jueves, 12 de julio de 2018

3, 4, 5: Números pitagóricos


Tres, cuatro y cinco; Números pitagóricos
Uno de los más grandes. Ciego deslumbrante. En la ciudad sagrada.


Tres de siete.
Ficciones, Narraciones, Jorge Luis Borges.
Una vez, hace muchos años, el poeta Francisco López Rodríguez me dijo que cuando leyó el cuento “Tlön, Ukbar, Orbis Tertius” sintió, más que pensar, que este cuento lo había escrito un loco. Me lo dijo con una actitud de tremenda extrañeza. Casi me parecía que la locura que él creyera encontrar en el cuento se le hubiera contagiado. Alguna vez leí algo parecido que escribió Borges sobre Emmanuel Swedenborg, anotaba que este autor describía con gran racionalidad, incluso con suma inteligencia y con una prosa notable por elegante, pero los objetos descritos sólo podía haberlos visto un loco. Swedenborg habla de los ángeles, de su observación del paraíso, de la vida después de la muerte y también de los seres que habitan sitios que posiblemente llamaríamos infernales. Objetos y seres que no se encuentran en este mundo.
Borges es un escritor así. Él escribe, por ejemplo, sobre un libro infinito, ¡en serio!, un libro que no termina ni empieza jamás y dura eternamente. Nos cuenta sobre aquel hombre que recordaba todo, absolutamente todo lo que percibía. Justifica incontestablemente el porqué Judas es el verdadero mártir en la pasión llamada cristiana y no el mismísimo Jesucristo. Nos cuenta como una secta intenta crear un universo, humildemente, sólo un universo como este en el que vivimos, sólo que ellos lo tratan de hacer en un libro, por supuesto. O bien encuentra un punto en donde es posible ver todos los sitios que existen en este planeta; y eso lo hace en dos cuentos. Nos demuestra que la muerte es un tesoro escondido y que, finalmente, es lo que le da su gran valor a la vida. Un día, cuando es un hombre mayor y ciegose encuentra con un muchacho treinta años menor que él, ¡pero es él mismo! ¡Borges habla consigo mismo en un mutuo sueño de joven y de viejo! Hay un cuento de Borges que parece una broma muy pesada, dice que Pierre Menard es el autor del Quijote, lo cual usa para probar que ese libro es tan nuevo como su autor francés Menard, y tan antiguo como un tal Miguel de Cervantes. Cosas así escribe Borges, quien murió en el año 86 del siglo pasado, pero, como Gardel quien cada año canta mejor, igualmente Borges, cada que lo leemos se supera notablemente. Yo creo que es muy difícil encontrar en la historia mundial de la literatura un escritor más original que Jorge Luis Borges Acevedo.
Borges es inagotable. Sus ensayos destilan sabiduría, erudición y bondad, a pesar de que sus posturas políticas no fueron las más deseables.
Hay frases tremendas en todas las narraciones de este gigante argentino, recordemos unas cuantas: “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”; “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”. “Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz”.
Borges es un escritor inaudito. Sus fantasías no son ciencia ficción, son imaginaciones extravagantes y siempre debidas a las obsesiones de este autor. Lo fascinante, lo increíble, es que el escritor sostiene las fantasías imposibles a punta de palabras. Borges es tremendamente filosófico. También obsesivo. Hay un pequeño grupo de objetos que sin duda son recurrentes de manera permanente en su obra. El infinito, los libros, el laberinto, el otro que es él mismo.
Suele sentirse, al leer a Borges, que uno está leyendo a un hechicero. El embrujo Borgiano empieza por una gran extrañeza. Este argentino altamente europeizado es un alma extraña. Sus narraciones destilan sabiduría. Él escribe para la inteligencia, para el pasmo, para invitar al lector a la fascinación por las ideas trascendentes incluso esotéricas. Lo dicho, es un mago.
(Un día leí que un escritorzuelo había viajado ex profeso a Ginebra, Suiza, donde está la tumba de Borges, para mearse en ella. Y he leído de otros aspirantes a escribir que han dicho estupideces del estilo. El ciego argentino es inmune a bajezas así que sólo degradan a los de por sí ya miserables a quienes Borges les parece inmodesto o, más bien soberbio: son personas que leyeron, o intentaron leer los cuentos de Borges y no los entendieron, son los insectos de la podredumbre ante el gigante).
Escribir sobre este gran autor no es enchílame otra. Lo supe cuando intenté sacar algo rápido y simple. No, Borges es otra cosa. Por eso me tardé tanto que no terminé en el lapso del tercer día, sino en la madrugada del cuarto día del reto. Pero en fin. Aquí va el tercero de siete. Y convoco a Enrique Ramírez.

En primer plano Sabato. Atrás Allen Gingsberg y Nicanor Parra.

Cuatro de siete.
Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sabato.
Leí Sobre héroes y tumbas, por primera vez, quizá como por el año 87. Antes de la página 50 ya había notado que era un platillo demasiado fuerte. La novela es muy dura. Había un personaje terrible y atormentado hasta la más radical esquizofrenia, pero dueño de una inteligencia muy superior. A ese hombre le hacía daño el mundo. Sus más que clarísimas luces le indicaban que este es un mundo atroz, un lugar en el que no exista el perdón y sí la crueldad y los actos despiadados. La novela adquiere una altura sin mesura cuando Sabato (pronúnciese sábato porque la ortografía, nos indicó Sabato, es italiana, sin acentos) introduce el capítulo llamado Informe sobre Ciegos. Desde el epígrafe notamos la espantosa grandeza del texto: “¡Oh, dioses de la noche!¡Oh, dioses de las tinieblas, del incesto y del crimen,de la melancolía y del suicidio!¡Oh, dioses de las ratas y de las cavernas,de los murciélagos, de las cucarachas!¡Oh, violentos, inescrutables dioses del sueño y de la muerte!”.
Y de ahí, que es el clímax, la novela vuela o, sin duda, deberíamos decir penetra hasta la parte más profunda y siniestra de los que formamos esto que llamamos la humanidad― y avanza devastando. Sobre héroes y tumbas” es una gran novela. Es como Shiva el destructor. Sabato considera que en este mundo hay demasiada porquería y, simbólicamente, purifica a tal orbe, condena a morir incendiándose al personaje: la purificación suprema por el fuego.
El escepticismo de Sabato no reconoce nada. Cuestiona, a través de su personaje, incluso a Dios: o bien no existe, o bien es un inepto, o bien es un perverso, o bien es un imbécil; o bien es bueno, pero no tiene el control del universo, o bien fue derrotado por el Diablo antes de los tiempos y es Satanás quien pergeñó este mundo calamitoso y se lo atribuyó al derrotado Dios. La más grande blasfemia jamás pronunciada.
Sabato es una inteligencia privilegiada. Llegó a ser un científico en el ámbito de la física. Los tormentos que padecía su alma lo llevaron a la literatura. Él cree que la literatura está mucho más allá de la diversión, incluso del conocimiento. Considera que la literatura es la más importante actividad para explorar el alma humana. Psicología pura y masiva. Su visión del hombre es dolorosa pero no deja de ser esperanzada, compasiva como quizá ningún artista lo haya manifestado en la historia. Pero también es terrible y siniestra. Sabato sabe que somos entidades demoniacas y que muy capaces somos de autodestruirnos.
Sobre héroes y tumbas, en lo personal, me provocó una depresión de un par de meses. No es exageración. Con esta novela nos duele la humanidad y nos duele el ser humano. También nos hace entender que somos un milagro o millones de ellos. Sus palabras vienen desde un científico que abjuró del conocimiento “cierto” que proclamaba hasta hace muy poco la ciencia. Sabato se refugia en la letra y el arte para desgarrarse, para demostrar que es más valioso el ser sucio, pequeño, contradictorio y hasta mediocre que es el hombre de la calle. Sabato el ácrata, el desesperanzado escéptico, el hombre de la gran inteligencia, el científico, renuncia al mundo purísimo de las matemáticas, de la ciencia, para descender a una literatura que, paradójica, increíblemente, lo coloca en las grandes alturas de la mejor literatura.
Este es el cuarto libro de siete. Y convoco a Jonathan Zavala para que nos diga de dónde ha abrevado para la buena poesía que nos ha dado.

Genio francés


Cinco de siete.
Gargantúa y Pantagruel, François Rabelais.
Hoy recomiendo esta obra que, en realidad, está formada por cinco libros escritos a lo largo de treinta años.
Tengo que decir que Gargantúa y Pantagruel es uno de los libros que más he gozado en mi vida. Es uno de los que me ha hecho pensar que la literatura es una de las más grandes hazañas de la humanidad y además en una de las actividades en las que es posible que un humano se proyecte a planos superiores de la existencia. Una de las circunstancias más impresionantes de Gargantúa… es el hecho de que fue escrito a partir de un cuento medieval muy ingenuo, pero con toda la picardía del pueblo francés (y de todo pueblo que vive y goza o sufre la existencia). La fascinante historia de dos gigantes Gargantúa y Pantagruel, de autor anónimo, fue el punto de partida para que el fraile y médico François Rabelais (pronunciemos fgansuá gabelé), que además era un erudito, un desaforado lector de los clásicos griegos y latinos, conocedor de la herbolaria de su patria, de la historia europea, de la filosofía completa hasta ese momento histórico, de las plantas sagradas de otras latitudes y, en fin, de múltiples saberes del mundo. Es notable que cuando uno lee este libro ―o esta gran saga de cinco libros en uno solo― tenga la impresión de que está leyendo a un contemporáneo. Y al darse cuenta que el libro tiene unos 500 años no cabe más que asombrarse de la inmensa sabiduría del autor. Rabelais se adelantó en muchos sentidos, en muchos ámbitos a su época. Bueno, los surrealistas de cuatro siglos después lo nombraron un miembro de su escuela, el surrealismo.
Pero lo más importante de Gargantúa y Pantagruel son dos cosas, una es el desaforado sentido del humor. El libro nos lleva a punta de risotadas por una serie de aventuras con harta frecuencia disparatadas, monstruosas, cargadas de imaginación, cochinas o escatológicas como dirían los culteranos. La otra es la desmesura en todos sentidos. Este libro es una de las más grandiosas hazañas de lo escrito, un tremendo atrevimiento y la manifestación más absoluta de la libertad de un espíritu demasiado grande. Me impresionó una de las arengas más simples del libro. Hay una parte en donde ocurre una gran guerra, llamada la guerra picrocolina porque el enemigo a vencer era un rey así llamado, Picrólo. En esos combates participa Gargantúa quien se encuentra como estudiante en la abadía de Theleme. Lo muy notable es que para ingresar como monje en esa abadía es que hay que cumplir con todo rigor su única regla, el mandato solitario de este sitio es “Haz lo que quieras”. Para cumplir con el más alto mandato de tal abadía tenías que hacer eso. Lo que quieras. Me pareció que para muchos que conozco eso sería casi como una maldición. Haz lo que quieras es el mandato de que seas libre sin cortapisas, es el mandato supremo del anarquismo, es la responsabilidad extrema, como no hay otra en este mundo. Si haces lo que quieras te responsabilizas con tu propia vida de cada acto realizado en tu existencia. Porque tuviste la libertad de hacerlo o no. Me di cuenta de que eso es terrible, pero más es maravilloso porque implica la suprema libertad y también sus límites. Es decir, la más grande consciencia posible. Y es tan simple. Y jamás lo había pensado. Y siempre había querido hacerlo y muchas veces lo he hecho y he batallado tanto en mi vida por ello. En fin.
El libro tiene miles más de sorpresas. Siempre son risibles. Desde el principio el autor nos advierte en el prólogo que su objetivo no es el de ser didáctico ni sabio ni culterano ni erudito ni soberbio, sino sólo quiere que nos divirtamos, que gocemos y que nos riamos. Pero de pronto nos damos cuenta en la lectura que estamos frente a un monstruo de conocimiento, un auténtico erudito. Más todavía, estamos frente a un hombre de inmensa estatura, un sabio.
Es notable, no menos, que los gigantes no tienen una medida determinada. A veces el autor nos hace imaginarnos a un hombre muy alto. Muy alto, como de 2.5 metros de alto. Pero a veces hay narraciones en donde tiene que tener por lo menos 30 metros de estatura. Y el colmo es que en una ocasión, uno de los personajes, Panurgo, el políglota y loco y desesperado por casarse y también por no casarse, ese va a dar a una circunstancia en que Pantagruel se lo traga. Panurgo se encuentra en un torrente de líquido que llega al aparato digestivo del gigante. ¿Será quizá su estómago? Está a un lado de un gran lago de mierda (sic). Luego echa a andar y encuentra una ciudad y se topa con los habitantes del pueblo. Uno dice no mames, este güey debe medir por lo menos lo suficiente como para que su tamaño sea comparado con un planeta pequeño.
Gargantúa y Pantagruel, faltaba más, fue como todo lo sabio, lo inteligente, lo libre, lo bueno y lo maravilloso prohibido por la iglesia de su tiempo. Rabelais fue amenazado con la hoguera e incluso perseguido cuando se dieron cuenta de que él había escrito el libro. Los doctores de la Sorbona, que ya existía y los jerarcas de la iglesia no podían soportar las justas y carcajeantes burlas que les dedicara Rabelais. Por esta razón, el gran escritor, conocedor de cómo se las gastaban, publicó los dos primeros libros con un seudónimo que no era otro que su propio nombre trucado en un anagrama: “Alcofribas Nasier, extractor de quintaesencia”, se nombró. Con el tiempo y la fama que alcanzó su maravilla de narración, el rey de Francia, Francisco I, protegió a Rabelais y así el autor pudo publicar los siguientes volúmenes de su creación con su propio nombre e incluso incorporar los anteriores.
Gargantúa y Pantagruel se convirtió en un referente de la gran literatura francesa. Sin embargo, el espíritu de esta nación viró en su literatura en otra dirección, ciertamente opuesta a la que marcaba Rabelais. Existió un Michel de Montaigne, no menos grato que Rabelais, pero muy en otro sentido, mucho más racional, mucho más mesurado, sereno y meditativo. A largo plazo, la literatura de ese país adoptó en gran medida el racionalismo de otro gran francés, Renato Descartes y esta obra grandiosa se quedó en un sitio aislado, como una estrella solitaria de la más grande literatura de la historia.
Voy a decir algo que me atraerá condenas e incluso maldiciones. Va: Gargantúa y Pantagruel es una obra muy superior a una obra titulada El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Sin que considere al Quijote una obra menor ni mucho menos, para mi gusto, Gargantúa… acumula valores superiores a los del Quijote. Siento que la novela francesa es mucho más honesta porque resulta menos moralina que el Quijote. Sin embargo, cuando en la española se le van a Cervantes ―porque quién duda que se le fueron―, los actos canallescos del protagonista en su cautiverio en tierras musulmanas, es cuando muestra el rostro verdadero del héroe. En cambio en Gargantúa… no tenemos ese problema. Los gigantes son borrachos siempre, sus mujeres no son bellas y honestas y pudorosas como las de Don Quijote, sino suelen ser locas, putas y borrachas o brujas, cuando llegan a aparecer, porque ciertamente es una novela muy de hombres incluso de machos.
Tengo que anotar que suspendí tantos días las entregas de los siete días de tu vida y siete libros de tu vida porque estaba como ido. Ido de la realidad. Todavía no acabo de aceptar que la izquierda ganó las elecciones. Siento que tengo que decirle a alguien que me haga el favor de pellizcarme. Por momentos no lo puedo creer. Quiero decirles que luego de medio siglo de luchar contra el gobierno, de padecer las atrocidades, los abusos, los robos de toda índole, incluso la persecución y al mismo tiempo ver el gran poder corrupto y corruptor de la gente del poder, derrotarlos parecía imposible. Al mismo tiempo se observaba la dejadez, la desidia de la gente, su aguante que parecía imposible y suicida. Era fácil pensar que jamás los venceríamos o que si lo hacíamos faltaba mucho tiempo. Simplemente recuerdo que gente como Carlos Monsiváis, Rogelio Naranjo, Miguel Ángel Granados Chapa, Julio Scherer García; el inefable Eduardo del Río, Rius. Se nos fueron. Han dejado un país más empobrecido por su ausencia. Pero la grandiosa victoria electoral nos muestra que su obra no fue en vano. Ellos ayudaron a despertar a las consciencias durante toda su vida. En fin. Hoy, por fin, retomo en el quinto libro las recomendaciones porque es un compromiso conmigo mismo y les digo que si las suspendí fue por cumplir compromisos con otras personas y también por la tremenda, la casi insoportable alegría de la gran victoria, emoción que me mantenía pasmado, abrumado e incrédulo. Y convoco a Aydeé Bravo para que nos diga siete de sus autores amados, uno por día. Aunque no lo haga diario, ni se lo tome tan en serio como lo hemos hecho algunos, basta con unas cuantas líneas. Pero que nos comparta sus grandes lecturas.

Atrás corazón de amor, adelante 52 consejos para escribir correctamente, de Eusebio

jueves, 5 de julio de 2018

Victoria inverosímil

La victoria inverosímil

No hay medicina que cure
lo que no cura la felicidad.
Gabriel García Márquez

Pterocles Arenarius

México ha vivido una larga tiranía ―casi centenaria― con un lapso de excepción en el sexenio del general Lázaro Cárdenas. Los gobiernos “emanados de la Revolución” creían que por ello heredaban el derecho de eliminar a sus contrincantes políticos por medio del asesinato. Pero tuvieron la cautela de que, antes de matar, intentaban el soborno, la cooptación, el cochupo o hasta un acuerdo sensato y ventajoso con los disidentes. Luego, los herederos de los regímenes de generalato cuando empezó la licenciadocracia con Miguel Alemán, después del último presidente-general Manuel Ávila Camacho, no perdieron la maña asesina.
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"Dios, Zapata y Jaramillo" decía la canción
López Mateos mandó asesinar ―no lo olvidemos― al líder campesino zapatista Rubén Jaramillo con toda su familia. Luego vendría al gobierno el genocida Gustavo Díaz Ordaz y su sucesor, no menos criminal, Luis Echeverría Álvarez. Primeros mandatarios mexicanos que a la vez eran agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés). Después vino José López Portillo que terminó siendo llamado por el pueblo El Perro Llorón. Le siguió Miguel de la Madrid Hurtado con una hazaña inédita contra los mexicanos: alcanzar una inflación del 5 mil por ciento y una devaluación de mil 500 por ciento. Eran gobiernos que, en los hechos, actuaron como si fueran regímenes de ocupación cuyo trabajo fuera someter a una nación derrotada. Era la dirección de nuestro país al servicio de los gringos, pero tal mando era ejercido por mexicanos desnaturalizados; sátrapas se llamaban en otro momento histórico.
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GDO, LEA, JLP, dieciocho años de desgracia económica y asesinatos

Todo parecía indicar que su misión era llevar al país a tocar fondo. Pero hacían tan bien su trabajo que encontraban profundidades cada vez más abismales.
Pero el que llevó las cosas mucho más allá fue Carlos Salinas de Gortari. Si los anteriores gobiernos mencionados habían sido traidores a México, Salinas se voló la barda, por usar un término beisbolístico que empezará a volverse de moda ya saben por quién. Salinas se jactaba de haber desmantelado la economía mixta al malbaratar miles de empresas propiedad de la nación. Él sería el precursor de la locura neoliberal de entregar en venta de garaje, todos los bienes nacionales mientras se iba depauperando el salario y se instalaba una revolución de los empresarios. En los años 70 si tenías la fortuna de contar con un empleo de salario mínimo y no eras casado con familia te alcanzaba para tener automóvil propio. Hoy el salario mínimo no alcanza para mantener ni a una sola persona.
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Gran saqueador. Demonio del crimen. Jefe de la mafia del poder.
Salinas, un auténtico demonio del crimen, llegó al poder mediante el fraude electoral más grande de la historia nacional hasta aquel momento. Ahí empieza la trayectoria del que en aquellos tiempos era un joven dirigente político que estudiara ciencias políticas acá, en la UNAM, con grandes dificultades, al grado que, como universitario, vivía de gratis en la Casa del Estudiante Tabasqueño y se la pasaba en las más rudas condiciones de estudihambre. Tan la padeció ese chico de nombre Andrés Manuel López Obrador, que, nomás terminar sus estudios, se fue a su tierra a trabajar sin titularse. Y lo haría 15 años después asunto que tanto le reclamaran, incluso de manera enfermiza muchos de sus detractores. Lo cierto es que estudiar en tales condiciones fue un hecho heroico. AMLO fue secretario particular del gran poeta Carlos Pellicer, quien fuera senador de la República, en efecto, por el PRI. (Si yo hubiera tenido la oportunidad de ser secretario del grandioso poeta iguana sin duda habría incidido en el pecado mortal de ser miembro del PRI). La relación entre el poeta y el entonces joven AMLO se debió a que Pellicer gestionara ante el gobernador de aquel estado el sostenimiento económico de la casa del estudiante tabasqueño que le diera posada al joven Peje. De su chamba como asistente de Pellicer debe Andrés Manuel su afiliación al PRI. Después sería director del Instituto Nacional Indigenista de Tabasco. Pronto llegó a ser presidente estatal del PRI en Tabasco. Para 1988, cuando Porfirio Muñoz Ledo y Cuauhtémoc Cárdenas se separan de ese partido, también lo hace López Obrador, de paso se convierte en un joven candidato a la gubernatura tabasqueña. Tenía 35 años.
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Pellicer, iguana; Andrés Manuel, Peje.
De esa época de militancia en su tierra recordamos las dos marchas por la democracia que encabezó contra sendos fraudes electorales y también la fama de que se fue haciendo acreedor por el excelente trabajo que realizara. El Éxodo por la Democracia le costó la gubernatura a Salvador Neme Castillo quien realizara un gran fraude electoral en las elecciones a gobernador de Tabasco contra AMLO.
Después, en 1995, hizo la Caravana por la Democracia cuando Roberto Moretón en la Jeta (alias Madrazo Pintado) le robó una vez más la gubernatura de Tabasco. Esa marcha lo proyectó como un político de dimensión nacional. Así llegó a postularse, en 1994, como candidato a la presidencia del PRD que había nacido en 1989, luego del megafraude de Carlos Salinas de Gortari. Andrés Manuel le ganó esta elección, dentro del PRD, ni más ni menos que al histórico dirigente de la izquierda mexicana Heberto Castillo. Y llegó a dirigir al partido del sol azteca.
Si hay un político que haya vencido adversidades en la historia de México, Andrés Manuel tiene que ser considerado en uno de los primeros lugares.
Desde que lo descalabraron de un macanazo en Tabasco por defender al pueblo contra los abusos y la destrucción que provocaba Pemex, hasta los dos robos electorales cuando fuera candidato a gobernador de su estado, pasando por las dos marchas por la democracia desde Villahermosa hasta el Zócalo del DF, pasando no menos por la negativa para darle registro como precandidato a la Jefatura de Gobierno del DF en el año 2000 hasta el desafuero en 2005, incriminándolo en una falta inexistente con tal de cercenarle sus derechos políticos para que no fuera candidato el año siguiente, 2006, de nefanda memoria por el fraude electoral que dejó chiquito al de Salinas para entronizar en el poder a un sujeto que convirtió al país en una masacre sin límites. Felipe del Sagrado Corazón de Jesús Calderón Hinojosa, mejor conocido por el acrónimo que forma su nombre de pila con su primer apellido, Fecal, convirtió a México en un lugar en que imperaba el asesinato, la guerra entre sicarios miserables, la ejecución de inocentes por error o por sevicia de los soldados del ejército o policías judiciales, el secuestro, la entronización del crimen organizado para exigir cuotas por “derecho de piso” y la pérdida cada vez mayor del control del territorio nacional por parte del gobierno.
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Carlos Pellicer, poeta. Andrés Manuel, político.
Los desmanes, asesinatos y latrocinios de los priístas de los años 60, 70 y 80 terminaron pareciendo cosas de niños en comparación con las matanzas del sexenio infame de Fecal.
Dos veces le roban la gubernatura de Tabasco, una vez le aplican el desafuero, dos veces le roban la elección presidencial, una vez lo golpea algún anónimo policía tabasqueño y lo deja descalabrado.
Nunca ha habido, desde Francisco I. Madero, un político que haya sido más brutalmente atacado que Andrés Manuel López Obrador”, dijo Carlos Monsiváis en alguno de los momentos de guerra sucia contra AMLO. Considerando su trayectoria podemos ver que muchas más son las derrotas que ha experimentado y soportado y resistido. Eso me recuerda al entrañable general de las derrotas, Santos Degollado, uno de los más grandes próceres de la Guerra de Reforma; derrotado decenas de veces, pero cada batalla perdida lo llevaba a levantar un nuevo ejército y regresar al combate, hasta que un par de victorias definieron esa guerra en favor de los juaristas y fue gracias a tantos enfrentamientos perdidos por este héroe.
No es exagerado decir que así es Andrés Manuel López Obrador. Hoy se levanta con una victoria exagerada. Llegará a la presidencia de la República con la mayor legitimidad que haya tenido un presidente en la historia nacional en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. Parece casi imposible su victoria. Arrinconó al PAN en Guanajuato Puebla está todavía en veremos, pero el Congreso de este estado será con mayoría de Morena y dejó moribundo al PRI que perdió hasta en Atlacomulco, carajo.
La victoria de Andrés Manuel es un fenómeno insólito. Ganar en 30 estados de la República no tiene parangón ni siquiera en los más negros tiempos del partidazo único. Eso es lo que logró López Obrador. El Peje rompió con todo el esquema político nacional. Habrá una reconfiguración radical de la clase política en México. Estoy seguro que no exagero al decir que es un milagro. Tampoco lo hago al anotar que la mayoría de los mexicanos no se da cuenta de lo que está viviendo.
El asunto empieza, digamos, al considerar que Andrés Manuel hace la estratagema de Juanito, aquel triste borrachín que AMLO usó para que Los Chuchos, esa pandilla que se apropió del PRD, no le robaran la candidatura a la Delegación Iztapalapa a Clara Brugada. Gracias al apoyo de AMLO ganó Juanito, pero panistas, priístas y perredichuchistas fueron y le calentaron la cabeza al llamado Juanito y el señor ya no quería renunciar al cargo, como lo había prometido y era condición para ponerlo como candidato. Ahí intervino Marcelo Ebrard, entonces jefe de Gobierno del DF y… algo pasó: Juanito llegó a la oficina de Ebrard y habló con la prensa muy seguro de sí mismo, muy propio él. Pero cuando salió estaba pálido y tembloroso. Algo le dijo Ebrard que lo puso así, Juanito en ese momento aseguró que ya había renunciado al cargo que ganara legalmente en elecciones y ya había declinado en favor de Clara Brugada. Así se salió con la suya Andrés Manuel.

Entonces el senador perredista René Arce y otros exigieron que AMLO fuera expulsado del PRD con la condición de que si no lo hacían ellos renunciarían al partido. Los chuchos, sabedores de que no podían expulsar a Andrés Manuel, se hicieron de la vista gorda ante la amenaza y Rene Arce se fue del partido. Intentó crear un nuevo partido, pero comprobó que se necesita muchísimo más que lo que él acumula de capital político para hacerlo. Hoy milita en segunda fila de un membrete político llamado Panal.
Los Chuchos, un grupillo de políticos de la peor ralea, apropiados del PRD condujeron al partido a todo tipo de pequeñas y grandes transas, cochupos, componendas y raterías. El Peje los abandonó y se aplicó a la tarea como si fuera enchílame otrade fundar un partido político nacional. Realizar al menos 20 asambleas constitutivas estatales con un mínimo de algunos miles de afiliados, todo ante notario público. Y también algunos cientos de asambleas municipales en que se demostrara bajo declaración de fedatario oficial, que había habido un número de cientos de afiliados. Lo han intentado una y otra vez en décadas. Sólo dos personajes han conseguido la hazaña. Heberto Castillo que en los años 70 fundó el Partido Mexicano de los Trabajadores (que luego se fusionó con el PSUM para formar el PMS que luego del fraude salinista del año 88 se convirtió en el PRD) y el otro es Andrés Manuel López Obrador. Fundó el partido Movimiento de Regeneración Nacional, Morena en acrónimo, partido con reminiscencias de la más recalcitrante fe guadalupana, pero también, cómo no, la tradición atea y anarcosindicalista de los heroicos hermanos Ricardo, Jesús y Enrique Flores Magón, creadores del periódico Regeneración, tabloide que combatió la tiranía porfiriana y fue difusor de las más avanzadas ideas políticas y sociales, además, precursor de la Revolución Mexicana. Por supuesto, el periódico oficial de Morena se llama Regeneración.
Está bien, aunque sea medio raro, incluso chusco y hasta oportunista incluir conceptualmente así un tanto clandestinamente a la Morenita del Tepeyac al lado de los más indomables anarquistas ateos. Lo increíble es que en tres años Morena se haya levantado desde la inexistencia hasta la victoria más total de los últimos tiempos para hacerse de la presidencia de la República.
Luego de los fraudes electorales de 1988, 2006 y 2012, parecía imposible que la izquierda llegara al supremo poder de la nación. ¿Por qué esta vez no intentaron un gran fraude, total, que diferencia hay entre tres o cuatro grandes fraudes electorales?
Hay varias razones.
Una. El gran fraude se intentó. Pero por muy grande que se haga, el cochupo electoral no alcanza para robarse más allá de 4 o 5 millones de votos. Entonces, la estrategia era tener a un candidato que pudiera acercarse hasta 8 o 10 puntos porcentuales a López Obrador que son equivalentes a aquellos 4 o 5 millones de votos. El robo de votos, aunque ha venido siendo cada vez más novedoso, está limitado. Existen cinco o seis trucos para robarse los votos y no es tan sencillo aplicarlos. Para hacerlo se requiere, asimismo, una estructura humana muy bien entrenada, bien pagada, experimentada y dispuesta a la violencia dado caso. La tiene el PRI, pero no para alcanzar más allá, insisto, de cinco millones de votos.
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1 de julio 2018. Juego perfecto.
Dos. El desprestigio del régimen de Enrique Peña Nieto es abrumador. Si a los mexicanos les ofrecieran votar por el diablo antes que por EPN, casi seguramente lo habrían aceptado. Una buena cantidad de los votos por AMLO son, en realidad, contra EPN, contra lo que este presidente más demostrara odiar. Henry Monster, como le dice Brozo, llegó a la presidencia con un déficit intelectual absolutamente asombroso. Quizá esté enfermo, como se ha dicho, sólo eso explicaría su increíble ineptitud, su ignorancia, su franca estupidez. Eso por una parte, por otra está su astucia. Tantos años en el gobierno toda su vida, de hechosi no le dieron conocimiento y mucho menos inteligencia, sí lo volvieron mañoso y ratero. Su voracidad fue ejemplo entre los gobernadores y de 20 de ellos, hay siete prófugos de la ley, cinco en la cárcel y el resto incriminados por robo al erario. Este gobierno fue una feria del saqueo y del crimen. Hubo asesinatos masivos al menos en Tanhuato, Tlatlaya, Apatzingán, Nochixtlán y el crimen que conmovió a México fue el de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Tal parecía que el plan de gobierno de Peña Nieto era el robo al erario hasta su agotamiento. La mentira sistemática y la eliminación de sus contrincantes por asesinato directo, por desaparición forzada, por cese laboral o por prisión con cargos falsos. El desprestigio del régimen se extendió a todos sus aliados. El PRI se encargó de corromper todo lo que tocara y la gente se dio cuenta de eso. Los insultantes salarios de toda la clase política provocaron la ira del ciudadano. Andrés Manuel olió la oportunidad y de los dineros que recibe su partido Morena por prerrogativas, entrega la mitad para sostener cuatro universidades que fundó en los lugares en donde triunfó el partido en 2015. Y ni siquiera tuvieron que publicitarlo ni mucho menos hacer alharaca. El mensaje del voto es claro: la gente odia a una clase política parasitaria e inepta.
Los poetas y el diablo

En algún momento, AMLO ganó un millón de pesos por regalías de uno de sus libros. Y donó la mitad para los damnificados. Es casi común ver fotos del Peje comiendo en fonditas a veces muy humildes o acaso normales, como las que visitamos los simples mortales. Y no es propaganda. Todo eso lo ha ido sabiendo la gente. Suele llamarse populismo. Pues sí, es populismo. Pero ¿por qué no lo hacen los demás? Por una razón muy sencilla, porque no están acostumbrados a ese nivel de vida.
Tres. AMLO organizó un equipo que ha terminado siendo un verdadero trabuco. Agarró gente de la derecha como Germán Martínez Cázares, un duro derechista ex panista; Gabriela Cuevas, presidenta del parlamento mundial; del PRI, como Napoleón Gómez Urrutia, hijo del líder charro del mismo nombre, pero que se reivindicó al defender por más de una década ya a los mineros de Pasta de Conchos. Del movimiento social, como Nestora Salgado, una admirable mujer que fue líder de las policías comunitarias de Guerrero; José Manuel Mireles, líder de las autodefensas michoacanas contra el narco; Tatiana Clouthier, ex panista y gran lideresa; Yeidckol Polevnski, ex presidenta de la Canacintra; la senadora Layda Sansores, hija de un ex presidente del PRI; Gerardo Fernández Noroña, uno de los diputados más valientes que ha visto la cámara respectiva. Claudia Sheinbaun, una científica que participó en la comisión que ganó el Premio Nobel de Física. Y hasta su propia esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, escritora, doctora en letras, cantante. Como en el concepto de Morena que incluye a la virgencita y a los Flores Magón, también la organización demuestra que cabe de todo. Y hasta el momento, parece que para bien.
Cuatro. Un elemento importante de la coyuntura fue el hecho de que el presidente gringo Donald Trump tiene como principal objetivo y promesa para sus electoresevitar que más mexicanos se introduzcan en su país. Sin que se hayan puesto de acuerdo ni mucho menos dialogado, las señales son claras. Trump desea que no pasen más mexicanos a su país. AMLO también. Los gringos no intervinieron para que ganara el candidato de lo que se llama PRIANRD. Dejaron al régimen a que jugara con lo que tenía contra AMLO. Y lo que tenían era realmente muy poco.
Andrés Manuel llegará a la presidencia con un amplio margen de maniobra, con mayoría en las dos cámaras y con una legitimidad de más de la mitad del electorado además de 19 legislaturas estatales, por si quiere cambiar la constitución, lo que requiere dos tercios de la aprobación en los congresos locales: lo tiene.
Cinco. La popularidad de AMLO ha ido in crescendo. La gente terminó por darse cuenta que sí es un hombre que vive con un salario relativamente parco, que no es corrupto lo que han reconocido hasta sus enemigos―. Que sí hizo un gobierno de excelencia en la Ciudad de México entre 2000 y 2005 y que su discurso es sincero. Ha dicho que quiere ser uno de los mejores presidentes de México. Intenta parangonarse, Dios del cielo, con Benito Juárez, con Francisco I. Madero, con Lázaro Cárdenas. Sí es muy ambicioso. Pero en buen plan. Es la antítesis de Salinas, el demonio.
Finalmente, este fenómeno inverosímil, esta victoria gigantesca es, en realidad, una revolución. También es un castigo del pueblo a un régimen que actuó como si estuviera en los años 60 y que intentó tratar a los ciudadanos como menores de edad o como imbéciles.
La izquierda fue derrotada mundialmente con la caída de la Unión Soviética. Los movimientos políticos organizados que actúan en favor de los pobres están arrinconados. Nos han dicho y es ciertoque Andrés Manuel es un priísta nacionalista. Pues sí, eso es cierto. La izquierda marxista o del ismo que se le quiera dar está tan diezmada que hoy resiste gracias a un político que, cuando mucho, será populista socialdemócrata. Pero una cosa es imposible de negar, es bien intencionado.
Y un factor más para la gran victoria fue el de las redes sociales que rompieron el cerco informativo. Hoy las dos televisoras duopólicas de México no sólo no lograron vencer la avalancha informativa, democratizadora de las redes sociales, sino que están en franco declive. ¿Quién que tenga internet y computadora en su casa se conformará con ver lo que a su arbitrio le programe televisa o Tv Azteca? Nadie. Es mucho más entretenido, divertido, excitante, generoso, múltiple, informativo, certero, etc., el internet que el capricho de los dueños de las televisoras.
El mensaje histórico del régimen contra la izquierda era “Si pierdes pierdes y si ganas pierdes. Siempre perderás”. Lo asombroso es que con todas las trampas la victoria izquierdista ocurrió por nocaut en el primer asalto. Fulminante. Es como si al primer golpe el contrincante hubiera sido derribado y en el suelo convulsionara por conmoción cerebral.
Por último, si en Estados Unidos hubiera un consenso de que el Peje fuera peligroso para ellos, sin duda hubieran intervenido de alguna manera, o de muchas, bueno, incluso militarmente, para evitar que llegara al poder. Incluyendo un golpe de estado. Pero no es así. Y la oligarquía mexicana no alcanzó a influir tanto en EU como para convencerlos de que AMLO es peligroso. Y Andrés Manuel se salió con la suya. Al final eso es la política, el uso inteligente, el aprovechamiento de las coyunturas.
Resultado de imagen para amlo victoria
Victoria total, dramático nocaut efectivo.
Finalmente, hay en algunas personas de nuestro país un odio racista y clasista contra el tabasqueño. Lo odian porque no pronuncia las eses, se han atrevido a decir que no habla bien el español y que no es capaz de hilar dos ideas seguidas aparte de que habla muy lento y está muy viejo. Eso es un conjunto de prejuicios a cual más estúpido. Lo que debieran decir en realidad es que no quieren que un prieto con sangre de indio y capaz que hasta de negro dirija el país. Creen que debiera ser un güerito que hable inglés aunque sea ratero y/o estúpido pero que haya sido de buena cuna. Les duele en el alma que un jodido llegue a la presidencia. Son sin duda las más pútridas reminiscencias racistas que no han terminado de irse de México desde la colonia.
Los ciclos sangrientos de México, 1810-1821, con el costo de más de medio millón de muertes. El de 1910-1921, década en que bajó el número de mexicanos en un millón. 2010-¿2021?, se viene dando sin muertes al menos no provocadas desde el movimiento revolucionario. Esto es una revolución que, alabado sea el cielo, llega al poder sin violencia.
Algunos hemos peleado contra el gobierno desde la adolescencia. Hemos sido derrotados una y otra y otra vez. Como Santos Degollado. Esta victoria nos llena de una felicidad que nos ha hecho derramar lágrimas. De pronto no nos atrevemos a creerlo.
Hemos cambiado al mundo. Esto ya no es lo mismo que antes.
Ahora, el tiempo de la transición, es demasiado largo. Son cinco larguísimos meses. ¿Se atreverán a intentar una estupidez? ¿Se pondrán como cuchillito de palo que no corta pero qué bien chinga? ¿Intentarán en este tiempo desprestigiar al ganador? Pues aquí estamos para defenderlo mientras no llegue al poder. Y también cuando llegue y así lo merezca.

jueves, 28 de junio de 2018

Siete de siete

Siete días de tu vida, siete libros en tu vida.

Y van dos de siete

Pterocles Arenarius

27 de junio de 2018

Gran artista, erudita, escritora magistral Margarite Yourcenar


Primer libro de siete. Memorias de Adriano, Margarite Yourcenar.
¿Es posible que una persona del siglo XX retrate el alma de un emperador del siglo I? Hay casi dos mil años de distancia. Pero más, se trata de una mujer la retratista y penetra en la persona de un emperador de Roma, el gran imperio de aquel tiempo.
Margarite Yourcenar se transfigura, desaparece, se convierte en Adriano (milagros dables sólo por el arte) y nos trae aquel ambiente, el siglo I en la Roma en el clímax de su gloria pero no sin atisbar los inicios de su decadencia. No exagero al decir que en muchos momentos de la lectura olvidamos que quien escribió Memorias de Adriano es una mujer, porque estamos oyendo hablar a un emperador de Roma, el imperio más inmenso, el más poderoso de la historia hasta aquel momento.
Hay que leer el amor de Adriano por Antinoo y la descripción de una belleza que le mereció un monumento.
La terrible guerra contra los judíos de aquellos tiempos, la segunda destrucción del Templo de Salomón. Y la sabiduría de un emperador filósofo, Adriano, que fue deificado en vida. Un libro inolvidable, una lección de historia, de sabiduría y, faltaría más, de literatura.
Es el 1 de 7. Y convoco a Zoe Velázquez.




28 de junio de 2018

Azote de los hipócritas


Día dos de siete. “Erecciones, eyaculaciones y otras exhibiciones. Cuentos de la ordinaria locura”. Hoy recomiendo al viejo indecente, al que voluntariosamente se autoconvirtió en un verdadero peligro para las buenas consciencias, la abominación de las personas decentes. El más negro enemigo de los hipócritas.
Charles Bukowski, macho y, más aún, misógino; bruto, borracho en los últimos extremos del alcoholismo, peleador callejero, putañero, bestial.
Un escritor que viene siendo el hijo malo del Tío Sam. El lado oscuro de la civilización WASP, el que le bajó los calzones al stablishment gringo y lo exhibe dando pruebas como lo que es, un sistema que alcanzó el estatus de auténtico hipócrita, deshumanizado, explotador, criminal.
El viejo Bukowski es un formidable cuentista (casi siempre), aunque hay ocasiones en que nos decepciona muy gravemente. No exagero al imaginar que se pondría a escribir borracho o víctima de una crudelísima resaca y chambonamente dejó ir a la imprenta líneas que lo muestran como lo que es en la más cruda realidad: un tipo al que le valía madres todo (lo cual incluye a sí mismo). Había estado años demostrándolo y sufriéndolo, diciéndonoslo en sus cuentos.
Hay dimensiones bukowskianas que no han sido exploradas. O al menos no las he visto exhibidas. El viejo Charlie tiene un lado trágico terrible. El hecho de que lo oculte bajo la embriaguez alcohólica o la anécdota que no por ser brutal deja de ser altamente risible no lo desaparece. Bukowski es mucho más que la oveja negra de la familia, es el diablo, el que lanzó de verdad a la mierda el contrato social, el que de veras dijo "A chingar a su madre con sus putas instituciones".
El viejo Charlie es un auténtico anarquista, un bárbaro descreído que, en vez de lanzar bombas, se convirtió en un terrorista lanzando cuentos y poemas y novelas.
¿Por qué aman a Bukowski? Lamento decir que hay fuertes aficionados a las bebidas que creen que ser borracho automáticamente te convierte en un gran escritor; basta con que seas bien lépero, tremendamente descarado para exhibir tus vicios y tus malas costumbres sexuales y mandes a chingar a su madre a todo. Error, amigos míos. Casi lamento decirles que este viejo descarado es un artífice de la estructura, un quisquilloso del efecto narrativo de la única manera en que esto es posible: a punta de palabras bien escogidas; un infatigable buscador de brutalidades. Desde las orillitas de la indigencia alcohólica, del pandillerismo y casi de la delincuencia viene este inadaptado, este macho brutal e irredento a decirnos verdades tremebundas pero con una exquisitez oculta, disfrazada de simple brutalidad. Los efectos que logra, la penetración en los personajes, las atmósferas de siniestra sordidez, los clímax insoportables, el sabor difícil de resistir entre amargo de dolor y ácido como la sangre pero con un dulzor perverso y una honestidad escandalosa nos hablan de un escritor que esconde detrás de un borracho muy vulgar, su erudición, su gran conocimiento literario y su sabiduría de la vida y del alma humana. Bukowski fue un lector que se mamó dos o tres bibliotecas de grandes narradores, es también un trágico, pero no menos es un farsante, un humorista escatológico y despiadado que se mueve en los extremos del escepticismo. Es el borracho que nos restriega en la jeta tragedias espantosas y luego se burla sin piedad de las mismas luego de habernos conmovido, ya ni la chinga. Bukowski también es un perverso que se refocila en mostrar los lados más sucios, oscuros, perversos y aborrecibles, incluso criminales, de que es capaz el ser humano. Y, por si no fuera suficiente, tiene la inmensa estatura de haber pergeñado cuentos fantásticos quiero decir con tema de fantasía y lo hace en medio del clima de la embriaguez y el sexo duro, abiertamente pornográfico. Este hombre es un testimonio de los monstruos que puede prohijar el sistema gringo y todavía se da el lujo inmenso de ser divertido. Casi lo mismo puede decirse de su poesía. Quizá pudiera ser acusado, como poeta, de verbosidad, pero como cuentista, cuando se lo propuso, fue insuperable. No menos tiene que anotarse que es un gran humorista, aunque la risa, la carcajada que provoca no es refinada, no es irónica y mucho menos discreta, es el desahogo de un briago cínico, bruto, en medio de una peda telúrica, pero es un borracho insoportablemente inteligente, perversamente lúcido. El novelista, en cambio, se nos diluye en largas anécdotas que disgregan el efecto en un oceano que termina siendo la narración prolongada. El cuentista, insisto, cuando se lo propone, es maravilloso.
Es el día dos de siete y convoco a Luz Ureña, para que nos hable de sus autores favoritos.




sábado, 2 de junio de 2018

Memoria del Tártaro

Memoria del Tártaro

Pterocles Arenarius



La ordalía: La prueba de la fuerza.
C. G. Jung

―Sería bueno que no estuvieran. Estos chavos a veces son muy exagerados. ―Me advirtió Julia. Yo quería estar en la fiesta. Por lo tanto no debía insistir. De cualquier manera estaría, pero deseaba que fuera en los mejores términos posibles. Por fortuna habló Andrea:
―Los muchachos de ahora están muy locos. Es mejor no meterse con ellos. A estas alturas somos, para ellos, gente muy rara, demasiado vieja, a nuestros cuarenta y pico.
―Me gustaría ver si hay algo que me asustara de ellos. Déjenme decirles que no lo creo. ―Insistí.
―Lo que dice mi mamá es cierto, están muy loquitos. Pero si crees que no te asustan, como quieras, papá. No me molesta si quieres quedarte, aunque no es tu ambiente, si quieres estar en la fiesta. ―Dijo Julia, que sería la anfitriona de la celebración del fin de cursos. Eso era lo que quería. Andrea aún remató:
―Como quieras, estoy de acuerdo. No creo que asusten, como dices. Sí creo que molesten hasta sin querer. Pero haz como tú quieras. ―Era una de las desventajas de tener una esposa y una hija tan independientes y liberales. Las ventajas son muchas más. Eso quiero creer.
Así quedamos. Siguió la vida. Y llegó la fecha. Yo la esperaba. Me simpatizan los jóvenes, me encantan sus modales, me gusta su descaro, me atrae su displicencia, me fascina su ligereza, admiro su ímpetu. Julia me desconcertó porque nada preparaba para la fiesta, para recibir a sus compañeros. No quise preguntarle, ella debía saber lo necesario. Era un viernes. Estuve revisando exámenes de otros jóvenes, mis propios alumnos, era desalentador lo poco que parecía interesarles aprender; reprobé al cuarenta por ciento y nadie sacó diez. Luego me puse a esperar a los invitados. A las seis de la tarde no había nadie. Una hora después tampoco. Me sentía casi alarmado por Julia.
―Mi amor, no viene nadie. ¿Qué pasa?
―Ya vendrán, papá, espero. Y si no vienen, ni modo. No me importa.
A las siete y media llegaron tres. Me preocupaba que Julia tuviera un fracaso en la primera fiesta que organizaba con sus compañeros de la universidad. Procuré no ser encimoso ni volverme un estorbo, vaya, no quería ni siquiera ser notorio. Además lo que me interesaba era observar. Entraron, se instalaron. Fue inevitable la presentación, simplemente fui "Federico". Una linda muchacha, Oriana, dos hombres, Gilberto y Ramón. Ellos eran jóvenes comunes, si acaso notables porque usaban el pelo demasiado corto, casi al rape, como se usa hoy. Los tres venían debidamente preparados, Gilberto donaba una botella de tequila de un litro y Ramón seis paquetes de cervezas de bote. ¡Treinta y seis cervezas! La chica no era menos al aportar un litro también, pero lo suyo era vodka. Ella estaba mucho más llamativa que los otros. Bonita y esbelta como son las jóvenes normales, vestía una blusa muy breve sostenida de sus hombros por delgados tirantes y que se ceñía con suavidad a su abdomen con un resorte a la altura del plexo solar, un simpático pantaloncillo de tiro muy corto entregaba a la vista un área extensa de su bajo vientre: terso, blanco, delicado, el hueso sacro bajo la piel y los inicios de los pliegues de las ingles, en una fugaz visión me provocaron un instante tremendo, como si hubiera visto su cuerpo entero joven y desnudo, una imagen perturbadora y casi brutal. Me esforcé por no sentirme escandalizado. Pasamos una media hora muy larga intentando forzadamente una conversación árida y trivial. Julia preparaba escasos bocadillos que se allegó, alimentos chatarra y algunas carnes frías. Empecé a imaginar un triste fracaso. Pero quince minutos después había treinta muchachos y alrededor de las diez de la noche aquello era una pequeña muchedumbre. Como si hubieran estado de acuerdo llegaron en grupos que sin más fórmula se instalaron. Casi todas las chicas vestían de manera tan atrevida, tan provocadora como Oriana, pero, como suele ocurrir, ante tanta belleza a la vista, dejó de ser inquietante. Muchos traían aretes clavados en nariz, labios, cejas, lengua y algunas de ellas se esforzaban por que fueran visibles tatuajes que habían sido practicados muy cerca del comienzo de sus delicadas, hermosas nalgas de muchachas, o bien de sus senos primorosos, de primera juventud. Los hombres eran de aspecto común a excepción de cinco o seis que ostentaban formidables melenas. Tres de éstos robaban la vista con sendas cabelleras inexplicablemente enredadas, enrolladas en largos cilindros; es el estilo del peinado que llaman rastafari. Uno de ellos era un enigmático negro, sin duda centroamericano o caribeño. Sé de mucha gente a quien el aspecto de muchachos como ellos le da terror. Cada uno, infaliblemente, había traído su bebida. Suprimieron la mesita de centro de la sala ―que apareció tres días después en la cochera― y colocaron la colección de botellas; pude distinguir rones, tequilas, aguardientes de baja ralea, alguna charanda, mezcal de Jaral en envase de plástico y dos casos extremos y, me atrevo a decir, atípicos: un pequeño barril (de unos veinte litros) de pulque, más un elegante frasco de Black & White que transcurrió la noche intocado. También consiguieron, del cuarto de lavadoras ―y sin necesidad de darles confianza― una tina que pronto estuvo repleta de cervezas de todas marcas y envases entre masas de hielo. La cantidad de alcohol per cápita parecía anormalmente excesiva. Las mujeres, como siempre, y con salvedades que considero sociopáticas, eran de lo más convencional: lindas, muy desenvueltas y más que inteligentes, alternaban con los muchachos en términos de suma libertad y del más beligerante igualitarismo. Era un ambiente desconocido, a pesar de que convivo diario con jóvenes, pero me di cuenta que el trato es demasiado formal. En la fiesta la circunstancia era de franca competencia como suele estilarse ahora, en términos implacables y que llegan a rozar la brutalidad. Hay que oír los chistes misóginos que contaban para ellas. Pero me escandalizaron más los misándricos que con gracioso desparpajo, provocadoras, narraban ellas, con dedicatoria a los hombres. Son chistes ingeniosos y sanguinarios. Es una moda peligrosa y pervertida. Aunque ellos, y ellas, lo toman con ligereza. No se dan importancia. Se hicieron grupos, como en cualquier reunión. Era una hermosa algarabía juvenil. Fumaban furiosamente. Bebían con entusiasmo cosaco. Charlaban en medio de carcajadas. Iban y venían no sé a dónde ni por qué. Sonaba una música de estruendo y júbilo, rock en español con letras a veces poéticas, pero más bien con abundancia de alusiones concupiscentes o embriaguísticas. Julia departía con soltura entre los diversos grupos que se formaron. Buena anfitriona. Dos o tres parejas bailaban con energía desaforada. En el momento más rumboso había unos sesenta muchachos. De pronto me di cuenta que no eran escasas las parejas que se procuraron el aislamiento, la periferia, para acariciarse; se besaban, se tocaban; parecían a punto del coito en medio de la indiferencia del resto. De pronto un muchacho se me hizo notorio porque apareció indeciblemente embriagado, muy serio, trastabillante, no era atendible en el tumulto, ni siquiera cuando se cayó. Y menos cuando se levantó. La gran mayoría conversaba. Todos reían, menos el borracho que miraba a unos, luego a otros y parecía reflexionar o quizá dormitar. La música a tan alto volumen hacía que las charlas fueran casi a gritos. Eran felices con gran sencillez. Me serví una copa de ron con cocacola. Los muchachos no me tomaban en cuenta. Me acercaba a un grupo, los miraba sin integrarme, tomaba nota del lenguaje, luego observaba a otros. Llegué a tener la sensación de que la felicidad en la vida es algo muy sencillo y hermoso. Supuse que El Paraíso debía tener un ambiente similar al que vivía.
―¿Qué pasó, güey?, salud. ―Se me plantó enfrente un veinteañero, delgado y con barba de semanas. Su borrachera ya empezaba a ser notoria. Chocó su vaso con el mío―. ¿Y tú quién eres, cabrón? ―Interrogó al notarme adulto.
―Soy... Soy el... Soy Federico, güey, digo, cabrón. ―No debía decirles que era el papá de Julia― sí, Federico, cabrongüey.
―Qué buen desmadre, ¿no, cabrón?
―Sí, güeycabrón. Buen desmadre.
―¿Qué estás chupando, güey?
―Ron, güey, cabrón.
―¿No traes un chubi, cabrón? ―No quise parecer estúpido, no sé si lo logré.
―Se... sese... sese ses ―tartamudeé un poco, desconcertado, ¿qué clase de mierda era un chubi?― Supongo que no... cabrón güey.
―Órale, buen pedo, cabrón.
―Sssí, cabrón, güey, buen pedo. Buen pedo. Supongo. ―No puedo decir que haya estado alejado de los jóvenes, pero desde el pizarrón no es posible penetrar en el alma de los estudiantes. Descubrí que mi contacto con ellos era, en realidad, superficial o, peor, falso.
Me senté a fumar y reflexionaba. Los muchachos de ahora beben mucho más de lo que lo hacíamos en aquellos tiempos. Fue cuando me llegó un olor que casi había olvidado. Lo asociaba confusamente (puesto que el olfato es un sentido muy animal) con brumosas situaciones de miedo, de sordidez, de rebeldía. Y no recordaba de qué era ese olor. Entre el tumulto de gente que pasaba y regresaba, de otros que brincaban bailando y muchos más que permanecían de pie, de pronto vi por unos segundos a un muchacho cuya imagen me devolvió de inmediato el recuerdo del olor. Fumaba de un cigarro tan pequeño que tenía que sostenerlo casi con las uñas, extendía los labios, haciéndolos como pico de pato, para fumar sin quemarse. Era un muchacho muy delgado, de aspecto casi sucio, con el descuidado pelo largo y las barbas que intensificaban su astrosa imagen. Fumaba con fervor, como si besara o como si demostrara que hacía algo espantoso, contra el mundo, desafiando a la sociedad o a Dios. Algo se conectó dentro de mí y salté de mi asiento. Me dirigí hacia el grupo del muchacho que fumaba aquello. El mínimo residuo de cigarro que vi fumar fue entregado a una chiquilla que ruidosamente se aplicó a aspirar el humo de algo que era ya sólo una brasa en sus dedos. ¿Qué hacer? Le dije al joven que vi fumando primero:
―Oye, oye, cabrongüey, ¿es marihuana, güey cabrón? ―Me miró sin extrañeza, sino como tratando de averiguar cualquier cosa que hubiera detrás de mis palabras, de mi torpe actitud, de mi calva, de mis anteojos fuera de moda, de mi aspecto de “viejo”, como ellos consideran a alguien de apenas cuarenta y ocho años.
―¿Qué pedo, cabrón, quieres un toque?
―Güey, cabrón, pero ¿es marihuana, güey cabrón? ―De pronto, el pequeño grupo se quedó en silencio y, entre el gran barullo y la fuerte música, me miraron con fijeza. Uno de ellos habló:
―Es mariguana, pendejo; pero se dice guana, mariguana, no uana.
―Ah, gracias, güeycabrón; digo, gracias, pendejo. ―No entendí por qué se rieron. Me fui rápidamente a buscar a Julia. La busqué un poco y alarmado comprobé que no eran los únicos que fumaban mari-guana. La encontré. Estaba ocupada, por supuesto. Tuve que esperar dos interminables minutos.
―Julia, quiero hablar contigo.
―Ay, Federico, ahorita no puedo. Mañana, lo que quieras, pero mira como ando con tanta gente ―me contestó con actitud gerencial, apremiada. Era cierto, ella, anfitriona en su casa, sospecho que resolvía muchos de los problemas que pueden tener o inventar sesenta huéspedes confianzudos.
―Es urgente.
―Mañana.
―Por favor. Por lo menos ven conmigo, quiero que veas algo.
―Ay, Federico, pero bueno; a ver pues, vamos. Discúlpenme un momentito, ¿sí? ―Se despidió. Y fuimos. La llevé con los chicos que viera fumando mariguana. En el camino le pregunté:
―¿Tú sabes qué es mariguana?
―Sí, claro ―contestó con una naturalidad que casi me desconcertaba. “Estoy lejos de los jóvenes, no los entiendo. Pero también estoy lejos de mi hija”, pensé. Ante el grupo en flagrancia le dije: ―Ellos fuman mariguana. En este momento.
―Mm... bueno, mira, Federico. ―Entonces se me acercó un joven enorme, moreno, grueso, con cabeza rapada pero con barbas y sin bigotes y unos ojos salvajes y oscuros. Traía en la mano un enorme cigarro (era de mariguana). Me echó el brazo al hombro y casi afectuosamente me acercó a él hasta que los rostros quedaron muy juntos. Mi hija miraba y sentí que no le parecía mal. El tremendo mozalbete me dijo:
―¿Qué onda, güey, quieres un jale? A ver, llégale, cabrón. ―Y me puso el cigarro de mariguana encendido en los labios.
―Pe pe pe pe pe pero yo... güeycabrón, yo no, cabrongüey, nunca...
―Jálale, hombre; total qué... ―Le di una pequeña fumada. Al darle el golpe me hizo toser. Haciendo un esfuerzo descomunal después de una segunda pitada, acumulé serenidad y dije con la mayor entereza que me fue posible:
―¡Pero la mariguana es droga! ―Fue uno de esos momentos que parecen preparados. De esos instantes en que ocurren acciones que si las hubiésemos dispuesto con gran detalle jamás pasan como queremos, pero en tales momentos hay coincidencias prodigiosas. Cuando dije, hablando casi estentóreamente, que la mariguana era droga llegó quizá el primer momento de relativo silencio, incluso de pausa musical en la fiesta. Creo que todos oyeron y muchos dirigieron su vista hacia quien había dicho eso, que la mariguana es droga. Me miraron por un momento interminable. El grandulón rapado me soltó.
Y estallaron en la más brutal y escandalosa carcajada que jamás he oído en mi vida. Todos reían con un alboroto como gresca, carcajeaban como a gritos, había quien lloraba de risa, algunos se tiraron al suelo carcajeando. Julia sonreía tranquilizadoramente, con benevolencia. Si ella no hubiera actuado así, en ese momento sentí que hubiera podido volverme loco. Aquellos seres que me parecían de otro planeta reían bestialmente de algo que yo había dicho, me señalaban y decían “este pendejo dice que es droga” y se derrumbaban de risa, “el güey dice que la mariguana es una droga” y al terminar la frase carcajeaban como si fueran a morir de risa, fatigados de reír, llorando de reír. Julia me dijo con discreción:
―Ven, papá... Vámonos...
―Oye, pero sí es droga...
―Sí, papá, pero... qué te parece si mañana hablamos con calma.
―Está bien. Pero, bueno, de cualquier manera me gustaría estar un rato más en la fiesta.
―Yo diría que mejor no. Súbete y duérmete. En un rato más termina. Por favor. ―Y me llevó con su mejor actitud hasta la recámara que comparto con su mamá. Me dejó en la puerta. Entré. Estaba oscuro. Andrea dormía. Aunque sé que tiene el sueño pesado, no quería despertarla, con aquel escándalo le sería difícil reconciliar el sueño. Ella estaría en su lado de la cama, supuse, me fui al mío. Al sentarme en la cama noté que había alguien. Ya me invadió, pensé. Me fui al otro lado de la cama y ¡ahí también había un cuerpo!
―Andrea, ¿¡quién está aquí?! ―Le dije al tiempo que encendía una lámpara. Despertó como borracha y dijo algo como qué qué pasa–. ¿¡Quién está durmiendo contigo!?― Saltó de la cama.
―Pues tú duermes conmigo, Federico. ¿Conmigo? ¡Ay, no me asustes Federico! ―Encendimos la luz.
―Es un hombre, Andrea. Exijo que me expliques ¿quién es este hombre? ―Lo examinamos. Era un estudiante despiadadamente embriagado. Me calmé un poco―. ¿Por qué está este mozalbete contigo en mi cama? ―Andrea no supo controlarse. Salió en piyama, corriendo semidesnuda.
―¡Julia, Julia, hay un borracho en mi cama! ¡Julia, por el amor de Dios, se metió un borracho a mi recámara! ―Subió Julia con un grupo pequeño de jóvenes, hombres y mujeres. Era el muchacho que se había emborrachado desde el principio de la fiesta. Intentaron despertarlo. Era inútil. Lo bajaron cargando y lo echaron en un sillón. No despertó. Nos tranquilizaron, nos prometieron que no ocurriría de nuevo. Nos acostamos, pero no podíamos dormir. Actuábamos como si tuviéramos miedo. Oíamos la alharaca con más detalle que nunca. Gritos, carcajadas, música, zapatazos de que algunos bailaban. Estuvimos conversando.
―Parece que se divierten mucho ―dijo Andrea.
―Sí, pero creo que están cometiendo excesos.
―Son jóvenes, acuérdate cómo éramos nosotros.
―Yo nunca me fui a dormir en la cama de los anfitriones, ni recuerdo que lo hicieran mis amigos. ―No quise, para no alarmarla, mencionarle lo de la mariguana―. ¿A qué horas irá a terminar?
―Voy a asomarme. ―Se levantó. Abrió la puerta. Estuvo mirando un largo rato sin decir nada. Regresó y estaba perturbada, temblorosa, creí que quería reír o llorar―, tienes razón; estos muchachos... estos muchachos.
―¿Qué viste, Andrea? ―Y me levanté. Temía que se hubiera dado cuenta que en nuestra casa estaban fumando mariguana. Abrí la puerta. Lo que vi me dejó sin habla. A escasos dos metros de nuestra recámara, sobre el piso vil del pasillo, dos cuerpos desnudos, entrelazados, se ondulaban como serpientes ávidas, se unían y se separaban con voracidad animal. ¡Hacían sexo en el suelo, en público! Andrea estaba junto de mí, aquéllos se mordían, se chupaban, se penetraban jadeando bestialmente.
―¿Qué es esto! ¿Qué está pasando, Andrea?
―Federico, vamos a calmarnos, no nos alarmemos. Son jóvenes.
―Vamos a ver qué está pasando en nuestra casa, por lo menos. ―Se echó ropa encima y bajamos. Vi como algunos llegaron a pasar junto a los que ejercían, en el suelo, el deporte favorito de los seres vivos y los miraban un poco, se reían casi con burla pero se retiraban como si nada. Los ejecutantes de aquel coito animalesco a veces llegaban a fijarse que alguien pasaba junto a ellos, encima de ellos, a veces ni siquiera se fijaban, concentrados en su actividad, el mundo no les importaba. Pensé que gozaban de un placer tan bestial que ni siquiera les importaba parecer bestias fornicando públicamente. En el fondo los admiré. Les tuve envidia. Quizás yo hubiera querido hacer eso hace muchos años. En la sala seguían bebiendo, conversando, bailando, fumando mariguana. La gran mayoría estaban mucho más borrachos de lo que nadie puede recomendar. Casi ninguno conservaba la compostura, gritaban, ya no sólo de júbilo, ahora lo hacían sin motivo, sobreexcitados, enfervorecidos, enrojecidos por el alcohol. Había menos gente o estaba mejor repartida por toda la casa. En las orillas de la sala, derrumbados, vi al menos a cuatro jóvenes tan embriagados como el que sacaron de nuestra recámara. No sé si por el cambio de actitud con que ahora los miraba, todo me parecía peor; además la gran mayoría estaban borrachos. Creo que hasta la iluminación me parecía sórdida.
Una joven con cara de estar ya muy cerca de la bárbara borrachera nos dijo:
―¿Qué pasó, güey? Van llegando bien tarde a la fiesta. Chínguense unos alcoholes para que se pongan a tono. También hay mota, hay coca, hay de todo. Todo el mundo ya anda hasta su madre y ustedes así no se van a divertir.
―Gracias, sí, ahorita... ―le dijo Andrea.
―Órale, güey, no hay pedo.
En mi estudio no nos asombró que hubiera al menos dos parejas fornicando con un entusiasmo idéntico al de los que lo hacían arriba. No dudo que se hayan intercambiado. De plano tuve ganas de quedarme a verlos. A verlos, por lo menos. Estaba alarmado, pero también estaba excitado, o me estaba haciendo efecto el par de fumadas de mariguana que di. En la cocina, unos ocho, entre hombres y mujeres saqueaban el refrigerador, comían con avidez de alimañas matreras. Nos miraron cínicos y hasta nos invitaron nuestra comida manoseada. En el baño de abajo, un muchacho tocaba a la puerta, obvia víctima de la urgencia fisiológica, luego, desanimado; se fue.
―No dejan entrar. ―Nos dijo al pasar junto, quizá pensando que también queríamos entrar a satisfacer necesidades―. Hay que ir a mear al jardín. Ahí no se puede, están cogiendo, güey, no manches.
―Gracias, güey cabrón. ―De pronto tuve una pregunta obvia―: Julia, ¿dónde está Julia? ―Me alarmé al no haberla visto en el recorrido. Encontramos a Oriana, le pregunté. Me dijo que Julia ya se había ido a dormir, que ya eran las tres de la mañana. Fuimos a su cuarto. Era cierto. Le tocamos y contestó, no necesitábamos más ¿Estaría acompañada? No quisimos enterarnos.
Nos fuimos a intentar el sueño. Fue inútil. Dormitamos lapsos minúsculos, entre accesos breves e irritantes de malsueño, saltos de susto, sugerencias mías (descartadas por ella) de llamar a la policía para que los expulsara y sugerencias de ella (descartadas por mí) de bajar a decirles “en buenísima onda” que ya se fueran. No pude imaginarme diciéndoles “Oye, cabrongüeypendejo, ya váyanse de mi casa”. A eso de las siete y media de la mañana, fatigados y sedientos, ojerosos, de pésimo humor, lamentable aspecto y halitosis galopante decidimos bajar a ver qué había sido de la fiesta.
Nunca he visto un campo de batalla después de la acción, ni siquiera creo poder imaginarlo. Lo que vimos era igual o peor. Un grupo de ocho, cuatro hombres, cuatro mujeres, estaban sentados, unos en el suelo, otros en un recoveco que sobraba del sillón ocupado por algún borracho que pareciera muerto, alrededor del centro estaban como supervivientes, demacrados, somnolientos, con la boca seca, despeinados, brillantes de sudor ya seco, con los labios húmedos y rojos como a punto de sangrar y los ojos fatigados; seguían charlando, bebiendo o simulaban beber pues noté que más bien mojaban los labios para quitarse la sed. Sonreían flojamente, con procacidad, aletargados por la fatiga y el sueño, enronquecidos de tanto fumar, se movían con parsimonia, como inseguros, machacados por el ejercicio del baile, la falta de sueño, la fatiga y la inundación de alcohol en sus cuerpos, casi como agonizantes, parecían tránsfugas del infierno. No muy cerca de ellos, pero no tan lejos había un hedoroso charco ya casi reseco, repugnante, de basca. Había muchachos sentados, no dormidos sino inconscientes, como cadáveres, recargados en las paredes, alcoholizados de manera suicida. Otros ni siquiera alcanzaron a apoyarse en la pared, estaban diseminados por cualquier sitio, desamparados en el sueño negro de la atroz briaga buscada; y encontrada, como en estado de coma. Varias parejas dormían en inconsciente abrazo, tiradas en cualquier rincón, algunos estaban casi desnudos. Era fácil distinguir a los que habían practicado el fornicio. Había un hedor en el que imperaba el alcohol agrio, semidigerido y vomitado, pero que se atenuaba al mezclarse con el tufo tabaquista y también se distinguía un fuerte hálito mariguano. Era el infierno.
Sexo, droga y rocanrol cantaba una rola clandestina de nuestra juventud. Aquí se habían potenciado, libertinaje y promiscuidad, alcoholismo y drogadicción, gritos, música y furia. Pensé que esto estaba muy lejos de lo que habíamos soñado en los años gloriosos del movimiento hippie. Recordé que nosotros llegamos a consumir drogas para abrir la consciencia y buscar la iluminación o al menos eso creía; hacíamos el amor libremente para negar aquella sociedad prohibitiva, rigurosa e intolerante, también para oponernos a la violencia; surgió una música que respondió a su momento histórico, cambió al mundo y se opuso al poder. Teníamos ideales inalcanzables que llenaban nuestra vida, el comunismo, la libertad, la paz y el amor. En estos muchachos sólo había visto aburrimiento, desesperanza, negligencia y desinterés, ignorancia y abulia, ningún ideal y mucha desesperación. Las drogas, legales o no, ya no son búsqueda sino escape, fuga enloquecida; la música no tiene crítica o sentido social, sólo ansias de placer o desesperanza. O intentos de escándalo.
¿Qué va a ser de ellos si no les interesa nada? ¿Cómo será su mundo cuando sean viejos calvos de cuarenta y ocho años? ¿Qué será del mundo? ¿Qué será de mi niña, de Julia? Muchos se condenarán. ¿Qué va a pasar? ¿Hasta dónde van a llegar? ¿Hay límites? ¿Cuáles son? Con pensamientos tan ruinosos fui despidiéndolos poco a poco.
―Ps luego la vemos, carnal. No mames, güey, qué peda agarraste. Te andabas basqueando por todos lados. Oye y ¿cogiste por lo menos?
―Sí, cabróncarnalpendejogüey, como cuatro veces.
―Puta, ps qué chingón. No, güey, yo nomás me empedé a lo bestia.
―Ahi nos vemos, cabrón. Qué pinche cara traes, güey; has de tener una cruda bestial. Chíngate un alcohol y vuélvete a dormir, ya no andes así, pendejo, te ves de la chingada. Hasta daño te va a hacer.
―Sí, pendejocarnal, me la voy a curar la cruda, cabrón pendejo... ―Así despedí a los que mostraron la cortesía de decir adiós. La mayoría se levantaron demacrados, ridículos, desamparados, patéticos, aturdidos, sedientos, todavía borrachos y se fueron sin más fórmula.
Más allá del mediodía se habían ido todos. Fui a comprar comida para desayunar porque habían agotado las reservas del refrigerador. Andrea y Julia bajaron muy tarde. En compañía de ellas examiné mi casa. Había exactamente treinta y cuatro quemaduras de cigarro en la alfombra y en brazos y asientos de los sillones. Encontré siete residuos de vómito sólo en la sala. Aparecieron veintitrés condones usados. Pude contar hasta quince colillas de cigarros de mariguana. En un plato, en la mesa del desayunador de la cocina, había residuos de polvo blanco, junto estaba un vaso con un popote, otro con una vela agotada y, cerca, una navaja de afeitar. ¿Cocaína? Espero que no. Encontré siete prendas íntimas, dos calzoncillos minúsculos o más bien tiras de tela que se atreven a usar como calzones, tres brasieres y también calzones de hombre. Los olvidaron, faltaba más. Cuando bajaron Andrea y Julia estaban asombradas, furiosa mi mujer, apenada mi hija; pero ambas asustadas por el aspecto de devastación de nuestra casa. Estuvimos haciendo el recuento y recogiendo un poco los residuos de la catástrofe. Nos sentamos a comer bocadillos improvisados, teníamos enfrente una ingente faena. Andrea fue por salsa a la cocina. Gritó:
―¡Un muerto! Hay un muerto en la cocina. ¡Federico, Julia, un muerto! ¡Auxilio! ―Pensé: “tenía que ocurrir. Es que ha sido demasiado”. Fuimos a la cocina. Había un cuerpo debajo de los taburetes del desayunador. Moví los muebles. Tendría que llamar a la policía. Estábamos en un lío espantoso. Lo vi, parecía indudable que estaba muerto.
―No lo muevas, nos vamos a meter en más problemas ―dijo Julia―. Hay que hablar al ministerio público. ¿Quién será? ―Cuidadosamente tomé el rostro del cadáver y lo volví. Cuando lo tenía de frente abrió los ojos con suavidad, me miró y dijo:
―No mames, güey, qué peda... ―Entre el terror y la sorpresa no sé por qué no gritamos. Se levantó. Pasmados lo vimos en silencio, como si hubiera resucitado de entre los muertos ante nuestros ojos. Se estiró como perro. Bostezó, pidió cigarros. Nos dijo cosas que no atendimos ni entendimos. Bebió tres vasos de agua de la llave y se largó. Bendito sea Dios. Nos quedamos sentados, exhaustos, en la sala. Ya había sido demasiado. Yo quería llorar.
De pronto bajó de la zona de recámaras de mi casa un mozalbete muy sonriente, fresco (recién bañado) y cínico como son ellos ahora. Me desconcertó, pero en un instante entendí. Y tuve una tumultuosa explosión de sentimientos:
―Julia, ¿quién es este imbécil? ¿Por qué viene de...?
―¿Qué onda, güey? ¿Por qué estás tan emputado?
―No soy emputado, no soy puto, pedazo de imbécil.
―Vete, por favor, ¿sí? ―le dijo Julia apresuradamente―. Papá, te lo quería presentar, pero...
―Voy por la pistola, ¿quién es este estúpido?
―Oye, Federico, no tenemos pistola. ―Dijo Andrea con un tono de fastidio insoportable. El barbaján se fue con la mayor rapidez. Nunca me hubiera imaginado que mi niña... Tuve que meditarlo y sufrir. Debí pensar que ya hace años que es una mujer, aunque sólo tenga diecinueve.
Tardamos semanas en reparar los estropicios de la fiesta, en vencer el olor a orina en el jardín. Julia y yo nos reconciliamos, aunque nos tomó también semanas. Llegó el día en que, por fin, la casa parecía otra vez normal. Pero en la cocina había una pestilencia fuerte, repugnante, irreconocible y que no se quitaba por más que el área fue lavada y desinfectada en repetidas ocasiones y teníamos la impresión de que olía cada vez más fuerte y más podrido.
Un día buscaba, entre la peste, herramientas para arreglar el jardín. Abrí una gaveta que está debajo del fregadero. Saqué una cubeta que contenía un líquido amarillento, ya casi café, con masas fúngicas multicolores en formación incontenibles en las orillas, hasta tres cuartas partes de su capacidad de un líquido pestilente hasta lo insufrible. Recordé a los saqueadores del refrigerador, el baño que, durante la fiesta, siempre estuvo ocupado en actividades distintas a su finalidad. Casi a punto de vomitar fui a depositarlo en el excusado. Era el último recuerdo de la fiesta.