pero sí le recuerdo que la Constitución Mexicana dice dos cosas que ahorita caben muy bien, una, que ningún acto ni reglamento ni operativo, como ustedes les llaman, está por encima de las leyes constitucionales y, dos, que también dice que ningún ciudadano puede ser molestado en su persona, propiedades o tránsito si no existe una orden judicial ex profeso que así lo establezca. ¿Puede enseñarme la orden judicial que lo autorice a interrumpir nuestro tránsito?

―No, mire, a nosotros nos dan un aviso de que un sujeto agredió a un pareja, digo a un policía en las instalaciones del metro estación Moctezuma. ―Dijo el policía como si leyera de una pequeña libreta en la que, supuestamente, habría apuntado lo que le dijeran por radio―. Y el retrato hablado es igual a usté.

―Le repito, nosotros no sabemos nada. Lamento que su colega haya sufrido una agresión y, si no tiene orden judicial que lo autorice a interrogarnos, su retrato hablado no tiene validez y hasta se me hace que no existe, así que le pido que no moleste nuestro tránsito y cumpla con la ley. Con su permiso. ―Y echó a caminar. Los policías no se atrevieron más que a, primero, quedarse parados mirándose uno al otro y, luego, regresar a su patrulla. Todavía alcancé a oír que dijeron:

―¿Cómo ves, pareja, les damos en su pinche madre?

―Yo creo que no, pareja, se ve que estos rucos se la saben y pa’qué le movemos… ―y se fueron.

Caminamos un poco, unos cincuenta metros. El viejo no tan pendejo, pero sí borracho me dijo:

―Cabrones, hijos de su chingada madre. Pobres imbéciles. ¿Quieres un pegue?, ―mientras me ofrecía una anforita de anís El Mico.

 

*Como pueden ver, Esperarían Escultor es un anagrama de Pterocles Arenarius

 

Cinco dedos, cinco libros

 

 

Residuos podridos de felicidad

 

Pterocles Arenarius

(Esperarían Escultor)

 La gente nunca está convencida de tus razones, de tu sinceridad, de tu seriedad o tus sufrimientos, salvo si te mueres.

Albert Camus

 El mérito es el náufrago del alma / Vivo se hunde, pero muerto flota

Salvador Díaz Mirón

 

Era quizá el día diez o doce en que me encontraba dedicado a beber de día y de noche sin detenerme más que para dormir y eso porque me vencían el sueño y la fatiga. Después del cuarto día me expulsaron de mi casa (justamente). Y no me preocupó.

Tenía una tarjeta de débito y una de crédito. Troné la primera aunque me tomó cinco largos días para lograrlo. Seguí con la de crédito (para desgracia de mi familia tenía diez veces más de dinero que la otra, aunque no fuera mío).

Así, el día diez, ¿o sería el doce?, amanecí dormido en un basurero de la colonia Oriental. Estaba batido de mierda de perro, todo miado y con muchas ganas de que el mundo explotara en pedazos. O por lo menos yo. Mi aspecto ya era el de una “persona en situación de calle”, como dice la hipocresía general. Me valía verga. Con el plástico mágico, entré en un “centro comercial”, porque el dinero habla, aunque mi aspecto fuera muy mugroso. Saqué más alcohol. Me robé lo más que pude de “promociones y pruebas de alimentos para el público” para comer algo. Me fui a la calle a seguir bebiendo. Como casi todos los días, me encontré con borrachos callejeros, muy amigables ellos, si les invitas un trago y me puse a “ingerir bebidas alcohólicas” —como dicen en La Prensa, El Gráfico y El Metro— con aquellos borrachitos y lo perpetrábamos en plena vía pública. La policía no molesta a los borrachos indigentes, sólo a los que se ve que pueden ser extorsionados.

Así, beber sin tregua hasta quedar otra vez bien bútago.

Y luego despertar de la involuntaria mona y sentirme un poco peor que antes. Cada vez peor. Y entonces emborracharme de nuevo para terminar inconsciente, enmierdado, roñoso, sucio, pestilente. Y despertar de nuevo para darme cuenta de que el puto mundo sigue. Cada nuevo día un poco peor.

Hasta que ya no aguanté. No se podía llegar más abajo. Me dije “Ya que chingue a su madre el mundo” y en ese momento decidí que era el momento de irme a la verga. Si no estudié leyes como quería mi jefe; no estudié sicología como decía “ya de perdida”, mi jefa. Si decepcioné a mis hermanas que, entre los reclamos y la conmiseración, eran incluso amigables; pero mis hermanos y mi padre sólo me decían “Ya párale, cabrón; si no te vamos a anexar para que te vuelvan hombrecito y se te quite tantito lo pendejo”. No me gustaba trabajar ni estudiar ni hacer deporte. Nada más iba a la escuela a embriagarme y a fumar mota o si acaso a ver si había alguna morra que quisiera coger conmigo. He sido güevón, mantenido, buenoparanada, pendejo, cachazudo, chambón, cínico desvergonzado, borracho y mariguano. Y casi todos me lo recordaban todos los días. Morir a la verga. Y ya. Caminar era molesto, hasta doloroso de tan crudo. También respirar. Pero también ver el mundo. Puta madre. Lo más sencillo y sensato era irse a la verga.

Me metí al metro Candelaria, en la línea Uno. Eran las siete de la mañana; con el frío y con una cruda de diez, ¿o doce o quince?, días, todo puerco, triste pero no, eso ya no era tristeza, era odio contra mí.

Me metí al metro.

En la dirección a Observatorio había miles de imbéciles que iban con su docilidad más estúpida a entregarle su vida a un puerco que sólo quería hacerse más rico con su trabajo, con su existencia. Cada momento que respiren es para darle más dinero a sus patrones, a los triunfadores, a los paladines del dinero y al capitalismo. A cambio de su pendeja existencia.

En Dirección Pantitlán había muchísima menos gente. Me puse en el andén del metro que va a Pantitlán. Y cuando venía el tren dije chingue a su madre dios y también el diablo y me lancé a las vías para que el tren me convirtiera en algunos kilos de carne con sangre, huesos quebrados y pestilencia pues todo queda revuelto con mierda.

Ya sé cómo es eso. Así quería que fuera: se oyen ruidos de láminas que golpean algo muy fuertemente como si el mundo se rompiera en desorden, pues están triturando a un imbécil. Se oye el frenar del metro, terrible y desesperado. Hay gritos de gente que está viendo como ocurre el asunto. Y sale humo de pronto, pero tiene un olor indefinible y repugnante, ¿mierda con hule quemado, carne pudriéndose, con el ruido de huesos que se estrellan en las láminas, el humo y la peste? Eso esperaba. Luego tenía que venir la ansiada oscuridad. Para siempre.

Sólo oí el frenar del metro. Un ruidazo horrible y largo. Algunos gritos de gente que ni sabía lo que estaba pasando y una estúpida sirena de alarma. Luego se impusieron los gritos, principalmente de mujeres. También había de hombres que ladraban tratando de dar órdenes.

Me di cuenta de que la muerte es, más que nada, quizás, confusión.

No sé por qué estaba tirado (si había caído parado) ante la carátula del tren del metro y la cara de espanto de una muchacha, la conductora, que me miraba entre el asombro, la compasión, el horror y, creí ver también, al final, un dejo de burla. “Vean, este es el pendejo que se quería matar. Quería que yo lo matara; qué poca madre. Pero ni para eso sirve el imbécil”.

Muy rápidamente llegaron cuatro policías del metro; se bajaron a las vías, la gente seguía gritando, pero ahora también había chiflidos de mentadas de madre, sin duda para mí.

—Hijo de tu puta madre, ¿qué ibas a hacer pedazo de mierda?, —me dijo un policía enfurecido, prieto y de más que notoria mala entraña.

—¿No estás viendo que es hora pico, hijo de tu perra madre?, —con odio pronunció el otro, chaparro, artero, mientras me golpeaba en el estómago.

Me sacaron de inmediato, me iban cargando entre los cuatro, porque no traían ni camilla; me levantaban de las greñas y de las patas y con la mano que a alguno le sobraba me iban golpeando en el cuerpo, donde no quedaran huellas, no fuera a denunciarlos por violar mis derechos humanos.

Me encerraron en un cuartito del andén, de ésos que no tenemos idea para qué los usan; me vendaron los ojos y me amarraron las manos por atrás, luego estuvieron insultándome: “pedazo de cagada, pobre puto culero, ¿por qué nos querías perjudicar, hijo de perra?”, y también practicaban sus mejores golpes: bofetones, patadas en las nalgas, en el vientre. Me agarraban de las greñas y me jaloneaban para atrás y para adelante o en círculo zangoloteándome, me estrellaban en la pared y cuando se les bajó el coraje seguían pegándome pero ya les daba risa.

En un momento, cuando estaban bien emputados, llegué a pensar “Si me siguen madreando así, en menos de diez minutos me van a matar. Ojalá”. Pero siguieron mucho más. Y no me mataron.

Me llevaron arrastrando, me arreglaron, me escupieron y con una jerga del suelo me limpiaron los gargajos de la cara. Me entregaron con los de una patrulla que me llevó con un juez cívico. Me acusaron de “Violar el reglamento del Sistema de Transporte Colectivo Metro, por arrojar objetos sucios (así pusieron) y peligrosos a las vías de este Sistema, para provocar el caos y la interrupción del servicio del STC”.

El juez me condenó a dos años de cárcel.

Estuve preso tres meses. Mi familia pagó la fianza. Frente a la brutalidad de los presos, su límpida (inocente) maldad (no como los policías que son malos pero perversos, por el placer de robar en su beneficio o el de dañar sin motivo), la tremenda fuerza ante la vida del que no tiene libertad, sus maneras de fugarse del mundo real (fumar mota, o piedra o hacer artesanías increíbles a partir de basura o capturar ratas, dejarlas hambrientas por días y estar toreándolas para que se vuelvan bravas y, al fin, echarlas a pelear hasta que se maten) y muchas más cosas que me enseñaron, cuando me di cuenta ya no tenía ganas de morirme. Seguí siendo borracho y además me hice drogadicto. Es que encontré en esa gente momentos clave de una forma horrenda y hasta repugnante de la felicidad. La importante, la básica y esencial felicidad de los placeres animales, retorcidos, bueno, pero placeres.

A partir de aquélla es posible hallar otras formas; a veces peores o a veces sublimes especialmente bien mariguano o alterado con lo que sea. Porque la felicidad no existe, pero hay momentos en que uno se la encuentra como encontrar una mujer desnuda que quiere entregársenos sin condiciones ni motivos. Sólo hay que tener paciencia y no pedirle nada a la vida.

Me metí a estudiar para complacer nada más a mis hermanas. También a trabajar para taparles el hocico a mis hermanos y a mi padre.

Nomás por eso, por las formas retorcidas de la felicidad que me enseñaron en la cárcel, a veces hasta quiere uno vivir.

jueves, 8 de enero de 2026

 En 1994 gané el tercer lugar en el concurso de cuento "Edmundo Valadés" que convocaba la Delegación Iztacalco. Gerardo de la Torre fue uno de los jurados. (Por cierto, yo fui alumno de taller del maestro Valadés, autor del inolvidable La muerte tiene permiso).

Otra jurado de aquel concurso era una doña que (como lo comprobé poco después leyendo varios cuentos de ella; muy chafas, gazmoños, bien decentitos eso sí) le tenía (debe seguir teniéndola) fobia, es decir, un horror enfermizo, patológico a los borrachos (y mi cuento se regodeaba en la embriaguez y en la violencia) y esta doña batalló con todas sus fuerzas para que mi cuento no ganara premio alguno. Pero Gerardo De La Torre, a quien yo no conocía, se rifó, me dicen que él quería el primer lugar para mi cuento (era el Madreardiendo y Bailarás) y lo defendió hasta llegar a los sombrerazos para que alcanzara, contra la fobia de aquella doña, el tercer lugar.
Luego, en una lectura informal, leímos los cuentos que ganaron el primero y el tercer lugar. Me enorgullece decir que hice picadillo al cuento ganador. No hay mejor juicio que las reacciones del público. Es decir, Gerardo de la Torre tenía razón y mi cuento debió ganar. En fin, así son las cosas.
Hoy recordamos al maestro Gerardo de la Torre con gran cariño, nos dejó en 2022.
Y lo que sigue es el cuento

Madreardiendo y Bailarás

(En plan Pirata)

                                     Nada hay más culero y peligroso en este

                                    mundo que una puta enfurecida

                                    Chucho López

 

Aldegundo, El Bailarás, ya estaba hasta su madre. Rubicel, El Madreardiendo se mantenía entablado. Yo estaba un tanto bútago, normal. El así llamado Madreardiendo —por ser hijo de puta— fue el que dijo:

—Ahí’stá puesta, es La Pirata. Vamos dándole pira, ¿qué pastel?

—¿Encañonarla? Negra sea tu madre si no. Va que va —sostuvo el entenado de padrote que por lo mismo sobrenombran Bailarás.

La Pirata había pasado, taloneando, por la loncha. Bautizada Itamar, era puta de tercera generación y tuerta desde los tres de edad por descuido de su madre.

—Esa Piratita, jálese pa’cámbaro y sóplese una cervatana con la banda.

Ella buscó al Bailarás hasta centrarlo con su ojo el no parchado —¿Uñas, ni maiz, mi ñero. Si te mochas, como vázquez, pero chido. Si na’más una y luego chela pues pa’qué.

—Desmárquese y arrímese, princesa; ‘horita nos cambiamos hasta el nombre, pa’ponernos: pedisérrimos.

Y se hizo, a chelear parejo. El plan iba empezando. Llegó el primer pancho; fue por la fuerte meazón que se desboca en la peda chelera. Soltándose en el mingitorio El Madreardiendo —autonombrado el garrote de las putas— también soltó el artegio:

—A las vivas, ése: empedarla como bestia. Cuando caiga, un jalón aquí nomás al basurero… Allí aventarle caballería y luego ya le damos verga. Sencillo.

Era el plan: segunda fase.

—Paso…

—Chale, ¿te abres?

—Es mal pedo…

—Mira, güey, con lo que cargas no le haces ni cosquillas. Es más, chance y no se dé ni cuenta. Si le entras le hago un robo y bailo con títeres la micha.

—Nel, cójanla, si quieren, no la roben.

—Ya rugiste, camaleón.

Al retorno, este bato, harto bútago, en un trompicón hizo el derrumbe de una torre de cajas de refresco —Es que la mierda está muy angostita y uno anda pedernal.

Así era. Amontonamientos marcando un pasillito para salir del cuadrado de láminas con su viejo escusado apestoso adentro.

—Cayendo el muerto y soltando el llanto —le dijo doña Dionisia, madrota nueva y ponedora vieja; recién propietaria del congalillo con mal disfraz de loncha que ella rotuló como: “Los amores de Emeterio. Lonchería del barrio” en recuerdo de su padrote más querido, muerto en manos de la tira por aguantar sin aflojar, como ninguno, en el pocito.

Los amores…, local cuadrado, paredes en rosa chido de pintura de aceite “porque los borrachos son muy puercos”; mesas y sillas de lámina con anuncios de Corona y Coronita. Los amontonamientos; hartos triques, cubetas, cazuelas, braseros, comales, cajas de botellas, cajas con chilpayates enredados en trapo sucio, trastes, buti madres, pues.

Sirven las chelas unas morritas, quince o menos de edad, en sus inicios en el talón y la ficha. Inditas rucas torteando garnachas y, a güevo, la vitrola sonando recio.

De repente salen de las coladeras unas cúcaras gordas como ratones. Estando crudo espantan: hacen que dé la cruda de loco nervioso que se cree perseguido. Por ser tan feas uno las despanchurra. Truenan y sueltan una como pus pero es más blanca y huele medio culero. Se llaman teposcuanas. También salen ratas, pero ya nadie les hace caso.

—Le pago hasta el buen modo, esa doña —presumió el parido por suripanta (sin ofensa). Seguimos la ruta de la libación, hasta que:

—Aquí ya no se sirve, machines, aflojan la luz o se nos acabó la amistad —reclamó la madrota gelatineando sus noventa kilos ya casi emperrecida. Y es que además debíamos el derrumbe.

—Pues una vaca, ésos, ¿qué transa? —dijo El Rubicel y escarbamos el bolsillo. Nos vimos sometidos por la droga y ni siquiera habíase jalado la menor bacha. El desfalcón nos dejó en la ericez. Le sesgamos. El plan fallaba. Pero no…

Alcanzamos todavía para mercar un aguarrás ya en ventanilla. Luego directos al baldío de la que fuera nuestra escuela, ahora ya en función de basurero. A inflamar. Cuando se sintió tantito henchido, Rubicel (el hijo de madre puta) soltó prenda:

—Mi Piratita, tres cosas, decentemente… Una: que me la voy a coger. Dos: que si usté gusta de mamarme la verga no me importa, o sea que no hay fijón. Y, tres, que se moche con billete que ya nos desfalcamos.

—No hay tal, cabroncito, ahorita no se me hinchan las verijas y contigo menos…, chance y al rato, ya más peda, si te esperas…

—Es que no te estoy pidiendo permiso, princesa. Y para más, si no te pones, aquí mi valedor, padrote y ratero, está ya urgido por robar, ¿cómo la ves?

Moviendo mucho el cuello para ver al personal se puso a las vergas. Era una perra brava y acosada.

—Culeros…, ya van. Nomás que va a haber pedo… no me voy a dejar.

—Te vamos a tener que rajar tu madre, mi reina…

—Pero uno solo… No hay que ser mierda… Si es uno y me madrea que me coja y hasta se la mamo, pero billete no hay.

—No, p’s yo te voy a coger, me la vas a mamar y luego te voy a robar tu billete, hija.

—Ay, carnalito, Bailarás, si te avientas tú solito me la persinas…

—Pos por eso, es que te vamos a aventar caballería… ¿Sí o no, ese Petrarca?

—Ni madres, Bailarás, esta vieja es barrio. Va derecho le dije haciéndole un hocico muy culero.

—No hay pedo, hijo, va un tirito derecho tú y yo, Pirata —y decir como hacer El Madreardiendo se puso a tiro y armó la guardia. Jactancioso el cabrón todavía volteó a vernos— esta pinche vieja pelea como cabrón, ya la conozco.

Entonces Itamar, La Piratita, hija y nieta de rameras, madreadora cotidiana, le cambió el estilo y empezó a pelear como vieja: le apañó un fajo de greñas para rasguñarle bien la jeta. El cabrón trató de someterla con dos tres vergazos, pero ella aguantó; se veía que la madriza era, para ella, sí, cosa diaria. Peleando astutamente encontró forma de asestar un patadón harto culero en los meros aguacates. El Madreardiendo (golpeado una vez más de miles por puta desde que era chiquito) hasta brincó, tan fuerte había sido el cabronazo. Pidió tregua y se calmaron.

Error, mi Piratita. Lo dejó recuperarse. El cabrón dándose chance le dijo:

—Chale, hija, ni que tuvieras el ojete de oro, si nada más te queremos coger —y pujaba agarrándose los güevos. Vi que chillaría si no hubiéramos los que habíamos.

—¡Refuerzos, refuerzos!, ¡chale!, la madreamos, la cogemos y la robamos —aullaba yendo pa’llá y pa’cá el pequeño entenado de padrote—, ya desgüevó al primero, ¡no mames!

—Cálmex, mi ñero. Lo que es derecho no es chipotudo —le dije para calmarlo.

El hijo de puta la agarró descuidada y le atizó semejante vergatanazo que la puso con sus nalguitas en el suelo.

Ella no reclamó, no se quejó. Había sido un descontón harto mierdero. Sólo se puso de pie y empezaron de renuez, ahora sí con odio.

Era una madriza fea, como pocas he visto. Ella le rasgaba la jeta con sus uñas, él, asestando puñetazos, le sacudía la cabeza, la hacía tambalear. Se zarandeaban, se estremecían, se iban en banda, gruñían, pujaban, bufaban, jadeaban, chillaban. Chingada madre. ¿Cómo pararlos? ¿Cómo decirles que ai muere y al chico rato se la sacan? Carajo, ¿cómo hacer que entendieran que no había pedo, que ni siquiera se muere por cogerte, Piratita; y que si tantito le buscas por la buena, ella te chupa la verga en plan de cuates, Madreardiendo? Dolía ver como se madreaban. Era asqueroso ver como se madreaban. Era peor que ver una película pornográfica de las más puercas ver como se madreaban mis dos cuates. ¿Cómo pararlos si era un tiro derecho y estaban en terreno? Ella mordía como perra. Él golpeaba desesperado. Los dos sangraban. Ni modo.

Los hombres tenemos más fuerzas.

Ella se venció. Se acuclilló, bien fatigada. Sabedora de que no hay perdón se aculó en la pared cubriéndose la cabeza con los brazos, espiando entre ellos con su único ojo para ver, por lo menos, de qué lado se cargaban más los chingadazos. Ya no tenía fuerzas.

—Ya déjala —grité. Él enojeteperrecido, le alcanzó a encajar tres patadas fuertes, crueles. Sentí feo cuando ella, pujando, las recibía.

—No seas mierda, ya no le pegues. —Lo amenacé. El Bailarás estaba entre espantado y reencabronado.

—Me sangró y me rompió mis güevos esta perra —lloraba El Madreardiendo porque lo tenía yo bien agarrado.

Ella se quedó resoplando, arrinconada, redoliéndose.

El cabrón se orilló lanzando mierda en voces, encabronado como nunca.

—Chingada madre. Ahi se ven. Ya se me quitaron las ganas de cogerme a una puta de estas. —Y se fue por un agujero de la barda.

La Piratita se paró engallada, brava, como nueva. Buscaba con su ojito casi cerrado a chingadazos por dónde jalaría el cabrón. Con la bemba inflamada, borboritando sangre espumosa le gritó: “no pudiste, hijo de tu puta y perra madre. No pudiste”. Se empezó a carcajear fuerte y de la más fea manera posible, como si estuviera vomitando. O gruñendo. O llorando. O tosiendo. O roncando. Y de repente le gritaba ¡no pudiste, perro!

Desde que nació, El Madreardiendo nunca ha podido con las putas. Oyó la grita. Se detuvo. Caminó de regreso. Seguía. Él temblaba. Le mentó la madre con el codo gastando demasiada fuerza. Lloró. Se fue.

Ella siguió carcajeando hasta que su risa se volvió un sollozo de animal. El Bailarás estaba estremecido. Me miraba. Dijimos chale.

—Ya no chille, Piratita —se animó a consolar. La abrazó, le revolvió sangre, moco y lágrimas con cariño en la cara.

—¿Tú también quieres, cabrón?

—No, manita, yo sí te respeto.

—¿Tú? Tú chingas a tu madre, pedazo de culero.

Empezó a cachetearlo.

El Bailarás, entenado y criado por padrote, enseñado a bailar para controlar para hacerse amar por putitas de billete, El Bailarás, harto ñango, con su gorrita de estambre a rayas que tiene una borla hasta la punta; El Bailarás que no es perro, que no sabe meter las manos, se echó en reversa. Ella lo persiguió, le atinó dos que tres sonados bofetones y le sugirió: “vete a rechingar a toda tu puta madre de aquí”. Él aceptó de conformidad y para demostrarlo salió corriendo, no por otra cosa y menos miedo, sino para agarrar vuelo y brincar una barda.

Quedamos en las ruinas de la que fuera nuestra escuela, donde nos enseñaron a leer y… a escribir.

—Chale, pinches mierdas —dijo La Piratita y salió.

Saqué y encendí cigarro. De tabaco. “Qué pinche puta tan hermosa y brava, carajo” dije entre mí. Ya se me había bajado la peda. Cerré los ojos. Repasaba. Entonces oí su voz, lenta, ronca.

—Regálame un tabaquín, ése —acercándoseme mucho, seductoramente, con su aliento de caguama. Fumamos juntos un rato. Sentados en piedras a medio basurero. Las ratas paseaban buscando alimento entre la basura.

—Oye, manito, no lo vayas a tomar en otro plan, arrímate pa’cá, no seas así. —Jalé mi piedra junto a la de ella. La Piratita me ayudó. Se sentó bien pegadita y apoyándoseme. Sentí como se le iba viniendo, desde lo muy adentro. Primero un temblor, luego el estremecimiento hasta que estalló en un sollozo de niña chiquita. Se me acurrucó en el pecho llorando. Llorando. Echando lágrimas por su único ojito. La abracé.

Mucho rato después se calmó. Suspiraba y de repente hacía pucheros.

—Me rechingó más que si me hubieran cogido los tres juntos por la fuerza. Pero no me cogió ¿verdá?, —preguntó casi dudando.

—Itamar, eres una perra. —Sonrió dulcemente.

—Oye —me dijo tomando mi mano y mirándome a los ojos— ¿me coges por favor?

—Carajo, encantado…

Le di un largo beso en sus labitos hinchados que me dieron sabor a sangre. Nos fuimos abrazados a comprar cerveza en ventanilla.

martes, 28 de octubre de 2025

Odín Hernández, poeta

 Ronda por el Territorio…

                    Si la literatura es un árbol, la poesía es la savia.                                                            

Territorio de uno mismo, Odín Hernández Ortiz;

Fá Editorial, 2025.

 

En este mundo hay cosas, quiero decir, objetos, circunstancias, ideas y también personas, por supuesto, que pasan. Como todo cuanto existe ha de pasar. Hay una palabra que describe una faceta (la negativa) de eso, se llama lo superfluo. Lo superfluo se va como el viento, sin que nos demos cuenta ni lo extrañemos. El otro lado de esa moneda es que hay algunas de todas las mencionadas cosas que quisiéramos que jamás pasaran. Y tratamos de retenerlas. Y cuando han pasado, nos damos cuenta que son tan fuertes que al pasar por nosotros, ya no somos los mismos, nos han cambiado, somos otros después de haber experimentado un tramo de esta vida ante esas cosas, que pueden ser objetos o personas o incluso ideas o sucesos. O bien un libro. Eso es lo que pasa con este opúsculo que se llama Territorio de uno mismo.

Objetos que se aman. Ideas que procuramos conservar siempre para que nos guíen por la vida. Personas inolvidables. Y también libros. Por fortuna muchos. Ars longa, vita brevis, dijo aquél.

¿Por qué un libro llega a volverse una de las cosas que es inadmisible que simplemente pase y se olvide? Un libro, en general, salvo que sea un arte-objeto, se vuelve imprescindible por lo que comunica. Ezra Pound dijo que la poesía necesariamente debía contener tres grandes virtudes o valores estéticos: melopea, o la música de las palabras; fanopea, o las imágenes que despierta una metáfora y la logopea o las ideas que comunica.

En el Círculo de Poesía, Coyoacán



El poema suele ser una construcción que se cimenta en el vacío:

                                               Quisiera

                                               siempre estar llegando

                                               de algún lado

                                                           o estar por irme

                                               rodeado por el aura divina

                                               que cubre a los viajeros

Hay una tradición metarreligiosa que considera sagrados a los viajeros —de hecho los llaman cometas y se consideran auspiciosos— y en ella se les brinda lo mejor del anfitrión.

“La mejor manera de combatir al racismo es viajar”, dijo Unamuno. El aventurero es vulnerable ante los que se encuentran en su propia tierra y lo ven extraño, encuentran que habla mal o de plano desconoce el idioma, que tiene costumbres raras y que muy posiblemente sea un indeseable, si no es que se le atribuyan cualidades mil veces peores. Pero el poeta es un infatigable navegante; la vida que no tiene sentido alguno, tampoco tendría caso, de no ser por la búsqueda. El que busca, encuentra.

El poeta quisiera ser el héroe, el imbatible, el que se jugó la vida en cada recodo del camino. Pero, sin la payasada de aquel que decía que “el poeta se juega la vida en cada verso”, aquí, en Territorio de uno mismo, el poeta, el buscador, el aventurero, nos asegura que

                                               Quisiera

                                               al menos

                                               poder decir que fui yo

                                               quien escribió el poema

                                               que conmovió a alguien.

Por lo anterior que exhibe el poema es que Siempre hay gente bajando de los barcos. Pero los periplos interiores llevaran al poeta a la profecía del gran desastre. Lloverá para romper con la monotonía, para deslavar el pavimento, para ponernos en peligro

                                               y sólo quienes sepan llevar zapatos de lodo

                                               seguirán de pie

                                               (…)

                                               dispuestos a despedir a los ahogados

                                               con una sonrisa

La inclemente lluvia nos hará temblar frente al absurdo. Veremos lo indecible y lo imposible. La visión alucinada del poeta concluye

                                               y en los ojos de esos a quienes amamos

                                               se revelará la costa

                                               todo lo demás será devorado por el océano.

Pero las catástrofes ocurren no sólo en las dimensiones magnas. Las hay no menos tan pequeñas que obligan al que escribe a proferir, ciertamente, la blasfemia Los caminos de Dios son a veces una mierda.

El poeta lee su obra



Y no menos se ha de visitar a Los traficantes de nubes, entidades, necesariamente metafísicas, puesto que permanecen Sentados en el puente peatonal del tiempo y, amén de otras actividades, faltaba más, se reparten el cielo cada tarde. Sin embargo, por más que su índole sea etérea no deja de anotarse que son los manos en los bolsillos / los mierda pequeñita / con dignidad de monumento histórico.

Y el que versa, siempre atento, consecuente incluso con los avatares del mercado, ustedes saben, su nerviosismo pecuniario, su aguda sensibilidad al olfato del dinero, digo, el autor, tras un especializado examen en macroeconomía dictamina que la lógica productiva les tiene miedo / y hace bien / los traficantes de nubes saben dejar su alta disciplina / para empuñar una botella por el cuello.

Estar en el mundo es percibirlo. La percepción podría ser infernal o bien luminosa. Aquel sujeto (un tal Schopenhauer nos habló de que el mundo es voluntad y representación). Pero desde la poesía, faltaba más, se impugna al filósofo:

                                               Podrías andar de espaldas y daría lo mismo

                                               contrario a lo que dicen

                                               asesores de vida

                                               y optimistas degenerados

¿Será posible la opción de la lucha? Dejar el alma en el campo de batalla para hacer de éste, dicen los optimistas degenerados, un mundo mejor?

Pero si juegas en su cancha, te imponen sus reglas y la primera es que en el momento de aceptar la competencia ya tienes el marcador en contra…

                                               podrías andar de espaldas

                                               forzar una sonrisa imbécil

                                               y daría lo mismo.

Y a pesar de todo existe en el mundo el sublime consuelo:

                                               Hablo de media luz

                                               o de deslumbrantes lámparas blancas

Y nos da, este descriptor, detalles secundarios del buen o mal estado del mobiliario e incluso del ambiente, pero al final

                                                           hablo de un lugar para ir

                                                           como aquellos solitarios

                                                           que entran a la iglesia

                                                           para hablar con dios.

Ni más ni menos que el sagrado momento de instalarse en un asiento que puede ser muy cómodo o no, una mesa sólida y lujosa o una de vil plástico, ahí ha de empezar el viaje interno, es decir, la visión de lo divino, hablar con dios o bien hallarse consigo mismo: el poema se llama Cantinas.

La poesía de Odín, no en balde así la titula en este libro, es el Territorio de uno mismo, donde aquel bebé que berrea en el metro Hidalgo ante la desesperación, sin duda, de sus padres, pero el que observa y que poetiza descubre que

(…) llora

dentro del andén

llora por primera vez

irremediablemente solo.

Y él es no sólo la criatura que, como todos, está condenada y en un lugar llamado metro Hidalgo en alguna parte del planeta Tierra. También es aquel

(…) ocaso

vimos caer el sol en el horizonte

como una última moneda

en la rockola del universo //

en todos los atardeceres

ha sonado

la canción más triste del universo.

Es el momento de establecer que la poesía de Odín Hernández tiene un fuerte toque de pesimismo.

Se lee lo que suscitó la poesía de Territorio de uno mismo

Los hombres como Odín, desde su sensibilidad delicadísima, se vuelven mucho más entrañables que otros poetas que —permítaseme anotarlo— no entendieron de qué se trata este juego que es la vida. Ya sé que no tiene sentido. Ya sé que es intrascendente. Ya sé que vale lo mismo que nada en un universo que, por sus dimensiones, ni siquiera es concebible. Ya sé que esta vida suele ser una porquería. Pero si bien

Vivo renegando de la vida

pero confieso

con no poca vergüenza que

en contra de lo que digo

y de casi todo lo que hago

aunque me mortifique la existencia

a veces sin motivo

pero adrede atormentado

prefiero decididamente

y desde luego

estar vivo.

Y es que es de lamentar que hubo un momento en que ser pesimista hasta el extremo, lloriquear contra la existencia, maldecir al universo porque dios, para empezar se da por descontado y a priori que no existe y etcétera, el pesimismo se volvió una moda. La moda es superflua. La moda es la gran vulgaridad y el pretexto para vender. Sabato dijo que la moda es propia de damas baladíes, pero jamás —y considérese bajo maldición— jamás de artista.

Y recordemos al gran maestro del pesimismo, lejos de suicidarse para dar un ejemplo de coherencia con todo lo que había escrito (y que, ciertamente, provocó que algunos despistados sí cometieran el acto estúpido de quitarse la vida), él, por su parte, murió de viejo a sus 84, cómodamente instalado en su departamento de lujo en aquella zona exclusiva de París.

Yo estoy seguro que a este tipo de sujetos tan desalentados, tan fementidos e impostadamente melancólicos, les propondría una terapia de choque. Mire usted, viejo güevón, en vez de estar todo el día pensando la manera de deprimir a los incautos, vaya y trabaje como obrero de la construcción un par de meses; sostenga unas cuantas peleas callejeras; quizás debía participar en una guerra o gozar y también sufrir un amor extremo, lograr que una mujer lo ame hasta que sea capaz de matarse ella y también matarlo a usted. Haga algo que le dé sentido a su miserable existencia. Súbase a un ring y sostenga un pleito diario durante una tan sólo una semana, ni siquiera más de diez minutos cada vez. Beba, beba alcohol todos los días hasta la embriaguez durante apenas siete días. Consiga tener sexo con la mujer más bella que sea capaz de encontrar, ni siquiera importaría que lo pagara como servicio. Relaciónese con la gente más pobre que encuentre y conviva con ellos. Cualquiera de tales experiencias, usted lo verá, le traerán sentido a su inane existencia; le enseñarán el valor tremendo de la vida.

De lo nos da una lección nuestro poeta:

                                               Vampiro de los pájaros

                                               soy desde la sombra

                                               el canto solo

                                               de una vida miserable

llena de momentos hermosos.

Para el momento ya le encontramos el truco al poeta. Nos prepara con unas frases (aquí se deben llamar versos), pero son aparentemente sin mayor pretensión, casi fáciles, a veces desconcertantes, sin embargo siempre originales. Establece un ámbito que pudiera ser extraño, incluso quizá ligeramente anodino. Y de pronto suelta las verdades devastadoras o fulgurantes. El poema se convierte en una verdad más. Y puede ser brutal o prístina. Ilumina, conmueve o llega incluso a saltar la lágrima.

Ojalá fuera así de sencillo. Sabemos que cada poema tiene sus propias —y secretas— reglas y para ser escrito es único, tanto como irrepetible. Pero además requiere un estado de ánimo alterado, ¿anormal?, insólito. Sentir al mundo estando despellejado y verlo desde un sitio extravagante o inaudito.

Ahora bien. Hay territorios en que la poesía es incompetente (casi; para la poesía no hay sitio vedado). Pero quisiera ver quién es el guapo, quién el superpoeta que sea capaz de escribir un poema a su hijo pequeño. La ternura, el amor. Bueno de amor se han escrito poemas, de tal suerte que, hay que decirlo, hasta la náusea. Y con la ternura es —dicen algunos poetas— casi imposible. De lo sublime a lo ridículo hay una delgada línea. De la límpida ternura a la cursilería, a la pretensión, en efecto, a lo bufo (incluso inconsciente) el límite es un muro invisible. Asombrosamente este muchacho (a mis 74 me autorizo a llamar así a este chiquillo, Odín Hernández, que, si tantito le forzamos podría ser mi nieto), digo, transido de asombro observo que incurre en el poema a un bebé (se llama Dante) y no sólo arriba victorioso al final, sino que nos ha desbaratado con su melancolía, con su memoria del futuro y su amor exquisito. Una auténtica hazaña.

Odín es un poeta poderoso.

Su fuerza radica, paradójicamente, en su sensibilidad más que femenina. Y no menos en su inteligencia (habría que hablar del dominio del lenguaje, del conocimiento de la preceptiva literaria, de la creatividad, de la metáfora, de las bien asimiladas y múltiples lecturas, de etcétera). Pero, más importante que aquello, como lo dijo Ryzard Kapucinsky, un mal hombre no sirve para este oficio (tomo a este periodista polaco —un hombre de la bondad sublime y de la sensibilidad finísima— porque él llevó al periodismo hasta la poesía, lo que es decir instaló ese oficio, a veces tan vulgar o, como bien sabemos aquí en México, incluso prostituido hasta las cloacas). A lo que quiero llegar es que sólo un hombre muy bueno, extremadamente sensible (con los riesgos tremendos y los precios monstruosos que cuesta la excesiva sensibilidad) y de alta inteligencia puede crear gran poesía. Dije gran poesía. Es lo que hace Odín Hernández Ortiz. Salud por él, por su verbo.