martes, 7 de julio de 2020

Entrevista sobre Querido Pancho Villa

Salió por fin la novela Querido Pancho Villa, una obra en la que se narra la parte desconocida de la existencia del gran general de la Revolución Mexicana. Desde su nacimiento hasta el momento en que Abraham González, por instrucción de Francisco I. Madero, lo recluta para la causa.
Aquí el maestro Jorge Arturo Borja (un erudito polígrafo y creador literario) me hace una entrevista sobre la novela y leo un fragmento. (Para ir al video es necesario copiar y pegar el siguiente vínculo en el explorador).

https://www.facebook.com/jorgearturo.borja/videos/10158820571536842/UzpfSTEyNjk2OTE1MzM6MTAyMjMxODc4OTE5ODY4NTc/comment_id=10223212680646558&notif_id=1594174410485981&notif_t=feed_comment

jueves, 2 de julio de 2020

A dos años de la Gran Victoria de AMLO



Dos años de la victoria 

Pterocles Arenarius

Algunos creímos que nos habríamos de morir antes que ver la derrota del PRI. Parecía imposible que la sólida organización que armaron por décadas pudiera algún día ser desbaratada. Habían comprado a miles de personas de todas las clases sociales. Habían ganádose incluso la buena voluntad de gente muy decente y hasta de los más pobres. Lograron, no menos, la aprobación de las grandes potencias del mundo y, muchas veces, su apoyo. Organizaron un sistema de robo en el cual la riqueza se distribuía de la manera más injusta posible. Hicieron una estructura de complicidades que permeaba a toda la sociedad. Y uno de sus peores vicios fue el de que, a quien se opusiera a su sistema, lo suprimían de las más diferentes maneras. La primera era comprándolo, la segunda era amenazándolo, si las dos anteriores no funcionaban, entonces lo metían a la cárcel y si ni así era posible doblegar al opositor, simplemente lo desaparecían de este mundo, sin piedad. No era extraño que recurriesen al asesinato.



Letra de Silvio para AMLO

Así corrompieron a periodistas a líderes sindicales a políticos a artistas a intelectuales y hasta a cualquier persona que se volviera relevante. Y contra los adversarios no había piedad. Les ofrecían que se volvieran cómplices y gran parte de las veces lo lograban, así muchos hombres talentosos, cultos e inteligentes se volvieron cínicos y, en la medida en que recibían favores, más vendidos se portaban ante el poder corrupto. Así pusieron a gran parte de los mexicanos en situación de pobreza y a un número muy grande lo orillaron a una hambruna permanente y muy mal disfrazada.

La estructura creada parecía inexpugnable, imposible de derrotar. El PRI logró convertirse, gracias a esta notable organización corrupta, en el partido de estado más longevo de la historia de la humanidad. Bueno, todavía no acabamos de expulsarlos del poder, léase del robo al erario. No se veía de qué manera fuese posible quitarlos del poder. Incluso intentaron hacer un paradigma mexicano de la corrupción, que la deshonestidad era algo consustancial a los mexicanos (¡¡¡!!!). Pero los abusos y la concentración de la riqueza fueron creando un grupo de mexicanos marginados de la prosperidad y el bienestar cada vez más grande. Pero para nadie era rentable encabezar ese descontento. Los líderes eran comprados, amenazados o eliminados, como ya se anotó.



Jiménez Espriú entre el pueblo raso

Hubo líderes dentro del mismo PRI que tenían otra visión. Gente que, sinceramente, le tenía amor al pueblo. El primero y más notable fue el general Lázaro Cárdenas. Su gobierno procuró la creación del estado de bienestar y organizó una estructura muy eficiente desde la raíz misma del pueblo para que su obra fuera perdurable. Sin embargo, la gran organización que creó fue corrompida en cuanto él dejó el poder y, a largo plazo, los líderes sindicales se convirtieron en viles líderes charros, los que estaban encargados de representar al pueblo, casi siempre, fueron cooptados para beneficio del grupo que terminó detentando el poder. Pero la riqueza no es infinita y muy pronto se vio que la gran organización que había creado el general Cárdenas se volvió insuficiente para despachar, cada sexenio, a miles de funcionarios que se habían enriquecido robando al erario o haciendo negocios mediante el influyentismo.

En el extranjero lo llamaron “La economía de compadres”. Nadie, en la práctica, podía prosperar, contradiciendo a su último recurso: el capitalismo brutal que dieron en llamar neoliberalismo y que, como todo capitalismo, se inclina por el individualismo más rapaz. “Que cada uno se rasque con sus propias uñas”, era la divisa. Pero los del gobierno eran los únicos con las uñas muy largas. Entonces optaron por entregar la riqueza nacional al extranjero. A lo bestia. Si habían ido desmantalando lentamente el legado del general Cárdenas, con la entrega del petróleo, las minas y todo lo entregable, condenaban ya no sólo a los mexicanos de este momento, sino estaban robando el futuro.



Ya lleva dos años. Es un hombre de hierro no sólo en ideas.

El prototipo del político que crearon era el prepotente, el enriquecido salvajemente, el ignorante, el odioso soberbio con los humildes y rastrero con los poderosos. “La política es el arte de darle por el culo a los de abajo y ponerle el culo a los de arriba” era la desvergonzada consigna. Pero también tenían sus matices. Para la demagogia, para la mentira, se volvieron muy astutos. Yo recuerdo a Manlio Fabio Beltrones como el gran ejemplo de la máxima hipocresía, lo veo hablando con los periodistas con una actitud de adusto padre de familia, muy serio él, con aire preocupado y reflexionando muy preocupado por allegar “recursos para el gobierno vendiendo las playas nacionales a los extranjeros”.

Andrés Manuel López Obrador tuvo la inmensa sensibilidad e inteligencia para entender con la mayor claridad ese prototipo de político y convertirse en todo lo contrario. Y muchos no lo entienden o no se dan cuenta de eso. Y luego tuvo la enorme capacidad de hacérselo saber a la gente. Por último, supo rodearse de un equipo que le ayudó y le tuvo fe para formar un partido político nacional pero no cualquier membrete, sino un partido con la más alta competitividad como para alcanzar la presidencia de la República y formarlo en tiempo récord. Morena irrefutablemente nos remite a la morenita del Tepeyac, uno de los últimos reductos de la mexicanidad, la herejía no reconocida de los mexicanos que reivindican a la mujer en el centro de una religión que se empeñó en expulsar lo femenino de sus entrañas al grado de que prefirieron renunciar al emblema de la mujer y convertir a la mitad mayoritaria de la humanidad, lo femenino, el eterno femenino, en un pinche pájaro, bueno, una paloma, el espíritu santo. También eso es la morena del Tepeyac, aunque tenga origen árabe, aunque haya sido una falacia española para que los indios olvidaran a Tonantzin, nuestra madre. Bueno, así Morena apelaba a lo más profundo de lo mexicano, a nuestra más antigua raíz, aunque sea tergiversada por el truco español. Eso por un lado, porque, por otro, Morena significa Movimiento de Regeneración Nacional. El vocablo Regeneración es una alusión a detener la descomposición a que nos llevó el PRI y sus discípulos (que por décadas los combatieron) del PAN y que en tanto tiempo aprendieron terriblemente bien sus mañas. Pero también lo es a los más limpios y puros revolucionarios mexicanos de la hoy llamada Tercera Transformación que fue la Revolución Mexicana, los hermanos Ricardo, Enrique y Jesús Flores Magón quienes por largos años lucharon, desde la izquierda más consecuente, sacrificada, honesta y radical a la dictadura porfirista y dejaron su legado en la revista histórica nombrada precisamente Regeneración.

Los tres trabajos ―la autoidentificación de lo que no quería México de sus políticos, ser congruente con ello, es decir, tener la descomunal autodisciplina para hacerlo cierto en el mundo real, es decir, ser un político pobre a pesar de convivir en un medio totalmente corrompido y, finalmente, la construcción de Morena― son sendas grandiosas hazañas políticas y también de otras índoles.

Desde mucho antes de convertirse en presidente de la República, Andrés Manuel ha sido el político más atacado y calumniado de la historia. Sólo Francisco I. Madero sufrió avalanchas de odio tan pérfidas.



Algunos logros

Y contra todo pronóstico oficial, contra las encuestas cuchareadas, contra el terror de los intelectuales cagatintas y sus columnas tercas y catastróficas, contra las campañas de odio y, las más benévolas, de mentiras y calumnias, contra el miedo de las clases medias y la incertidumbre de algún sector del pueblo engañado por la televisión, el 1 de julio de 2018, Andrés Manuel López Obrador sacudió a México, a América y también al mundo, como no, con su aplastante victoria. Y conste que hubo fraude en su contra, pero con la rebelión popular sufragista en su favor, se llevó la mayoría de los votos que lo convirtió en el presidente más legítimo del último medio siglo pasando por encima de un fraude que le robó algunos millones de votos, pero abrumadoramente insuficientes para arrebatarle la victoria.

Este primero de julio se cumplen dos años de la victoria y uno y medio de gobierno. Los ataques de la derecha están como nunca de desquiciados. Hay algún loco que se presentó en un cuartel del Ejército Mexicano a pedir que fueran a dar un golpe de estado. Algunos enfebrecidos de odio quisieran que el presidente se muriera y no dudan en invocar fanáticos que fueran capaces de perpetrar un atentado contra el primer mandatario. Abundan los columnistas que aseguran que el gobierno naufraga y que la catástrofe ya empezó. La derecha está usando la crisis provocada por la pandemia para atacar, como ellos saben hacerlo, con mentiras y calumnias, al gobierno. Presenciamos una degradación moral de la derecha que nunca nos hubiéramos imaginado.

En este momento han aflorado el racismo, el clasismo, la discriminación por color y por bienes económicos que siempre ha practicado un sector privilegiado de la sociedad contra el pueblo mexicano.

Cuatro libros de Pterocles con Eterno Femenino Ediciones

Nunca creímos que la derecha nacional estuviera tan enferma.

Insultan a la esposa y al hijo del presidente, y luego cuando se les reclama sus bajezas chillan diciendo que se ataca a la libertad de expresión; las supuestas burlas son tan irracionales y tan miserables contra Andrés Manuel que más bien suenan cómicas de tan exagerada en su desesperación, en su odio, en su irracionalidad. Si esos epítetos morbosos, repugnantes, francamente enfermos, los concretaran en actos es cuando nos explicamos la violencia de la derecha en otros países y en otros momentos de nuestra historia. La maestra de la vida, la historia, nos dice que las derechas torturan, asesinan a mansalva, exterminan sin piedad, no se detienen ante el genocidio y han sometido a los pueblos a las peores tiranías que hayamos conocido. Pero además mienten para tratar de ocultar sus crímenes o para justificarlos (por ejemplo hablan de las dictaduras comunistas, pero siempre evaden el hecho de que ni el comunismo y ni siquiera el socialismo han existido alguna vez en los sistemas de gobierno humanos).

Sin duda en estos momentos hay dos acciones que debemos ejecutar los que estamos de acuerdo con nuestro gobierno y nuestro presidente: una, es celebrar con el mayor júbilo los dos años de la victoria y, dos, defender con todo a nuestro gobierno, a nuestro presidente. La derecha está descabezada y abrumada, está sumida en el desconcierto como un monstruo ciego tiran tarascadas en todas direcciones y no tienen ni la menor idea de cómo resolver los problemas de México. Se oponen por sistema a todo lo que diga el presidente, en una actitud irracional y enfermiza. Mienten, calumnian e insultan, sólo demuestran que están extraviados.

La verdadera dimensión de lo que está ocurriendo en estos momentos muchos lo comprenderán dentro de varios años. Esto es, como dice el presidente, una revolución. Y la más extraordinario, sano y maravilloso es que se está cambiando al país (ya se verá que tan radical es el cambio) sin derramar ni la más pequeña gota de sangre de nuestros contrincantes. Un gran cambio pacífico que aún no terminamos de dimensionar.

Por lo pronto celebremos y defendamos al gobierno. Salud por la gran victoria. 

miércoles, 24 de junio de 2020

Prólogo a Querido Pancho Villa, por Agustín Ramos

Prólogo

Agustín Ramos
Gran novelista mexicano: Agustín Ramos

Prepárense lectores
Para dar título a este libro, el autor hace una declaración de cariño: Querido Pancho Villa. Así, como en un intercambio de cartas o una plática entre amigos, un muchachito le habla de tú al general Francisco Villa. Y de este diálogo aparece ante los lectores olor y el ruido de la guerra, la voz más íntima de un héroe, sus zonas más escondidas. En la cama, por ejemplo, una de tantas mujeres que lo conoció asegura: “Para mí que fue más poderoso amante que soldado”.
¿Se habrá preguntado el autor de este libro si acaso los lectores de principios de este siglo estamos preparados para intervenir en esta plática del muchachito narrador con el general Francisco Villa? No con el revolucionario del que todo mundo ha oído hablar o conoce por los libros de historia, no solamente con ese titán de la patria sino un hombre más frágil, más mortal.
Palacio de Minería. Feria del Libro. Pancho Villa (y Una muerte inmejorable)

Como sea, estas páginas nos meten en la magia de un alma alucinada, el alma de un niño a quien las durezas de la vida y sus dotes corporales hicieron precoz en más de un sentido, el alma como jaula de donde escapan el llanto pronto y la risa fácil, el misticismo de un espíritu capaz de trascender no sólo el tiempo y el espacio sino la desmemoria y las murallas de silencio; el alma natural que preservó la mencionada precocidad y se mantuvo siempre a suficiente distancia de la civilización para volar a la altura de la intuición, sobre la inteligencia y el instinto, con la libertad propia del arte y la limitación humana que encierra desde la santidad espontánea hasta el más valioso de los lujos, la lujuria.
Sí, Pterocles Arenarius, el autor, en alguna parte, alguna vez, si no es que siempre y donde quiera, apreció la capacidad de los lectores para asistir y quedar atrapados en este diálogo de poseídos. Porque eso es esta historia imposible de describir sin emplear palabras chocolateras como magia, erotismo, misticismo, barbarie, cultura, sentimentalismo y drama. Porque no hay otras o al menos el prologuista no conoce otras palabras suficientemente fieles para intentar decir de qué se trata y cómo se trata este libro, no sobre Francisco Villa sino de Francisco Villa y de sus partes menos conocidas: la niñez huérfana de padre, el apego a la madre y la obligación de amparar con el amor y por la fuerza de la astucia, sus estrenos en el sexo y la muerte, el bandolerismo y la genialidad guerrera, los motivos de un lobo muy andado como para morir en la madriguera de la inocencia.
Para escribir Querido Pancho Villa

Diálogo de poseídos, se dijo, porque el narrador de este libro tuvo que dejarse poseer por el querido Pancho Villa. Y si le pregunta: “…¿no me has tomado mi general, no estás en mí?”: es porque necesita que Villa le permita hablarle de tú a tú, ponerlo frente al espejo para que recuerde su iniciación como ser humano de saber: “… de un momento para otro lo decidiste: ‘Ya no soy Doroteo, ahora me llamo Francisco Villa (¡Díganme Pancho Villa Cabrones!)’ … Además, cambiarse de nombre es tomar en las propias manos la vida que nos tocó… Y para ser otro tiene que morir el uno para que nazca el otro, el que sigue, es como si nos pariéramos a nosotros mismos, Pancho. Es como si fuéramos padres de nosotros mismos… Así es como se dio el nombre de Pancho Villa. El nombre y el hombre”.
Con gringos y tomando fotos. Imagen rara de mi general

Diálogo de poseídos, ritual de almas que se incorporan, una en el cuerpo latente y libre de la historia hecha por el general Villa, otra en el cuerpo respirante y preso del momento histórico de quien cuenta el cuento con el fin de que nosotros, los lectores, paremos oreja e imaginemos y desarrollemos el sonido y el sentido capturados en sus letras. Porque a fin de cuentas este diálogo está abierto, por obra y gracia de Villa, al pueblo. Porque Villa es todos los pueblos en sus momentos heroicos, lo es por la veneración que convoca en todo el mundo y lo es por sus tantos nombre que pasan del anonimato al nombramiento de todos: todos somos Pancho Villa. Entonces, nosotros también nos meteremos en la plática y no solamente como si escucháramos una conversación ajena sino como si formáramos, como formamos, parte de una misma historia y pasáramos, como pasamos, a formar parte del mismo hecho revolucionario junto con el muchachito narrador y ese ser que es muchos: “Pancho Villa es tantísima gente”, dice con toda la razón el título del capítulo 17.
Ya empezaba con los caballos de acero (la foto está trabajada para colorearla)

El prologuista considera imprescindible hacer una anotación más sobre la seguridad de que esta obra ofrece la suculencia de un diálogo que lleva directamente, por obra de la ficción, al alma del general Villa. Y es que la novela, ensayo, diálogo, Querido Pancho Villa viene antecedida y garantizada por la experiencia literaria y biográfica de Pterocles Arenarius. En otras palabras, todas y cada una de las afirmaciones aquí expuestas podrían apoyarse si hubiera espacio y fuera pertinente en citas y pasajes de otros textos cuentos, crónicas, novelas, poemas, ensayos y proclamas que comprueban tanto las virtudes narrativas de Arenarius como su rigor y su capacidad de entrega en tanto investigador, docente, amante y amigo.
 En suma, Querido Pancho Villa es el fruto más logrado hasta hoy de la vitalidad y la actitud de Pterocles Arenarius: escritor digno y capaz de la hazaña artística que los lectores atentos van a disfrutar, un diálogo de héroes.

lunes, 18 de mayo de 2020

Cuento Coronavirus II

Multipandemia y pregón


Pterocles Arenarius


El pregón dice: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendaaan”, es la voz, indudablemente, de una niña. Hay algo de gracia en el tono y, a pesar de todo: el alto volumen, la repetición por miles, la intrusión sonora, no termina por serme desagradable. El pregón, equipo de sonido con muy baja fidelidad de por medio, se oye todos los días por cada una de las calles de la ciudad. No deja de asombrar que en estos tiempos de pandemia los compradores de colchones, tambores..., sigan activos no importándoles la emergencia.
Llegó la epidemia que azota a todo el mundo, tan democrática ella, le ha pegado más a los europeos y a los gringos que a nosotros; carajo, una de cal por las miles que van de arena. Pero todo ha enloquecido. Las calles están tan solas que aterran, la gente huye de la gente cuando hace apenas unas semanas ejercían con descaro en pleno ―¿hasta qué punto sin consciencia?― aquello que los epidemiólogos, hoy tan de moda, llaman la inmunidad de rebaño.
La economía del mundo entero se cayó y en algunos países prefirieron sostener “que se muera quien se tenga que morir” en vez de aplicar medidas para salvar a la mayor cantidad de gente posible y ni así salvaron su economía. Y, a corto plazo, según las noticias, tampoco a la población.
Hay quien dice que el verdadero virus somos nosotros. Los odio. No somos un virus. Aunque si pensamos en dimensiones planetarias o galácticas podríamos decir que, proporcionalmente al menos, lo somos en relación con las dimensiones astronómicas.
Todo está trastocado. La humanidad pareciera haber enloquecido. Mucha gente, en el encierro que el gobierno“recomienda”, vive aterrorizada, otras personas, para no caer en el miedo pelean entre sí. Hay gobernantes que sentencian a la cárcel a los hambrientos que salen de su casa a buscar comida o les imponen multas de miles de pesos por circular en la calle sin cubrebocas. La locura se ha extendido con el planeta Tierra como límite. Personas hay que se deslizaron hasta la esquizofrenia y viven en esos mundos paralelos creados por su mente desquiciada. No menos, los brotes sicóticos hacen presa de esa gente que nos anuncia el fin del mundo, la perentoria invasión de los annunakis; el estrellamiento sobre la superficie de nuestro planeta de un formidable meteoro que, con la explosión que provoque, acabará con la vida en la Tierra, excepto, claro, las cucarachas. Y así...
Nosotros somos el virus..., dicen unos, los odio. Aunque admito que algunos especímenes de mi especie lo son e incluso llegan a ser mucho peores, lo cual, aunque reconozco, lo lamento. Los tigres, dicen las noticias, ya circulan por los arroyos vehiculares y las grullas de precioso canto se aposentan en las fuentes de las plazas citadinas ante la ausencia de la plaga que, insisten, somos nosotros.
Hemos exterminado a una cantidad desconocida de especies biológicas y, dice algún científico, la existencia del virus que nos ataca se debe a que en el mundo de los seres elementales se regenera el equilibrio que estamos aquí provocando y surgen nuevos bichos para restituir el exterminio que se hace aquí entre los animales que hemos llamado superiores. En otras palabras, la biodiversidad que destruimos entre los metazoarios se recupera en la biodiversidad ¿que se autogenera o quién o qué la hace? entre los protozoarios.
Si esto último es cierto, significa que la humanidad no volverá a vivir en paz. Es decir, los gérmenes nos atacarán una y otra vez quizá hasta que nos eliminen o hasta que entendamos lo que ocurre y pactemos con ellos en un acuerdo honesto y mutuamente favorable para la sobrevivencia de ellos, de nosotros y de todos los demás que aquí vivimos.
Si hemos estado eliminando la vida (no importa que lo hayamos hecho por ignorancia o por descuido), el planeta ―que también es un ser vivo nos cobrará sin piedad, es decir, con fría e imparcial justicia. Si somos tan imbéciles como para no entenderlo o bien, aun entendiéndolo nos empecinamos en la misma actitud, seremos eliminados de este planeta. Somos tan hijos de la Tierra como los virus y las demás especies vivas, incluso las peores, pero ellas llegaron aquí mucho antes que nosotros. Sí sé por qué sospecho que no somos imprescindibles.
Pero lo importante es que tenemos consciencia. Incluso de nuestra propia miseria. Y también de nuestra locura, lo cual es simplemente aterrador. Si por lo menos no fuéramos conscientes. Y lo peor es que por eso en este momento somos responsables de nuestro propio destino. Más todavía, el destino de todas las especies vivas está, absurdamente, en nuestras manos. Nuestra ciencia nos ha dado el mayor poder sobre el planeta, la hegemonía sobre los seres vivos que aquí mismo habitan. Qué tremenda, qué atroz y casi insoportable responsabilidad. ¿Qué haremos? Si, como algunos dicen, nosotros somos los virus, eso significaría que no sobreviviremos. Que nos autoexterminaríamos. El prodigioso hecho de que las sustancias inertes de la tierra trabajadas por miles de millones de años a través de la evolución― hayan creado, primero, la vida, luego la inteligencia y, más todavía, la consciencia, habría sido inútil. Somos la forma en que las sustancias de La Tierra tienen consciencia de sí mismas. Nada tendría caso. O aun así, ¿quién lo sabe? Ha habido humanos realmente prodigiosos, otros sublimes y también algunos malvados pero en grande: auténticos demonios, lo cual quizá sea tan gran mérito como su diametral oposición. No creo que seamos los virus que nos autodestruyamos. Qué estupidez...
Absorto en tan exorbitantes meditaciones escuché el famoso anuncio como una proclama, con la misma vocecilla notable por infantil y femenina:
“Se compran cabrones, ladrones, golpeadores, granujas, estafadores, machitos miserables o cualquier clase de políticos viejos, corruptos y pendejos que vendaaan”. Me pareció que yo estaba enloqueciendo. De hecho me parecía oír las palabras que por años escuché y postulé que mi mente era víctima de los excesos del encierro y me engañaba. Presté atención procurando el mayor silencio para escuchar con la mayor fidelidad. Era cierto, se pregonaba mediante una grabación: “Se compran cabrones, ladrones, golpeadores, granujas, estafadores, machitos miserables o cualquier clase de políticos viejos, corruptos y pendejos que vendaaan”. ¡No podía ser! ¿Era una broma, un performance de esos que hacen ahora y que quieren elevar a estatura de arte? Me apresuré a salir a la calle para ejercer testimonio directo y de primera mano, presenciar el insólito pregón.
Era un gran camión de los que llaman tráiler en una lengua ajena― de doble remolque, iba por la avenida solitaria avanzando con una lentitud que sentí solemne. Dos magnavoces difundían la proclama inaudita. No había ni un alma a la vista pero el mensaje, por supuesto, llegaba nítidamente a los interiores de las casas-habitación donde la gente autorrecluída rumiaba, entre altas dificultades, sus furores de muy variada índole ferozmente reprimidos.
El vehículo me detectó era el único ser vivo quizá en kilómetros y se detuvo. Se abrió la puerta del gran armatoste. Un hombre de madura juventud descendió casi acrobáticamente de la cabina inmensa del formidable camión.
El individuo llegó rápidamente hasta mis proximidades. Desde detrás de su cubrebocas profesional, me dijo con voz asordinada:
¿Tiene algo para vendernos, señor?
Oiga, estoy desconcertado. ¿Se compran cabrones, ladrones, granujas...?, pronuncié al unísono del altavoz. ¿Me puede explicar un poco? Se me hace difícil creer esto que estoy oyendo...
Estamos haciendo una limpia en la humanidad. Venimos recogiendo toda la basura, todo lo que ya no sirve, lo que está haciendo daño al ser humano.
Pero..., pero, ¿quién hizo esta iniciativa, cómo la aprobaron, de dónde viene esto, cuál es el objetivo, por qué no nos habían informado, qué dice el gobierno?
La iniciativa es un consenso de la Nueva Asamblea Mundial de las Naciones Unidas para la Salvación del Tercer Planeta (NAMNUS-3P). Fue aprobada de manera perentoria en uso de las facultades que se otorgó la propia NAMNUS ante la emergencia letal y fuera de control por la aparición de 250 virus mutantes desconocidos que siguieron a la pandemia del Covid-19. Esto viene de, en primer lugar, la asamblea plenaria y permanente mencionada bajo la asesoría de los cinco mil científicos más prominentes en las áreas del conocimiento con que se cuenta y que fue difundida a cada uno de los países del planeta. El objetivo es muy sencillo, sólo sobrevivir. No se ha informado porque nos hubiera llevado demasiado tiempo que hubiese arrebatado millones de vidas en unos cuantos días, pero en estos momentos estamos iniciando una campaña planetaria de información para que la población mundial esté informada. El gobierno nacional lo está y, no tiene otra opción, está de acuerdo. Es todo lo que preguntó. Ahora usted dígame, ¿tiene algún especimen que nos vaya a vender?
Perdóneme, pero no entiendo, esto es tremendamente extraño. ¿Cómo es posible que se pongan en venta o se ofrezca la compra de personas? ¡Es una violación a los derechos humanos! Mientras el hombre y yo hablábamos el pregón continuaba impertérrito, “Se compran cabrones, ladrones, golpeadores, granujas, estafadores, machitos miserables o cualquier clase de políticos viejos, corruptos y pendejos que vendaaan”.
Trataré de explicarle un poco, a ver si es posible... Mire usted, los cabrones, ladrones, etcétera y etcétera, están perfectamente bien identificados. Generalmente son gente que tiene poder político y/o económico, es completamente sintomático. La maldad, le diré, es casi absolutamente inútil, completamente banal, lo dijo aquella poeta, creo que alemana, ¿cómo se llama?, bueno no importa por el momento. Excepto para el poder. El que quiere poder político que es también económico, siempre busca uno de ellos para acumular también el otro. Fíjese que el poder político es superior pero sólo en apariencia y además es transitorio, así lo hemos logrado hacer en luchas terribles a lo largo de la historia, pero sólo en apariencia. El poder económico está amenazando la existencia de la humanidad. No exageramos al decirlo. Para qué le digo que hay miles de muertos a la semana por hambrunas en todo el mundo. Pero 250 virus desconocidos pueden acabar con, le aviso, ya lo calcularon, tres cuartas partes de la humanidad en los próximos diez años. Y, mire, le diré algo que todos sabemos: los actos realmente malvados en contra de la humanidad o al menos de grupos representativos de ella, los llevan a cabo, los deciden unos cuantos, muy, pero muy poquitos hombres. Pero hay dos circunstancias muy graves, una, que sus actos de maldad (generalmente en su beneficio para acumular más poder o más dinero) repercuten en gran número de personas. Y, dos, tienen a mucha gente a su servicio. Ya sean los miembros del crimen organizado, como en nuestro país, o ya sea los políticos que tienen momentáneamente el poder para modificar el rumbo de los sucesos, insisto, para acumular más poder político y, ya sea indirectamente o por otros medios, económico. Son muy pocos. Y todo el mundo sabe quiénes son. Banqueros, políticos, empresarios, dirigentes que se autonombran espirituales y hasta engañadores que se dicen artistas y no falta algún falso deportista. También entre los sirvientes de éstos hay en abundancia ejemplares dignos de ser vendidos pero, insisto, los que provocan los grandes males inmediatos a la humanidad son muy pocos. Y los estamos comprando.
Increíble. Increíble. ¿Tanto así ha cambiado todo por un simple virus?
Tanto así, por sólo 250 simples virus. Mutantes...
Que pueden expulsarnos de este planeta, pueden sacarnos con cierta facilidad del complejo sistema que llamamos vida en menos tiempo del que necesitamos para ser capaces de eliminar si acaso a cuatro o cinco de ellos.
Y ahora dígame porque ya nos hizo perder mucho tiempo, ¿tiene a algún especimen que nos venda?”.
No. Perdóneme. Estoy anonadado. Me siento trastornado de confusión. Pero no me diga que en este camión llevan los “materiales que han comprado”...
Así es. Como usted me parece un sujeto inteligente e informado, me permitiré darle un minúsculo viaje de demostración por la zona en donde se recluye de manera preventiva a los presuntos dañadores de la humanidad, reclusión con que está equipado nuestro vehículo. Venga por aquí... Y me apresuró a que lo siguiera. Hizo una señal al operador que conducía el vehículo y pronto descendió una escalera automática del enorme cuerpo del camión ultramoderno. Subimos y una puerta se deslizó para dejarnos paso franco. Ingresamos por un estrecho pasillo que a ambos lados tenía sendos habitáculos. Tocó un adminículo digital y se abrió una pantalla que nos mostró a un hombre casi totalmente calvo y con orejas más que notables, sobresalientes y de tamaño fuera de lo normal. Era ya viejo, pequeño y casi enjuto, sin embargo era notable en su rostro una mirada que no puedo dejar de llamar demoníaca, serenamente intensa pero, sin duda, perversa. El rictus en su rostro era de una calma siniestra como el de una serpiente que mide la tarascada para engullir a una presa. Se paseaba con asombrosa calma, meditando, pero mostraba arrugas de furibunda contrariedad: la contracción de la boca, la brutal tensión en los ojos que parecía agregarle un toque demoníaco, un brillo a sus ojos.
¿Quién es? pregunté.
Es el hombre que más poder político y económico (ambos a la vez) acumula en nuestro país. El político ya no lo usufructúa formalmente, pero tiene gran cantidad de aliados y testaferros, sicarios e incondicionales. Y la gran mayoría se mueven en puestos clave del poder tanto político como económico de la nación.
Oiga, la figura del hombre es impresionante. Si no fuera porque está preso y que no me ve, sí me daría algo muy próximo al terror.
Ciertamente, debe cientos si no es que miles de vidas e indirectamente, le diré, quizá sean millones de existencias humanas que dañó o suprimió con tal de acumular el descomunal poder político y económico que acaparó. Es un gran logro haberlo capturado. En esta ala tenemos a varios de sus fieles seguidores, muchos de los cuales intentaban competir con él en la comisión de atrocidades. Tenemos a varios presidentes, uno borracho, otro loco, uno más débil mental y también hay políticos menores y muchos empresarios. Pero venga, esto le interesará. Caminamos unos pasos hasta otro sitio. Realizó la misma operación para abrir la pantalla y apareció un hombre de mediana estatura, casi regordete, de rostro torvo, aquilino y gesto, en efecto, de ave rapaz, pero también con notables signos de un alcoholismo cultivado por décadas y, a estas alturas, ya muy mal disfrazado por su edad provecta. En sus labios gruesos, rojos, que extrañamente parecían siempre húmedos y como anhelantes se había impreso el rictus de una sensualidad insaciada, innombrable y que provocaba escalofríos. Pero lo más brutal, lo inadmisible era su alzacuellos casi totalmente oculto por la papada.
¿Éste era rico?
Lo era, aunque no exageradamente. Su virtud más bien fue la de saciarse toda costa. Gran manipulador y amigo entrañable y servicial de los peores entre lo peor.
¿Era eclesiástico?
Lo era. Amigo, es hora de irse... De pronto empezaron a oírse golpes en una de las celdas. Eran impactos descontrolados como la desesperación. Mi guía prestó atención con gesto inquisitivo y temple de cazador―. Antes de irse contemple lo que sigue..., dijo y me llevó hasta otra pantalla que activó―. Todos son lo que suele llamarse grandes triunfadores. Pero sus triunfos ya costaron demasiado a la especie y al planeta. Éste era un campeón mundial para hacer dinero. Llegó a ser uno de los más ricos del mundo. Un auténtico hombre de acción.
Me asomé.
Era un viejo casi decrépito. Asombraba el gesto de furia y la enjundia con que pateaba las paredes y las golpeaba también con las manos. Su energía no parecía ser proveniente de ese cuerpo ya más que vencido por Cronos, era una fuerza quizá sobrehumana, una furia apoyada en un brío espiritual pero perverso. El viejo estaba como loco, no me costó trabajo imaginarlo maldiciendo a sus empleados en alguna de sus grandes empresas, mandándolos al infierno porque no habían alcanzado las ganancias exageradas en algún negocio que les encomendara, exigiéndoles que exprimieran más a los empleados, que batallaran intransigentemente con los competidores, que intensificaran las campañas de publicidad para que el mundo notara, descubriera que sus productos eran imprescindibles, que ningún obstáculo era digno de consideración y ni siquiera de discusión, que violaran las leyes, que compraran a los gobernantes, que sobornaran a los jueces, que mataran, sí, que mataran a quienes se opusieran al progreso de su gran empresa.
Un triunfador. Un emprendedor. Un hombre..., un hombre que lucha por sus ideales, los que se reducen a una palabra: acumulación.
El hombre dejaba de golpear las paredes por momentos y decía:
Amigo, oye, amigo, mira, ¿qué te parece un millón de dólares? ¿Eh, un millón de billetes verdes?, ¿eh?, para ti solito, cabrón. Sin polvo y paja. No, mira, perdóname, que sean diez, diez millones, como tú quieras, ahorita, contantes y sonantes. Y no hay reclamos. Ándale. Bueno. No, espérame, que sean ¡cincuenta millones!, no mames, no tienes idea de qué es eso... Serás el rey del mundo, ándale, no seas malo, ¡hijo de tu puta madre! ¡Te doy cien millones, pendejo! ¡Suéltame, maldito! Muj-muj-muj... jadeaba―, ¡hijo de tu perra madre!, ¡déjame libre! ¡Maldito, mal-di-to seas! y se derrumbó entre sollozos.
Qué terrible le dije al hombre― ¿pero cómo saben que son culpables? ¿No están violando sus derechos humanos, insisto?
Tenemos evidencias de sus fechorías. Ellos tienen un síndrome que fue establecido hace mucho tiempo y que es llamado Síndrome de Codicia Abisal Arquetípica Inconsciente. Es una necesidad de acumular bienes económicos de manera irracional, una codicia que no se sacia con nada, por eso se llama inconsciente y se llama arquetípica porque al parecer tiene componentes incluso genéticos y del inconsciente colectivo étnico propio de las naciones que sufrieron grandes carencias que pusieron en grave peligro incluso su existencia por las terribles condiciones climáticas que sufrieron sus antepasados prehistóricos, cuando sí morían pueblos completos por las hambrunas y las heladas.
“Se trata de una especie de locura por acumular sin medida, una urgencia por ganar bienes que no se saciará ni siquiera si ellos acumularan todo el oro del mundo, toda la riqueza de este planeta aunque dejaran sin comer a la totalidad de los humanos. Alguien ha dicho que es una especie de miseria del espíritu por lo que, siendo espiritual, no encuentra con que saciarse en este mundo. Así ellos acumularán dinero, bienes, sin detenerse jamás y en ninguna circunstancia, aunque pongan en peligro, de hecho ya lo han puesto, al mundo entero.
¡Dios! ¿Y eso es posible?
¿De qué habla usted?
Que haya personas así...
Está viendo usted a uno de ellos...
Todavía me cuesta creerlo...
Caminamos hacia la salida. Había sido una serie de impresiones tremendas ver a esos hombres.
¿Y qué van a hacer con ellos?, pregunté.
¿Qué se hacía con lo que compraban antes: colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo...?
No sé..., se reciclaba, se desmembraba, lo que era posible se iba a reparación.
Lo mismo. Son seres humanos. No tienen razón, pero ¿quién la tiene? Excepto que el modelo que impusieron al resto de la humanidad nos puso en peligro a todos. Los que estamos suprimiéndolos en el sistema creemos que no tenemos la verdad, simplemente requerimos un nuevo sistema para que sobrevivamos todos. Eso es la prioridad por encima de cualquier otra. Ellos se tienen que reciclar. Sé que lo haremos. Hay conocimientos muy poderosos en el sistema de la ciencia actual. Pero, tiene usted razón, con ellos y con todo lo demás nos la estamos jugando. Así lo hemos hecho toda la historia. Hemos tenido victorias y derrotas. Pero hemos avanzado. También hemos retrocedido, para volverlo a intentar y aprender de las derrotas.
Nos despedimos con afecto pero sin tocarnos por si las dudas, por protocolo.
El camión empezó a caminar lentamente y sin dejar de repetir el pregón “Se compran cabrones, ladrones, golpeadores, granujas, estafadores, machitos miserables o cualquier clase de políticos viejos, corruptos y pendejos que vendaaan”.

jueves, 7 de mayo de 2020

Cuento

El beso de la vida

Pterocles Arenarius

Todos tienen miedo. Dicen que al baño de agua fría, al trabajo y a los chingadazos, no cualquiera le entra. Pero a la muerte sí, todos le entran y le entrarán aunque nadie quiera y aunque todos tengan miedo. Ahorita tienen miedo de morir por un virus recién llegado a este mundo, porque su código genético que tiene treinta mutaciones no existía antes, desde que todos sus hermanos virus se aparecieron aquí en su planeta (puesto que ellos llegaron primero, unos 2 mil 500 millones de años antes que nosotros, es más “su” planeta que nuestro).
Deberíamos agradecer a los seres biológicamente elementales, a los primeros seres vivos en este mundo, que nos den la bienvenida, o al menos que no nos hayan eliminado cuando éramos mucho más vulnerables pues nosotros llegamos, en el año cósmico del planeta, el último día de diciembre, mientras que ellos ya estaban acá en enero o muy a principios de febrero.
El Covid-19 no es un virus tan malo, sólo mata, hasta ahorita, documentado, a unos seis o siete de cada cien sujetos que infecta. Hace pocas semanas decían que el índice de letalidad sería del dos por ciento. Pero como hay un buen número de gente a la que no le provocará ni siquiera síntoma alguno, es muy posible que aquel seis o siete por ciento esté inflado, pues los infectados asintomáticos no avisarán que tienen el virus porque capaz que ni ellos mismos lleguen a saberlo.
Así las cosas y considerando que siempre he sido un animal de resistencia― decidí que el ultramicroscópico germen llamado también Coronavirus por su aspecto ante las lentes de los microscopios electrónicos (en el microscopio óptico no es visible) no me haría ningún daño. Eso a pesar de que no soy un jovencito. entonces me mantuve en actividad normal. Como siempre, como si nada, entre las calles abandonadas, en el metro casi vacío y altamente disfrutable. En el Centro de la ciudad gozando de la vista de los palacios y la ausencia de las multitudes. Haciendo caso omiso a las diatribas catastróficas o de plano apocalípticas de la televisión, alegando con gente alucinada que te habla de conspiraciones extraterrestres; castigos divinos por tanto pecado de cogedera que cometemos y ya ni digas de las cabronas viejas abortistas, según dijo algún bruto de lujosa sotana; o la indudable guerra soterrada entre Estados Unidos y China. Era para enloquecer. Todo el mundo habla del Coronavirus todo el tiempo y casi nadie tiene idea real de él; la mayoría ni siquiera sabe que es un virus.
Formante e Informante es mi periódico. Soy el reportero, soy el redactor, soy el que dirige la página electrónica, soy el que sube las noticias a yutub, a feisbuca tuiter, soy el que distribuye el periódico entre los vendedores y el que consigue la publicidad. Soy el que sale a cuadro en la versión televisiva por aquellas redes sociales de internet. Lo único que necesito extra es alguien que me lo imprima a ritmo de tres veces por semana. Imposible esperar sentado a que pase la pandemia y que el mundo se apacigüe para recomenzar. No. Además como medio de información mi trabajo es muy importante y de los que no pueden ni deben suspenderse.
Tengo que estar en el calle viendo que ocurre, tomando notas, hablando con la gente, leyendo mucho, consiguiendo testimonios, observando las circunstancias, entrevistando al pueblo y no menos a los del gobierno, tomando fotos y videos de cuanto sea nota, buscando la noticia siempre. He llegado a entrar a La Mañanera cuatro o cinco veces y si no lo hago con más frecuencia es porque hay que llegar a las cinco de la mañana, ese hombre trabaja como desquiciado, mejor la veo por internet. Hay muchos que a güevo quieren entrar nada más para salir en tele y en páginas de la web, hacerse famosos. Y luego andan chillando porque los insultan o los amenazan, a los que están contra el gobierno, los persigue la plebe de tuiter y de feisbuc; a los que están en favor del gobierno, les mandan amenazas de muerte los robots pagados por el CCE o la Coparmex o el presidente borracho asesino aquel que tuvimos. Nadie anda tranquilo, nada más nosotros los que nos la sabemos llevar tranquila, si no ¿cómo?
De arriba para abajo, con gente y con funcionarios, en la calle y en las oficinas, en el aeropuerto y en el Palacio Nacional y en el Palacio de Gobierno de la Ciudad. Y no me contagiaron, carajo. Pero tenía que venir Fernanda. ¿Pero cómo dejar de verla? ¿Y cómo iba yo a saber que ella sería la que me iba a condenar? Pero aunque lo hubiera sabido, no importaba. Siendo ella, que me contagie, chingao.
Fernanda es una diosa de la belleza y del amor detrás de una vitrina. Es la promesa del más alto placer en este mundo. Ella tiene en sus manitas la felicidad, en su cuerpecito está el demonio más sulfuroso que es el placer más grande posible en este mundo y en esta vida y en sus ojos se puede ver el amor de Dios y las once mil vírgenes todas juntas y todo eso aun cuando use tapabocas. Pero, además, como atiende la tiendita, está expuesta a cinco mil cabrones que la pueden ver con sólo ir a comprar un chocolate de pretexto e intentar... todo. A pesar de mis miles de ocupaciones y subidas y bajadas, entrevistas y cobranzas, tengo que ir a verla, a güevo, cada día.
Hola, ¿cómo estás?
Bien. Trabajando.
¿Qué te voy a dar?”
¿Te digo?
Mmm, ¿ya vas a empezar?
Sí. Es que yo quiero todo... me miró con sus negros ojos de venus olmeca, sonriendo con los ojos, porque el tapabocas cubría la mayor parte de su rostro.
Bueno, si es que quieres todo, ya verás, necesitas un camión grande de mudanzas y unos, ¿qué será?, unos trescientos mil pesos más o menos. Algo así. ¿Le entras?
Si me das también lo demás, ¡le entro!
No, ya no hay nada más... Bueno, dime qué te voy a vender...
Yo soy el que va a vender mi alma al diablo para que me des lo que yo quiero...
Tú ya la vendiste hace muchos años. Ya no tienes salvación. Estás más corrido que un caballo del hipódromo. Es más, yo creo que tú eres el vivo diablo...
Por eso vengo contigo, porque tú eres un angelito del cielo y tú sí me puedes sacar de los infiernos, tú me puedes llevar al paraíso, ándale, ¿qué te cuesta? Dame un cuartito de jamón, otro de queso de puerco, uno más de queso blanco, una lata de chiles y una mayonesita, voy a comprar pan porque no me gusta el Bimbo y me voy a hacer unas tortas para cenar. Es más, te invito.
Bueno, a ver si es cierto... me contestó sin énfasis, como automáticamente, porque estaba ya preparándose para rebanar el jamón en su máquina. Luego lo pesó. Entonces se dedicó a hacelo mismo con el queso de puerco y al final el queso blanco, puso la lata de chiles y el frasco de mayonesa.
¿Algo más, señor?
Sí. Le dije a señas, acercándome a ella, que se aproximara para hablarle al oído. Me miró un poco extrañada, pero se acercóolí su pelo fresco, delicioso y, eludiendo el cubrebocas, le di un beso entre la oreja y el mentón. Se apartó pero su lindo rostro quedó muy cerca del mío.
¿Eso es lo que quieres?
Sí... eso... bajó el cubrebocas hasta el cuello para descubrir la promesa de las delicias en su sonrisa, en sus labios. Me acerqué y sentí el aliento de su ser y me estremecí. Me iba acercando muy despacio, muy despacio, pero ella se aproximó hasta tocar nuestros labios casi con brusquedad.
Y nos besamos. Ella desde adentro de su mostrador y yo afuera, apoyados sobre el mismo. Un beso largo, larguísimo; empecé a palpitar, era insoportable de placer su saliva, su aire tibio, su piel caliente. Gracias a Dios... pero que se suspendió de la manera más abrupta cuando ella oyó que alguien entraba a la tienda. Se separó violentamente dándome la espalda y regresó también con gran rapidez para decir:
Soooon, veintiocho, más treinta y cinco, más quince, más veinte... iba diciendo mientras marcaba las cifras en la calculadora que tomaraUna mujer se acercó y esperó a que ella terminara la cuenta. Noventa y ocho, por favor... luego, sin más le dijo a la mujer sí, dígame.
La señora pidió lo que necesitaba, yo ―¡estaba temblando!― me aparté un poco y simulé que buscaba el dinero en mis bolsillos mientras Fernanda le iba despachando a la mujer. Luego le cobró, le dio el cambio y la mujer se fue.
Haste para acá... le dije...
¿Para qué...?
Pues arrímate y te digo...
A ver...
Y empezamos de nuevo a besarnos. Su saliva era una delicia. Su aliento me quemaba. Su piel estaba caliente y sus labios tan suaves tan intensos.
Tuvimos que interrumpir otra vez y otra vez y otra vez, llegaban clientes.
Pero en cuanto se desocupaba volvíamos al beso.
Así estuvimos dos horas. Colorados. Calientes. Encubriéndonos. Suspirando. Mirándonos de la más cómplice manera por encima de cada persona que iba a comprar. Dios mío, yo quería seguir la noche entera besándola, sin importar interrumpciones... Hasta que me dijo:
Ahora ayúdame a cerrar.
Sí, claro.
Le ayudé. Organizó cosas colocándolas en su lugar, mientras yo bajaba las cortinas de fierro.
Fernandita, yo te voy a coger aquí mismo, por el amor de Dios...
Anacarsis Estrabón, periodista independiente, espérame tantito, no vayas tan rápido. Ven acá y dame otro besito. ―Me agarró por las solapas. Nos pusimos a besarnos. Me apliqué a aumentar la intensidad de las caricias y a que ella notara que mi calentura ya era total, perentoria, implacable e incapaz de perdonar. Que supiera sin duda alguna que yo quería coger con ella. Le puse las manos en sus nalgas enloquecedoras. Me detuvo.
Sí, aquí mero, pero ahorita no... Mira, no se va a poder. Te explico ―Me tomó una mano y me la llevó a su mejilla―. ¿Ves que estoy caliente?
Sí...
Hace rato que llegaste me dolía la cabeza... ―me hizo un gesto sonriente, dulcísimo― con el faje que me has metido hasta el dolor de cabeza se me quitó. ¿Te explico qué pasa o ya entendiste?
Me sentí perdido, no tenía idea de qué me estaba hablando y era notorio. Siguió explicando:
Me dolía la cabeza, tengo un poco de calentura. Ahorita no podemos hacer cositas. Te tienes que esperar cuatro o cinco días, ¿sí me entiendes?
Aaah, sí, sí... No, no... sí, o sea, como tú digas. Perdóname.
Ja ja ja... al revés, querido. Tengo que obedecer a mi cuerpo. Pero ¿sí vas a venir a verme?
Todos los días.
Sale. ―Y nos besamos otras cuatro o cinco veces. La apreté, le agarré sus nalguitas y sus pechitos, aunque fuera por encima de la ropa. Vida mía. Salimos y la acompañé a su casa. La besé con toda mi urgencia antes de que abriera la puerta que la hizo desaparecer.
Pero regresé feliz. Era la culminación de varios meses de coqueteos, de acercamientos. La noche era deliciosa; las nubes, signos de alegría; la luna divina, una minúscula rebanada; en mi boca sentía el sabor de ella. La adoraba. Pensé que no me cepillaría los dientes para conservar la sensación.
Al día siguiente no pude ir a verla. Llegué corriendo a su tienda pero ya era tarde. En estos días de pandemia los comercios cierran más temprano.
Una vez más fui a verla al día siguiente y tuve una sorpresa horrible como un bofetón: ella no estaba. Un gordo malencarado se encontraba en su lugar. El dueño de la tienda, el que la atiende desde las seis de la mañana hasta la hora que entra Fernanda, su sobrina y también su empleada. Ese sujeto y yo nos conocemos, claro. Nos caemos gordos de mutua manera. Ni para que preguntarle por ella. Le compré lo que necesitaba y me largué. ¿Qué pasaría con ella? Tendría que ir a buscarla a su casa.
Me fui corriendo con mi mercancía a buscarla. Llegué a su casa y toqué sin importarme lo que dijeran ni el hecho de que pudiera extrañarles que un tipo como yo la buscara. Pero nadie me abrió. Al parecer no había gente en el lugar. No tenía el número de su celular, maldita sea. Me quedé un largo rato esperando para ver si alguien llegaba. Nada.
Luego de una larguísima hora me retiré terriblemente desanimado. El malestar que sentía llegó a volverse incluso físico. Me acosté a dormir luego de una merienda que no terminé. No dormí bien, me sentí abochornado, de tal suerte que me levanté un par de veces, la última a las cuatro y media. Luego me volví a dormir ya como a las seis y media para que, al final, desvelado, me levantara tardísimo. Salí a las nueve y media corriendo como un imbécil ―y con un desasosiego en el alma, pero al menos igual en el cuerpo― a cumplir con mi chamba, pero no me sentía bien. Pasé a desayunar unos sopes infames de insípidos. Con mi camarita, mi teléfono celular y un cuaderno de notas era mío el mundo. Tenía el plan de ir al Centro y hacer una crónica de la soledad de las calles, la ausencia de cantinas y restaurantes y algunas fotos además de, quizá, entrevistas con la poca gente despistada que hubiera. Me sentía de la chingada. Sería por la desvelada, pensé. Andaba bien agitado, como si hubiera corrido, pero sólo caminaba; rápido, como es mi costumbre, pero no era nada agradable jadear tanto.
Me agarró un acceso de tos que me tuve que detener y entonces me empezó a doler la cabeza de manera que sentí que no podía moverme. Me quedé parado en 16 de Septiembre viendo para todos lados. Creo que nunca me he sentido tan indefenso. Lo que más me extrañaba es que de buenas a primeras me sintiera tan mal. Y ya no era Fernanda, sentía que algo se me quería romper por dentro. Me senté en el suelo y cerré los ojos. El sol me tenía abrumado y sudoroso. Lo más extraño es que no dejaba de jadear.
Me arrimé a una sombrita. Capaz que hasta me desvanecí o me quedé dormido un buen rato. Luego abrí los ojos y, dentro de lo mal que me sentía, me di cuenta de que estaba un poquito recuperado. Ahora también me dolía el cuerpo. Caminé como pude hasta el metro. Bajé las escaleras como viejito y, nomás subir al tren, me senté con los ojos cerrados. Me di cuenta de que también tenía calentura, por eso el dolor generalizado. Como Dios me dio a entender llegué hasta mi casa y me tiré en la cama.
Ahí empezó el infierno. Yo era, como me dijera Fernandita, el diablo. Pero un pobre pinche y muy pendejo diablo, jodidérrimo, miserable, doliente, sufridor.
Caliente, tosedor, adolorido, debatiéndome todo el tiempo entre los dolores, las fiebres, la tos que me asfixiaba y el jadeo.
Me di cuenta de que me podía morir. Me estaba deslizando por una pendiente en la que podía ir hasta el fondo. Y el final era la muerte. Los largos ratos de fatiga me hacían dormir y despertaba como animado, con arrestos y hasta hambriento. Me levantaba y, como un perro callejero, famélico, casi inválido, temblando, me iba a la cocina, me comía lo que encontraba y me bebía el agua de la llave o lo que estuviera a la mano. Luego me dejaba derrumbar sobre la cama a delirar. Un pobre diablo sin salida. Comía cachos de pan con queso como si fueran de madera, tomaba vasos de agua que me infundían la vida. Regresaba a mi cama casi arrastrando, jadeante y derruido.
Tenía que ir a un hospital. No tenía fuerzas apenas para ir a la cocina y al baño. Estaba en la más brutal fase de miseria física. Soñaba, como no, con Fernanda, pero se me hacía una divinidad lejana; lo que sería inalcanzable. Me hacía llorar sólo recordarla. Ya me había acostumbrado a respirar jadeando. También a tener frío todo el tiempo y al dolor de cuerpo. Sin saber de sabores, comiendo y bebiendo por absoluto instinto. A muy duras penas contesté el teléfono y cancelé cuanto fue posible. Perdí la cuenta de los días cuando iba por el quinto o sexto. Pero la recuperé haciendo cuentas y consultando las páginas de internet. El Formante e Informante, brillaba por su ausencia. Llegué a decir que me estaba llevando la chingada. Luego fue una evidencia incontrastable, absoluta, unánime, aunque solitaria, tan sólo para mí, tan solo en mi recámara: eran los síntomas de la infección por Coronavirus. Chingas a tu madre, Anacarsis. Y si no te has muerto es porque hierba mala nunca muere. Han pasado diez días y te has convertido en una piltrafa. Traes quince kilos menos y diez años más. Mero y te carga la chingada. Lo sentiste, Anacarsis, sentiste que era posible morir. Pero no te dejaste. Nada más por puro instinto, porque querías ir a la cocina a tomar agua de la llave, a comerte un pan con sardina, a quedarte dormido viendo la televisión. Y, lo que te pareció no más importante, pero sí lo más hermoso de todo: ver otra vez a Fernanda y besar ―por el amor de Dios― su boquita.
Por eso sí valía la pena no morirse por culpa del Covid-19, ni por ninguna otra razón. Mirar los ojos de ella. Bajarle el tapabocas y besarla. Luego bajarle lo que fuera necesario.
Madreadísimo, pero recuperado, sin jadeos, sin dolor de cabeza, con las fiebres más que controladas. Con rostro cadavérico y manos tembeleques, como resucitado de entre los muertos, muy débil, pero seguro de que, a muy alto costo, pero había vencido al puto virus, me atreví a salir de mi casa porque además ya no tenía ni que comer.
¡¿Qué te pasó, Anacarsis?¡ Estás bien malo... ¿Dónde te habías metido?, hace mucho que no te veo. ¿Ya fuiste al médico? ―Ella estaba hermosa como nunca, como siempre, sus ojos resplandecían derrotando salvajemente la función del cubrebocas―. Oye, pero te pegó durísimo.
¿Quién me pegó durísimo?
Pues el virus. ¿Te acuerdas de aquel día que estuvimos aquí? ¿Te acuerdas que me dolía la cabeza y traía un poquito como de calentura? Pues yo dije voy a empezar, de seguro mañana es el primero de mis días. Pero ¿qué crees? Al día siguiente me dijeron tú tienes Coronavirus. Mi hermana ya lo tenía desde antes. Nos llevaron al hospital y nos pusieron en cuarentena, pero ninguna nos pusimos malas. ―Se quedó callada, me miraba intensamente, con simpatía y, sin duda, sentimiento de culpa―. Te contagié, Anacarsis. No te ves bien. ¿Cómo te sientes? ¿Quieres que te lleve al hospital?
Gracias, Fernanda, muchas gracias... pero ya pasó todo. Mira nada más... quedé ultramadreado. Bajé quince kilos. Pero ya estoy bien. Bueno, todavía me tengo que recuperar.
Estoy hecho una desgracia.
Ya me voy”. ―Me consideré indigno de ella rebosante de salud y deslumbrante de belleza. Me fui caminando muy despacio, no podía hacerlo de otra manera. ¡Ella me contagió! Y lo sabía. ¿Tanto valían sus besos, tanto como el infieno que sufrí?
Sí.
Me sentí orgulloso de haber arriesgado la vida por ella.
Bueno, la había arriesgado en un 6.7 por ciento, que es el índice de letalidad promedio del virus en el mundo. Lo cual no deja de ser un mérito, porque además no tuve ayuda hospitalaria ni atención médica.
¡Anacarsis!, ―me gritó. Me volví a verla. Se había sacado el cubrebocas. Sonreía más linda que nunca bajo el sol.
¿Te vas a recuperar?
Le contesté con enjundia moviendo la cabeza con una afirmación que era hasta violenta.
Entonces vas a volver a venir... ¿verdad?